La Corrala del Reina Victoria: soplo de aire fresco

La Revoltosa - La Corrala del Reina Victoria
La Revoltosa – La Corrala del Reina Victoria

De un tiempo a esta parte, los espectáculos de zarzuela en Madrid durante la época estival han experimentado una considerable disminución. Cerrado su centro neurálgico, el Teatro de la Zarzuela, durante los meses estivales, apenas se encuentran rincones para disfrutar de nuestro género lírico, máxime desde la eliminación de los ciclos de zarzuela dentro de la programación cultural de los Veranos de la Villa, de gestión directamente municipal, donde este género musical no es que resulte minoritario, sino que la triste realidad evidencia que la zarzuela es prácticamente inexistente, siendo borrada completamente de sus carteles, con lo que el Ayuntamiento de diferentes colores políticos ha orillado insistentemente a uno de los géneros musicales más populares en Madrid. Atrás han quedado para los nostálgicos los espectáculos al aire libre en los Jardines de Sabatini con el Palacio Real como escenario casi natural o más atrás en el tiempo, las atractivas temporadas del Teatro Albéniz, histórico coliseo maltratado y defenestrado durante décadas por la pésima gestión de la Administración (ahora con esperanzas -esperemos que no infundadas- de su próxima reinauguración), por no hablar de las sobresalientes del extinto Centro Cultural de la Villa (actual Teatro Fernán Gómez), obligadísima parada zarzuelera en verano a lo largo de décadas con el muy venerable y siempre respetado Antonio Amengual y su ya histórica Compañía Lírica Española, y más recientemente con el siempre innovador y original Francisco Matilla al frente de la Compañía Ópera Cómica de Madrid, intachable agrupación que, inexplicablemente, ha sufrido una merma considerable de espectáculos y actuaciones.

En su gran mayoría gracias a la iniciativa (y por qué no decirlo, valentía) de muchas compañías privadas de zarzuela, con todos los gastos de una o varias producciones por su cuenta y riesgo, en los últimos años también se han podido presenciar montajes de zarzuela de forma esporádica en otros teatros señeros de Madrid, como el Español, el mencionado Fernán Gómez, el Alcázar o el Gran Vía, y seguro que nos quedamos en el tintero más de uno, más de dos y más de tres. Precisamente en este último (ahora renombrado EDP Gran Vía, por las inevitables exigencias nominales del patrocinador, lo que se conoce ahora como naming) el incansable empeño de la Compañía de Nieves Fernández de Sevilla (nieta del ilustre libretista Luis Fernández de Sevilla) mantiene anualmente una discreta pero muy digna temporada estival de zarzuela en el mes de agosto, en una gestión compartida con la familia Moncloa (los herederos de la maestra Dolores Marco), programando casi exclusivamente La verbena de la Paloma, y en el presente año, con el feliz añadido de un nuevo espectáculo con aires de antología, Álbum de Zarzuela. Tampoco hay que olvidar la infatigable labor del empresario Óscar Cabañas durante gran parte del año en su cuartel general del modesto Teatro Victoria.

Dentro de ese abanico de iniciativas privadas sin ningún tipo de subvenciones públicas, ha aparecido la Compañía Lírica Ibérica, que ha recalado en el ya centenario Teatro Reina Victoria (no confundir con el anteriormente citado), en plena Carrera de San Jerónimo, gestionado por el popular presentador de televisión (y también actor) Carlos Sobera, para presentar al público de la capital toda una declaración de intenciones en pos de la defensa y reivindicación del género lírico, y más concretamente, del género chico madrileño. La Corrala del Reina Victoria han dado en llamar a esta programación durante los meses de julio y agosto con cuatro de los títulos más castizos y populares, mantenidos en cartel durante dos semanas cada uno: La revoltosa de Ruperto Chapí, La verbena de la Paloma de Tomás Bretón, y El bateo y Agua, azucarillos y aguardiente de Federico Chueca. En definitiva, las zarzuelas de siempre que todo aficionado quiere ver en verano. Todo un tour de force que ha surgido a raíz del empeño y la voluntad de Estrella Blanco, empresaria, actriz-cantante y directora artística de una Compañía integrada en su gran mayoría por jóvenes cantantes, actores e instrumentistas, y que cuenta a su lado con la dirección escénica y la coordinación general de José Luis Gago. Dos firmes garantes de que la zarzuela esté bien representada en verano y que recibe el apoyo de Scenarte Producciones.

Con algo más de 40 artistas en escena, esta Compañía se propone la idea de, partiendo del respeto reverencial a las obras y autores originales, revitalizar (que no modernizar) el género chico dándole, eso sí, un pequeño brochazo de actualidad. Porque, efectivamente, cada sainete está acompañado de un breve prólogo que pretende contextualizar la obra que se va a presenciar a continuación. En el caso de la primera zarzuela programada, La revoltosa, de 1897, la introducción planteada ha querido presentar el conflicto generado en torno a la eliminación de una corrala, escenario típico de las zarzuelas madrileñas de género chico como es la presente de Chapí. Así, tras varias ideas acerca de cómo canalizar la protesta colectiva, la comunidad de vecinos adopta la decisión de presentar un manifiesto al Ayuntamiento, pidiéndole que no derribe la corrala madrileña. Para ello, el recurso de zarzuela utilizado es la escena de las vendedoras a ritmo de jota de otra obra de género chico, esta vez aragonés, Gigantes y Cabezudos de Manuel Fernández Caballero, incorporando una nueva letra escrita ad hoc que parafrasea la original de Miguel Echegaray para describir la situación contemporánea presenciada en escena. Lo cierto es que, más que contextualizar, la impresión que provoca este prólogo no va más allá de ayudar a resaltar el clima de disputa vecinal (o de corrala) que define per se a La revoltosa, valiéndose de una anécdota plagada de alusiones actuales como Madrid Central, el movimiento okupa o el hit “Despacito”, por lo que, para solaz y regocijo del público, en este primer título la Compañía Lírica Ibérica brinda media hora de chascarrillo previa a la obra maestra de Ruperto Chapí, Carlos Fernández-Shaw y José López Silva.

La Revoltosa – La Corrala del Reina Victoria

Un sainete lírico que sube al escenario del Reina Victoria con interpretaciones estimables a cargo de artistas de una gran profesionalidad, en general despuntando más en lo actoral que en lo puramente vocal. Como baluartes de la Compañía, destacan por encima de todo el reparto las canónicas recreaciones de José Luis Gago dando vida a un Cándido de comicidad antológica, en la línea de los grandes nombres del pasado, como Miguel Ligero, por ejemplo, permitiéndose alguna que otra morcilla extra al libreto original, así como la interpretación de la Gorgonia de Estrella Blanco, con un fuerte carisma y personalidad en escena sobre el que oscilan todos los demás personajes, tanto masculinos como femeninos. Igualmente experta por su carácter propio es la caracterización del Candelas de Rafa Casette, cuyo estupendo trabajo actoral, de auténtica adecuación al personaje, contiene un punto de histrionismo muy personal. Correcta y sentimental en lo teatral es la Mari Pepa de la soprano colombiana Mariana Isaza, aunque escasa de cierto empuje castizo, al igual que su compañero, el Felipe del barítono Darío Gallego, buen recitador del texto aunque de canto más bien atemperado. Entonadas con intención las célebres Guajiras por la mezzo Estela Vicente, y resulta completamente inocente la licencia de retratar a una Encarna despistada a cargo de la solvente actriz Sonia Gascón. Hermoso complemento asimismo la coreografía de la pareja de baile a cargo de Alejandra Rodríguez, que aporta vistosidad a la escena, con una puesta y un vestuario a los que no falta ni una guirnalda ni un clavel en la solapa.

En un estreno todo son nervios, y ello se comprobó especialmente en la actuación de los 11 bisoños instrumentistas (ninguno supera los 30 años) de la Orquesta Camerata Villa de Madrid a las órdenes del no menos joven Fran Fernández Benito, pues los instrumentos vacilan o sufren algún desajuste en ciertos pasajes, pese a regalar otros de brillante empaste y gran musicalidad, pequeñas carencias que confiamos se van puliendo en funciones sucesivas. Encomiable en todo caso su aportación, llena de ganas, ilusión y entusiasmo, algo que es de agradecer, máxime teniendo en cuenta la limitación de los medios de que dispone el teatro, pues no existe foso, y la propia escasez de los efectivos instrumentales, que en todo caso siempre es más que una mera reducción pianística. Particularmente reseñable es la faceta como improvisadores de algunos de sus integrantes en el prólogo a ritmo de jazz o pasodoble. En definitiva, bienvenida sea esta necesaria y fresca oferta zarzuelera que viene a combatir la sequía estival del género para hacer las delicias del aficionado.

Germán García Tomás