CD. Mendelssohn. R. Chailly

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CD.-Mendelssohn.-Chailly

Mendelssohn: Ruy Blas (obertura), El sueño de una noche de verano (música incidental), Conciertos para piano 1 y 2. Saleem Ashkar (piano), Gewandhausorchester, Riccardo Chailly (director). Decca, 2014.

Un Mendelssohn de muchos quilates

El director de orquesta milanés Riccardo Chailly presenta su último trabajo para el sello Decca con un acercamiento a dos de las facetas del compositor hamburgués Felix Mendelssohn, de un lado su música incidental y de otro su producción concertante para piano.

Al frente de la orquesta de la que es director principal, la Gewandhaus de Leipzig (de la cual el propio Mendelssohn llegó a convertirse en Kapellmeister), ofrece un documento discográfico de exquisitos quilates, consiguiendo que la música que toca la orquesta germana fluya con el genuino espíritu del genio hamburgués.

El disco se abre con una auténtica primicia, pues se trata de la primera grabación mundial de la obertura de la música incidental para la tragedia épica Ruy Blas de Victor Hugo. Mendelssohn sentó cátedra en el género de la obertura de concierto, como lo atestiguan sus respectivas oberturas de Las Hébridas y Mar en calma y viaje feliz, aunque el carácter de la que nos ocupa, la de Ruy Blas (Op. 95 en el catálogo del compositor), no trata de describir el halo trágico de la pieza del autor francés, sino que la actitud enérgica y optimista de la sección de desarrollo no haría pensar a nadie que su destino extramusical fuese para una obra dramática.

Siguiendo con la producción incidental del hamburgués, Chailly ofrece su versión de la música incidental de Mendelssohn por excelencia, El sueño de una noche de verano, inspirado en la obra teatral shakesperiana, y sin duda, la pieza orquestal más popular del compositor. En esta ocasión, el director milanés opta por registrar tan sólo cinco números de la obra, al estilo suite: la famosa obertura Op. 21 más las cuatro piezas más célebres, dejando al margen los números vocales de las sopranos y el coro, la marcha de las hadas, la marcha fúnebre y la danza de los payasos.

La lectura de la feliz obertura es acometida por Chailly con tempi relativamente animados, sin refinamientos ni excesivas concesiones a la ensoñación, consiguiendo no obstante subrayar el carácter evanescente de la pieza y permitiéndose un más que realista efecto sonoro en el tema musical de los payasos, con un sonido onomatopéyico sobradamente exagerado al describir los rebuznos. En las restantes cuatro piezas, el maestro italiano mantiene con corrección y sin excesos la esencia intrínseca destinada a cada una de ellas: un formidable juego virtuosístico de maderas y cuerdas en el scherzo, un nocturno con la acusada y cálida sonoridad de la trompa solista en un continuo primer plano, un contraste anímico en las dos secciones del intermezzo, y una solemnísima marcha nupcial, donde la sección de metales de la orquesta de Leipzig brilla con luz propia.

El apartado concertante del disco, esas dos joyas de la literatura pianística concertante como son los dos conciertos de Mendelssohn (Op. 25 y Op. 40), escasamente grabados en general, cuenta con la labor del pianista palestino-israelí Shaleem Ashkar, cuya sintonía con orquesta y director está más que sobradamente puesta de manifiesto. El oyente que se acerque por primera vez a estas obras concertantes de Mendelssohn descubrirá que, en sus dos únicas aportaciones al concierto para piano, el compositor sigue el modelo formal del periodo clásico, aunque concibe tres movimientos sin solución de continuidad: forma sonata para los primeros, división tripartita del lento central, y rondó para el tercero, aun con numerosas licencias de naturaleza scherzando, que es también reconocible en el célebre Concierto para violín Op. 64. Aunque ya revestidos de un poderoso estilo personal, al escuchar estos conciertos pianísticos uno puede rememorar en ocasiones el fulgor romántico beethoveniano, la belleza melódica mozartiana o la distinción weberiana.

Los dos conciertos, especialmente el segundo, estaban destinados para la exhibición virtuosística del músico alemán ante el público británico, y Ashkar despliega, en vigorosa comunión orquesta, todo el potencial de escalas y arpegios en los movimientos extremos, así como la meditación y recogimiento que exigen los movimientos centrales, en los cuales el pianista palestino-israelí encuentra una orquesta sosegada, que acompaña suavemente su discurso. Ni que decir tiene que nos hallamos ante un Mendelssohn de muchos quilates.

Germán García Tomás
@GermanGTomas