Die Frau ohne Schatten. Strauss. Londres

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Die Frau ohne Schatten en la ROH

A pesar del personalismo que conlleve la advertencia, creo que debo avisar a los lectores que quien firma esta reseña es un verdadero fanático por la obra de Strauss, y muy en particular por “Die Frau ohne Schatten”, probablemente la más ambiciosa de las que escribió junto con el poeta Hugo von Hofmannsthal. Por lo tanto, no se extrañen que desde la segunda frase ya les esté apremiando a comprar una entrada (y billete de avión y hotel, si no viven en Londres) para ver el espectáculo, porque rara vez sale uno de un teatro tan agradecido.

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Agradecido sobre todo a Semyon Bychkov porque logra sacar lo mejor de la orquesta de la Royal Opera House, ofreciéndonos un altísimo nivel de excelencia musical. Es admirable la capacidad del maestro ruso para mantener el pulso durante casi cuatro horas, tanto en los pasajes de mayor densidad (como es el caso de todos los interludios, los finales del segundo y tercer acto, y de todas las partes correspondientes a los personajes “celestes”), como en aquellos en los que el material sonoro se ve reducida a tan sólo unas pocas cuerdas. Y lo consigue sin descompensaciones entre las secciones orquestales y sin que se resienta el balance entre foso y escenario, con el único inconveniente de la disposición de la percusión en la parte derecha del palco de platea, ya que el foso del teatro se quedó pequeño para un orgánico tan numeroso. Tales logros en una obra de tamañas dimensiones nos demuestra una vez más lo que ya sabíamos: que estamos ante uno de los directores más sobresalientes de su generación, a pesar de que no cuente con la desorbitada promoción discográfica y publicitaria de otros contemporáneos que le son parejos.

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Agradecido también a quien sea el responsable de reunir un elenco tan apropiado y de tal calidad, empresa nada sencilla debido a las exigencias canoras de los papeles principales. Por condiciones vocales destacó sobre todos Johan Botha, que aunque pueda ser considerado un tenor dramático pleno, que combina suficientes cualidades para el canto heroico -por su notable técnica de emisión y caudaloso volumen- como también para los pasajes más líricos, al contar con un timbre cálido y eminentemente tenoril. Junto a él es de justicia alabar a Michaela Schuster en el papel de la Nodriza, que sacó adelante uno de los roles más exigentes de todo el repertorio de mezzosoprano dramática, y a Emily Magee como Emperatriz. Bien es verdad que en su entrada del primer acto sufrió un leve accidente en un agudo “de paso”, pero es lo de menos: ofreció una actuación de primer orden, también en lo que se refiere a su desempeño escénico. Su personaje constituye el eje central de toda la propuesta dramatúrgica, razón por la cual ha de permanecer en escena durante casi toda la ópera. Por ello, debe ser reconocido el esfuerzo adicional de la soprano por el mayor gasto energético y por contar con menos tiempo de recuperación y calentamiento vocal del previsto si su aparición en escena se limitara sólo a las intervenciones que prevé la partitura y el libreto. Muy estimable fue también Elena Pankratova como esposa de Barak y, aunque un punto por debajo, pero más que correcto Johan Reuter en el papel de Barak. Más allá del agudo roto en la primera escena del tercer acto, lo que se echaba de menos era un canto más noble, de factura más lírica, pues quizás sea ésta la característica principal de su personaje. El resto de numerosos partichini fueron todos ejecutados correctamente, entre los que debe ser destacado David Butt Philip como el joven que se aparece a la tintorera.

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A la propuesta escénica de Claus Guth se le deben reconocer algunos aciertos, a pesar de que el resultado final no fuera del todo satisfactorio. Ronny Dietrich, dramaturga del equipo escénico, asume el riesgo absolutamente legítimo de elaborar una relectura de la obra bajo la luz de la cultura psicologista de la Viena de principios del s. XX. Así pues, la fábula original de Hofmannsthal pierde en esta producción el carácter fantástico que la entronca con cierta tradición literaria (son evidentes los paralelismos con “Las mil y una noches”, las fiabe teatrali de Gozzi o autores teatrales simbolistas) en favor de una interpretación onírica. La historia del viaje iniciático de la Emperatriz se convierte así en el sueño y (o) las alucinaciones de una mujer trastornada que en realidad nunca sale de la habitación donde reposa. ¿Es la protagonista una histérica freudiana de manual? Algo así parece. En cualquier caso, el discurso psicoanalítico de la dramaturgia no termina de encontrar un lenguaje escénico apropiado. En ocasiones Guth acierta con sus propuestas (entre otras, por ejemplo, en la primera aparición del Emperador, donde además tiene que bregar con las notorias limitaciones físicas de Botha); en cambio, otras escenas son confusas y otras pecan incluso de evidentes o simples en exceso. Los elementos semánticos que conforman “Die Frau ohne Schatten” no son meros símbolos con significados unívocos: esto es, no se trata de una alegoría a la manera de lo que sería, por ejemplo, un auto sacramental calderoniano donde cada personaje corresponde a un concepto abstracto determinado y donde las relaciones entre los personajes ponen de manifiesto las relaciones que existen en términos intelectuales entre los conceptos abstractos que representan. Al contrario, el texto de Hugo von Hofmannsthal se compone de metáforas “abiertas”, polifacéticas y ambiguas. Por lo tanto, apostar por una interpretación concreta, como es el caso de esta producción, conlleva necesariamente una reducción semántica de la obra, una pérdida de ciertas connotaciones que sí aparecen en el texto y que aquí quedan mermadas e incluso directamente eliminadas. Insisto: es una opción hasta cierto punto legítima (justificada por tratarse de una relectura crítico-filosófica), pero que conlleva riesgos que, en opinión de quien les escribe, no han sido sorteados con total fortuna. Aún así, se agradece que los directores de escena y los teatros corran riesgos, aunque no siempre los resuelvan de manera satisfactoria.

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Visualmente, se trata de un espectáculo limpio, con una escenografía que soluciona de manera muy inteligente las exigencias de la dramaturgia planteada y con diseños de iluminación y vestuario que consiguen ambientar muy adecuadamente el mundo onírico de la Emperatriz gracias a una lograda estética “magrittiana”.

Raúl Asenjo

Die Frau ohne Schatten, ópera en tres actos

Música de Richard Strauss; Libreto de Hugo von Hofmannsthal

Director musical: Semyon Bychkov

Director de escena: Claus Guth

Diseños de vestuario y escenografía: Christian Schmidt

Diseño de iluminación: Olaf Winter

Diseño de vídeo: Andi A. Müller

Director asociado: Aglaja Nicolet

Dramatugo: Ronny Dietrich

Nodriza: Michaela Schuster

Mensajero: Ashley Holland

Emperador: Johan Botha

Emperatriz: Emily Magee

Voz del halcón: Anush Hovhannisyan

Un tuerto: Adrian Clarke

Un manco: Jeremy White

Un jorobado: Hubert Francis

Mujer de Barak: Elena Pankratova

Barak: Johan Reuter

Una sirvientas: Katy Batho, Emma Smith, Andrea Hazell

Aparición de un joven: David Butt Philip

Voces de los niños no nacidos: Ana James, Kiandra Howarth, Andrea Hazell, Nadezhda Karyanzina, Cari Searle, Amy Catt

Unos serenos: Michael de Souza, Jihoon Kim, Adrian Clarke

La voz de lo alto: Catherine Carby

Un guardian: Dusica Bijelic

Coro de la Royal Opera House

Director de coro: Renato Balsadonna

Orquesta de la Royal Ópera House

Maestro concertista: Sergey Levitin