Salvemos la ópera: por qué Verdi y Wagner son un peligro para la ópera del futuro

futuro de la ópera

La ópera es un género que siempre está en crisis, pero que se alimenta de las crisis y sorprende con oleadas de vitalidad cuando más exangüe parece. Por ello, nadie sabe con seguridad cómo será el futuro de este género que amamos y nos preocupa. ¿Desaparecerá la ópera? ¿Lo hará trivializada en las redes sociales, asfixiada por la estrechez económica, aburrida sin nuevos títulos, convertida en un lujo superficial e inalcanzable? O por el contrario, ¿recobrará la importancia de sus mejores épocas, cabalgando sobre la globalización y la multiculturalidad de la era de internet? Asomarse al pasado y a la actualidad del género nos permite afrontar su futuro, aún por escribir.

Los desafíos a los que se enfrenta la ópera no son nuevos y los aficionados los conocen bien. Sin embargo, los que pronosticaron el declive de la lírica ven su profecía confrontada a diario por una realidad bien distinta. Aunque hay teatros de ópera que desparecen, se crean otros allá donde no había gran tradición. Aunque aún hay quien se lamenta por la ausencia de voces como las de la segunda mitad del s. XX, cada año conocemos a nuevos intérpretes cuyo arte no empalidece ante las voces de antes, y que son capaces de triunfar en un entorno mucho más exigente.

Desde las primeras retransmisiones globales desde el Metropolitan de Nueva York en 2006 y con la inabarcable explosión de contenido lírico en YouTube y otras redes sociales, las audiencias se han multiplicado hasta tal punto que muchos de los tópicos entorno a la ópera se van diluyendo. Algunos aficionados rara vez pisan un teatro, así como cientos de millones de aficionados siguen cada mundial de fútbol por televisión. Muchos argumentan que facilitar el acceso a la ópera a través del vídeo en internet hace que descienda la taquilla en los teatros. Yo no he encontrado evidencia de ello, pero si así fuera, sería en todo caso más perjudicial para los teatros que para los intérpretes o los aficionados.

Las  óperas que más se representan hoy son las de Verdi, Mozart y Puccini, seguidas de Wagner y los belcantistas. Si echamos la vista atrás a aquellos tiempos ¨dorados¨ que tanto extrañan muchos expertos, nos damos cuenta de que los compositores y los libretistas de la época no escribían para la eternidad o para una selecta minoría. La Traviata o el Barbero de Sevilla tampoco pretendían ser visionadas millones de veces en internet ni ser intelectualizadas hasta la náusea por ensayistas e historiadores, sino disparar al corazón de una sociedad concreta en un tiempo muy definido: el suyo.

Durante siglos, y siguiendo este esquema, los mejores compositores fueron escribiendo su nombre en la historia con letras doradas, y muchos se lanzaban a componer en busca de esa gloria artística. Muchas de esas aspiraciones chocaban con la realidad, que les obligaba a ser pragmáticos. Cambiaban escenas sobre la marcha, se censuraban y plagiaban a sí mismos, refreían obras sinfónicas, alargaban y acortaban escenas para complacer al público, a los empresarios, a la censura o sus propios caprichos. Todo ello es impensable hoy, cuando cada nueva partitura se considera algo sagrado e intocable, y los compositores pretenden emular a Beethoven o a Mozart cuando no son capaces siquiera de llenar un auditorio.

Ese estímulo que alentaba la aparición de nuevas óperas continuó hasta bien entrado el s. XX, donde las dramaturgias del cine y el musical entraron en competición con la ópera. Con el tiempo, los cantantes fueron ganando importancia hasta desbancar a aquellos. Su arte colmaba las expectativas de los que asistían a los teatros, más interesados en el espectáculo vocal que en el drama en sí.

No nos engañemos, la ópera no es la única forma artística que trata temas universales. En los años 30, el cine ya era en color e incluía música, lo que hizo que muchos perdieran interés por la lírica. Progresivamente, los amantes de la ópera del siglo pasado se fueron intelectualizando y refugiando en versiones cada vez más perfectas (mejor interpretadas) de obras maestras, en lugar de requerir nuevos títulos. El encarecimiento de las entradas de ópera con respecto al cine hizo que la afición se polarizara, y se fuera conformando una élite que tenía el dinero, la formación o el interés necesarios para ir a la ópera.

El elitismo ha ido aumentando desde entonces, con heroicos y no siempre bienintencionados intentos de divulgación; como la ópera en cine, que vivió un efímero éxito durante finales de los 70 y principios de los 80, y que contribuyó a rejuvenecer la sangre de un género que ya presentaba evidentes achaques. Los cantantes, que parecían estrellas intocables, también vieron su relevancia declinar, víctimas de una minoritaria élite intelectual que encontraba aburridas las proezas vocales y de una discografía que ponía el listón interpretativo tal vez demasiado alto.

Esa espiral elitista no se ha detenido hasta hoy, y ha beneficiado principalmente a los directores de escena. Hoy podemos decir con cierto rubor que la más importante contribución de la ópera a la Historia del Arte en el s.XXI va venido de la mano de la Opera Régie, esa corriente estética e intelectual en la que la escena se adueña de la música y el libreto, y los retuerce sin piedad para satisfacer los deseos onanistas de un reducido grupo de aficionados. El elitismo es el mayor problema que tiene la ópera hoy.

En paralelo y lejos de los oropeles de los teatros, el gran público se ve hoy expuesto a la música de ópera en anuncios de televisión y radio, en talent shows; así como a la publicidad de los teatros de ópera en redes sociales y la inabarcable colección de YouTube, mentidero internacional de los amantes de la ópera. Igual que los coches de lujo sobreviven frente a la masificación de los utilitarios más baratos, o el precio de los mejores vinos no se ve afectado por el aumento de la producción de nuevos caldos, la ópera puede abrirse a nuevos públicos bajo multitud de formas, sin que ello haga peligrar su futuro. Internet, es evidente, ha revolucionado el acceso a la ópera y ha multiplicado el número de aficionados de una manera que no encuentra parangón.

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Y puede que haya salvado a la ópera de sí misma.

Tachada por muchos expertos de banalización, la presencia actual de la ópera, incluso con fines no artísticos, demuestra su pujanza expresiva y su capacidad de inspirar y atraer. Los amantes de la ópera debemos convencernos de que la música de Verdi no es nuestra, sino de todos. Probablemente, el futuro de la ópera esté más cercano al mundo de internet y las redes sociales de lo que muchos aficionados creen. Con los problemas de financiación de los teatros de ópera, la representación de nuevos títulos en gran formato supone un riesgo que pocos empresarios están dispuestos a asumir. Triunfa pues la inercia de ofrecer siempre lo mismo, hasta el punto de que programar una ópera de mediados del siglo pasado parece un acto de heroicidad, setenta años después.

Frente a ello, avanza poco a poco la idea de crear óperas nuevas de menor formato, a una escala que haga el espectáculo más económico. Los festivales, las escuelas de canto o los auditorios de las instituciones culturales se antojan los escenarios ideales para ello. Muchas personas podrían acercase a estos espectáculos a través de internet, multiplicando su impacto con unos costes más que asumibles. Así, asociaciones musicales y de amigos de la ópera, fundaciones o los propios teatros con sus programas de promoción y divulgación tienen mucho que aportar en esta misión impostergable de estimular la creación operística.

Para asegurar el futuro de la ópera hace falta más ópera, lo que no significa más Verdi, más Mozart o más Puccini. El futuro de la ópera será novedoso, dinámico, audiovisual e inclusivo. El musical y el cine llevan décadas generando nuevos contenidos con la vitalidad a la que obliga el apetito de una audiencia ávida de novedades. De la misma forma, la ópera debería reinventarse con nuevos títulos, nuevos compositores y por supuesto, muchos nuevos aficionados.

Tenemos lo necesario: cantantes de enorme calidad dispuestos abrazar nuevos desafíos; una audiencia potencial planetaria gracias a la tecnología; creadores escénicos que pueden emplear su arte en nuevos títulos en lugar de manosear las obras maestras del pasado; multitud de espacios que esperan ser habitados por la voz y la música; festivales que gastan lo que no tienen en reposiciones sin sentido que satisfacen a un pequeñísimo sector de aficionados.

En paralelo a las temporadas de los grandes templos de la ópera, no debemos temer a la televisión en streaming. No hay nada de malo en componer óperas para un público amplio, con intérpretes que pueden estar a miles de kilómetros de distancia. Lo mejor que nos podría ocurrir es que Amazon Video, Netflix o HBO se lanzaran a crear óperas nuevas para sus suscriptores.

Existe la sed, y tenemos las copas sobre la mesa. Sólo falta cosechar con inteligencia para conseguir los mejores vinos. Los creadores deberían mirarse en el espejo de los grandes compositores, pero no para tratar de competir con ellos sino emulando su libertad y originalidad creadora. Un compositor que se enfrente al pentagrama en blanco difícilmente acertará a balbucear unas cuantas notas si se siente aplastado bajo la majestuosidad de Don Giovanni o Tristán e Isolda. Necesitamos que los compositores creen óperas para el gran público, que nos hablen de lo que nos importa, de lo que ocurre alrededor; y que reflejen con honestidad y sin imposturas los paradigmas de hoy, sin sentirse presionados por una tradición.

Cuídese mucho el amante de la ópera de sacralizar lo tradicional, porque hoy en lugar de inspirar, la tradición atenaza a los creadores y fanatiza a los aficionados, incapaces los unos de superar las cumbres de Verdi o Donizetti, y cerrados los otros a cualquier innovación estética.

Los aficionados, y los medios de comunicación como su altavoz, tenemos el futuro de la ópera en nuestras manos. Ojalá seamos generosos para compartir y contagiar al mundo nuestra pasión por la voz en la ópera y que ese entusiasmo haga brotar un genio nuevo y salvador.

Carlos Javier López