Crónica de La Tetralogía de Leipzig: más luces que sombras

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La Tetralogía de Leipzig: El oro del Rhin. Foto: T. Schulze.
La Tetralogía de Leipzig: El oro del Rhin. Foto: T. Schulze.

José M. Irurzun

El Oro del Rhin 

Para cualquier buen aficionado a la música una visita a Leipzig es obligada, tal ha sido la importancia de esta ciudad en la historia de la música. No hace falta referirnos a las grandes figuras que han nacido o vivido aquí, ya que son bien conocidas por todos los aficionados. Hacía tiempo que tenía ganas de cumplir con esta visita y se ha presentado la ocasión con la programación de este Anillo que denominaremos La Tetralogía de Leipzig.

En lo que a la ópera se refiere no es Leipzig una ciudad tan importante como otras alemanas, como es el caso de Berlín, Munich, Dresde o Frankfurt, y uno sabe que no viene a ver grandes fastos vocales, sino unas representaciones que se ofrecen con cantantes que, salvo raras excepciones, pertenecen a la compañía estable de ópera de la ciudad. La verdad es que el resultado de este arranque de la Tetralogía ha sido claramente positivo, con una adecuada producción escénica, una brillante prestación musical y un reparto un tanto discreto, pero con algunos elementos destacables.

La producción escénica se debe a la británica Rosamund Gilmorey se estrenó aquí en 2013. Desde entonces se ha venido representando el Anillo completo todos los años al menos una vez en cada temporada. La producción funciona bien con un escenario único (Carl Friedrich Oberle), en el que tiene un juego importante la danza, ya que no hay que olvidar que Rosamund Gilmore fue en sus principios bailarina. El grupo de ballet no solo juega un papel importante en la escena, haciendo también de cuervos acompañantes de Wotan, sino que se encargan del cambio de escena, moviendo algunos elementos de atrezzo para su ambientación.

La escenografía ofrece un edificio de tipo neoclásico, con una plataforma elevada en el centro, que tanto sirve (con agua) par figurar el Rhin como para las evoluciones de los dioses y gigantes. Hay al fondo dos escaleras, una ascendente por donde los dioses entran en el Walhala, y otra descendente a la izquierda, poro donde aparecen los gigantes. La trama está bien narrada y únicamente no me resultaron convincentes las escenas de las transformaciones de Alberich en el Nibelheim. Bien conseguida la escena final, en la que los dioses desaparecen de escena y entran en la misma las Hijas del Rhin. El vestuario es adecuado y obra de Nicola Reichert,contando con una buena iluminación por parte de Michael Röger. Es una producción adecuada, que sirve perfectamente para narrar la trama.

La dirección musical estuvo encomendada a Ulf Schirmer, que además de director musical de la Ópera de Leipzig, es su director general o intendente. Su dirección fue buena, mejorando claramente a partir de la escena del Nibelheim, ganado a partir de entonces en intensidad y fuerza dramática. Ha sido un buen arranque de la Tetralogía y resulta muy prometedor lo que tendremos por delante. A destacar la prestación de la Gewandhaus Orchester, una de las más prestigiosas de Alemania, que curiosamente tiene precisamente su sede en la gran sala de conciertos situada al otro lado de la plaza donde se ubica el edificio de la ópera.

El reparto vocal no ofrecía nombres de relieve, sino que prácticamente todos forman parte de la compañía de la Opera de Leipzig. El resultado global ha sido positivo, con algunas prestaciones dignas de destacarse.

Wotan fue interpretado por el barítono  finlandés Tuomas Pursio,que me resultó un tanto ligero vocalmente para las necesidades del personaje. Tiende a abrir sonidos, siendo un correcto intérprete.

Buena la actuación del barítono británico Pavlo Hunkacomo Alberich. Este veterano artista se mantiene en un nivel vocal todavía correcto y ofreció una buena actuación en el personaje del Nibelungo.

Muy buena la prestación del tenor Thomas Mohren la parte de Loge, estupendo actor y cantante, con una voz de tenor característico muy adecuada para el personaje.

Voz de escaso atractivo la de la mezzo-soprano Kathrin Göringen la parte de Fricka, aunque lo hace bien en escena.

Los gigantes fueron interpretados por los bajos Rúni Brattaberg (Fasolt) y James Moellenhoff(Fafner), ambos con voces sonoras y con tendencia a abrir sonidos. Un poco bastos los dos.

Muy buena la impresión dejada por mezzo-soprano británica Claudia Huckle en Erda. Uno de los mejores momentos de la representación corrió a su cargo.

Buena impresión la dejada por la soprano Gal Jamesen Freia, buena cantante y con voz atractiva.

Lo hizo bien también Dan Karlströmen la parte de Mime, cumpliendo adecuadamente el barítono Kay Stiefermannen Donner, mientras que Sven Hjörleifssonfue un más bien modesto Froh.  Finalmente, las Hijas del Rhin fueron perfectamente cubiertas por Eun Yee You(Woglinde),Sandra Maxheimer(Wellgunde) y Sandra Fechner(Flosshilde)

El teatro estaba prácticamente lleno.  El público dedicó una cálida acogida a los artistas en los saludos finales, recibiendo las mayores ovaciones Thomas Mohr, Claudia Huckle y Ulf Schirmer.

La representación comenzó puntualmente y tuvo una duración de 2 horas y 26 minutos sin interrupciones. Ocho minutos de aplausos.

La Tetralogía de Leipzig: La Valkiria. Foto: T. Schulze.
La Tetralogía de Leipzig: La Valkiria. Foto: T. Schulze.

La Walkiria

Ha sido ésta una muy satisfactoria representación de Die Walküre, mejor de lo que yo esperaba de antemano. Ha contado con una adecuada producción escénica, una excelente versión musical y un destacado reparto vocal, al menos en tres de los principales protagonistas de la ópera.

Como en el Oro del Rhin, la producción es obra de la británica Rosamund Gilmore, que ofrece una narración ajustada al libreto, haciendo aparecer nuevamente la danza en escena, aunque en esta ocasión su relevancia es inferior, ya que no hacen sino de animales acompañantes de los personajes, como es el caso de Fricka, Wotan o Brünnhilde. A diferencia del día anterior, aquí la escenografía (Carl Friedrich Oberle), nos presenta distintos escenarios para cada uno de los tres actos. En el primero estamos en la casa de Hunding, con el fresno dentro de ella, en el que se adivina a Notung. Está bien conseguida la llegada de la primavera, en la que se levanta la pared del fondo para ofrecernos un paisaje exterior, por donde huirá la pareja de gemelos enamorados. En el segundo acto estamos en la mansión de Wotan, que ahora está medio en estado de ruina, con algunos cadáveres en el suelo, correspondientes a héroes traídos por las valquirias. Para el anuncio de la muerte de Siegmund se abre el escenario para ofrecernos un paisaje, donde se desarrollará el duelo de Hunding y Siegmund. Finalmente, en el tercer acto, estamos en una especie de mausoleo con arcos a la izquierda y un espacio en el centro lleno de botas blancas, que pueden pertenecer a los soldados supuestamente enterrados allí. Hay una plataforma elevada, donde se colocará a Brünnhilde para el Fuego Mágico.

La producción sirve bien para narrar la trama sin mayores ambiciones, contando con un adecuado vestuario ( Nicola Reichert) y una correcta iluminación (Michael Röger).

Nuevamente, la dirección musical ha estado en las manos de Ulf Schirmer y esta vez me ha resultado su dirección plenamente convincente. Su lectura ha sido brillante de principio a fin. Ha sido una Valquiria con la que hemos podido disfrutar de la gran música de Wagner en una dirección perfectamente comparable con otras de maestros más reconocidos en el mundo. Magnífica la actuación de la Gewandhaus Orchester. Pocas veces uno tiene oportunidad de disfrutar tanto con la intervención del violonchelo en el primer acto de la ópera.

El reparto vocal está ahora formado por artistas invitados por la Ópera de Leipzig y el resultado ha sido plenamente satisfactorio.

Brünnhilde fue interpretada por soprano alemana Christiane Libor, que lo hizo de manera destacable. La voz es poderosa y atractiva, cantando con expresividad y resultando plenamente convincente. Superó el escollo de entrada de los Ho-Jo-To-Ho con brillantez. Era la primera vez que la veía en escena y ha demostrada ser una auténtica soprano wagneriana, de las que no abundan.

Wotan fue interpretado por el barítono escocés Iain Paterson, cuya actuación me ha resultado una agradable sorpresa. Había tenido ocasión de verle como Wotan en varias ocasiones anteriores en Berlín y Dresde y sus actuaciones no me habían resultado convincentes, fundamentalmente por falta de amplitud en su voz. En esta ocasión su actuación ha sido notablemente mejor, cantando con mucho gusto y expresividad. No le faltó sino algo más de volumen para ser un gran Wotan.

La soprano americana Meagan Miller dio vida a Sieglinde y lo hizo de manera destacable. La voz es importante, canta con gusto y no tiene ningún problema en la parte de arriba. También era la primera vez que la veía en escena y la impresión ha sido muy positiva.

El tenor alemán Burkhard Fritz fue Siegmund y su actuación fue solvente. La voz es adecuada, aunque su canto siempre me ha parecido un tanto monótono e impersonal. Sus Wälse, wälse del primer acto fueron de los más cortos que he escuchado en escena.

El bajo Rúni Brattaberg volvió a mostrar su amplia voz en Hunding, aunque su canto sigue siendo poco interesante, abriendo mucho los sonidos innecesariamente.

La mezzo-soprano Katrin Göring volvió a ser Fricka y lo hizo de manera adecuada, especialmente como composición escénica, aunque la voz no es atractiva.

Las 8 Valquirias estuvieron bien servidas, destacando poderosamente la Helmwige de la soprano Daniela Köhler, con una voz impresionante de poderío y gran facilidad por arriba. Sus hermanas fueron interpretadas por Gal James (Gerhilde), Magadalena Hinterdobler (Ortlinde), Anja Schlosser (Waltraute), Sandra Janke (Schwerleite), Sandra Maxheimer (Siegrune), Stephanie Weiss (Grimgerde) y Wallis Giunta (Rossweisse).

El teatro estaba completamente lleno y el público se mostró muy satisfecho con el resultado de la representación, con muestras de entusiasmo para las dos sopranos, Wotan y el director.

La representación comenzó puntualmente y tuvo una duración de 4 horas y 49 minutos, incluyendo dos intermedios. Duración musical de 3 horas y 44 minutos. Ocho minutos de aplausos.

La Tetralogía de Leipzig: Siegfried. Foto: T. Schulze.
La Tetralogía de Leipzig: Siegfried. Foto: T. Schulze.

Siegfried

Tras las dos notables representaciones de las entregas anteriores del Anillo, la tercera no ha corrido la misma suerte, sino que hemos dado un paso para atrás. Esperemos que dicho paso no sirva sino para tomar impulso para terminar la Tetralogía. La verdad es que ni escénica, ni musical ni vocalmente las cosas han rodado como cabía esperar tras lo visto hasta ahora.

Sigue adelante la producción de Rosamund Gilmore, que nos ha ofrecido lo menos interesante hasta ahora. Vuelve a estar presente la danza, aunque no aporta mucho en los dos primeros actos de la ópera. La escenografía sigue siendo la de Carl Friedrich Oberle y nos ofrece una morada de Mime, a la que se entra por una escalera metálica superior, que da a una especie de jardín, donde se sitúan los bailarines. En la parte de delante hay unos elementos de atrezzo, entre los que está el yunque, pero no la fragua, ya que de hecho Siegfried no forja a Notung, sino que se la dan los danzantes, con lo que se pierde bastante. La acción se desarrolla en tiempos más o menos modernos, a juzgar por el vestuario de Nicola Reichert.

En el segundo acto nos trasladamos a un escenario con dos bloques a los lados unidos por un puente, debajo del cual se sitúa la caverna de Fafner. La muerte del dragón resulta poco apropiada, ya que el tal animal no es sino un gigantesco muñeco humano sentado en un sofá y con bailarines alrededor. La verdad es que no tiene que luchar mucho Siegfried para cargarse al tal muñeco humano. Finalmente, en el tercer acto estamos en un escenario en ruinas para las escenas de Wotan con Erda y Siegfried, pasando después a un escenario, en cuyo centro se sitúa la plataforma donde duerme Brünnhilde, con una escenografía muy parecida a la que concluye la Valquiria. Es sin duda lo más conseguido de esta representación, que cuenta con una buena iluminación por parte de Michael Röger.

La dirección musical estuvo nuevamente en manos de Ulf Schirmer y me ha resultado menos conseguida que los días anteriores, especialmente en los dos primeros actos, en los que faltó vida. Las cosas mejoraron de manera clara en el último acto, pero cabía esperar más en su conjunto. A destacar nuevamente la prestación de la Gewandhaus Orchester.

Siegfried fue interpretado por el veterano tenor alemán Christian Franz, que lleva muchos años de carrera y resulta muy poco creíble como el joven Sigfrido. La voz funciona bien, aunque hay apreturas por arriba. No me convenció su anodina interpretación en los dos primeros actos, mejorando en el tercero, especialmente en la escena del despertar de Brünnhilde.

Como Brünnhilde estuvo anunciada la joven y prometedora soprano sueca Elisabet Strid, a quien tenía muchas ganas de volver a ver tras una exitosa actuación en Berlín en Tannhäuser. Lamentablemente, canceló y fue sustituida por la soprano británica Katherine Broderick. Su actuación fue buena, con un centro de calidad y un voz bien emitida. Su voz resulta algo corta en las notas graves y está descontrolada en las notas más altas, donde bordea el grito, cuando no lo supera.

Volvía a interpretar a Wotan (ahora en el personaje del Wanderer) el barítono escocés Iain Paterson, cuya actuación se quedó claramente por debajo de la del día anterior. La tesitura de este Wotan es más grave que la de los anteriores y esto le hace ser bastante menos adecuado. A esto hay que añadir que su tamaño vocal volvió a dejar que desear. No sé si pudo influir también el hecho de cantar dos días seguidos.

El tenor finlandés Dan Karlström lo hizo bien en la parte de Mime, buen actor y con voz de no mucha calidad. Cumplió bien, aunque no sea un Mime extraordinario.

Tuomas Pursio, el Wotan del Oro del Rhin, fue aquí Alberich y me resultó con la voz demasiado ligera para el personaje, aunque lo hace bien en escena.

La mezzo-soprano Claudia Huckle hizo una buena Erda, con voz atractiva y bien manejada, aunque se puede quedar un poco corta en las notas más graves.

Rúni Brattaberg fue Fafner y no pasó de la corrección Correcta también la soprano griega Danae Kontora como Pájaro del Bosque.

El teatro estaba prácticamente lleno y el público se mostró cálido y no entusiasmado en los saludos finales.

La representación comenzó puntualmente y tuvo una duración de 5 horas y 7 minutos, incluyendo dos intermedios. Duración musical de 4 horas exactas. Seis minutos de aplausos.

La Tetralogía de Leipzig: El Ocaso de los Dioses. Foto: T. Schulze.
La Tetralogía de Leipzig: El Ocaso de los Dioses. Foto: T. Schulze.

El Ocaso de los Dioses

Termina la Tetralogía en Leipzig y lo hace de manera brillante, bastante mejor de lo que cabía esperar tras el Siegfried del día anterior. Efectivamente, el paso atrás de entonces ha servido para tomar un nuevo impulso y hemos asistido a una más que notable representación del Ocaso de los Dioses, con una producción adecuada y atractiva, una excelente dirección musical y un reparto en el que han destacado sus dos principales protagonistas.

Como en las entregas anteriores, la producción es obra de la británica Rosamund Gilmore que ha ofrecido un escenario único (Carl Friedrich Oberle) para toda la ópera y con presencia de la danza, que ha tenido más protagonismo que los días anteriores. La escenografía consiste en una gran sala con altos pilares, a los que se añaden elementos de atrezzo para las escenas de interior, entre los que destaca un gran piano blanco, que será donde se deposite el cadáver de Siegfried en la escena final y a donde subirá también Brünnhide para su inmolación. En las escenas de interior toda la parte de la izquierda es un gran ventanal, mientras que en las de exterior se cierra el ventanal y se recurre a la máquina de humo para su ambientación. En el primer acto, en la derecha del escenario, se coloca una terraza, representando la Roca de Brünnhilde. La producción funciona bien, siendo lo menos conseguido la escena de Siegfried con las Hijas del Rhin, que resulta poco adecuada en esta escenografía. El vestuario (Nicola Reichert) es moderno y atractivo y hay una destacada labor de iluminación por parte de Michael Röger.

Hemos asistido a una buena producción del Anillo, cuyo único lunar ha estado en los dos primeros actos de Siegfried. No diré que es una producción excepcional y maravillosa, pero sirve perfectamente para ponerse al servicio de la trama y no al contrario, como tanta veces ocurre últimamente.

La dirección musical de Ulf Schirmer ha sido excelente en esta ocasión, más a la altura de lo que nos ofreció en las primeras entregas. Incluso cabe decir que ha sido la versión más conseguida de todo el Anillo. La tensión no ha decaído en ningún momento y esto es un mérito adicional en una ópera tan larga como ésta. La única pega que pondría a la versión musical es la de abusar en cierto modo de volumen orquestal en esa maravillosa música que es el Funeral de Sigfrido. Una excelente versión musical que ha hecho que el viaje a Leipzig haya merecido la pena. Muy buena, nuevamente, la prestación de la estupenda Gewandhaus Orchester. Muy buena también la impresión dejada por el Oper Leipzig Chorus, que tuvo una excelente actuación.

Volvía a encarnar el personaje de Brünnhilde la soprano berlinesa Christiane Libor, cuya actuación ha sido magnífica de principio a fin. Estamos ante una de las mejores intérpretes del personaje al día de hoy y puede cantarlo con éxito en cualquier teatro de renombre. La voz es poderosa, canta estupendamente, se entrega en escena y resulta emocionante y muy expresiva. En suma, una gran Brünnhilde.

El nuevo Siegfried era el tenor alemán Thomas Mohr, que fue el intérprete de Loge en el Oro del Rhin, donde tuvo una magnifica actuación. No puedo decir que la voz de este artista responda a las características de un tenor heroico, ya que a su timbre le falta calidad, pero es un estupendo cantante, que cantó de manera muy convincente toda la ópera, incluyendo el dificilísimo relato que precede a su muerte y en el que demostró que puede perfectamente con esa endiablada tesitura. Una sorpresa agradable.

El bajo Rüni Brattaberg volvía a aparecer en escena, esta vez como Hagen y sigue sin convencerme. Estuvo más comedido que lo habitual en el primer acto, mientras que en los dos últimos volvimos sufrir su tendencia a abrir sonidos, como si tuviera miedo de que no se le escuchara bien. Sus dificultades en las notas altas son evidentes y eso afea su actuación.

Lo hizo bien el barítono Tuomas Pursio en la parte de Gunther, rol que le resulta más adecuado a su voz que los de Wotan y Alberich que ha cantado en esta Tetralogía.

Un poco corta de poderío la soprano Gal James en la parte de Gutrune, pasando un tanto desapercibida.

La mezzo-soprano Kathrin Göring fue Waltraute y nos ofreció para mi gusto lo mejor que ha hecho en toda la Tetralogía. Su escena con Brünnhilde tuvo una gran carga emotiva y las dos lo hicieron muy bien.

Cumplió con su cometido el bajo barítono Peter Sidhom en la parte de Alberich.

Lo hicieron bien las Nornas, que fueron interpretadas por Karin Lovelius, Kathrin Göring y Olena Tokar. Menos brillantes fueron las Hijas del Rhin, interpretadas por Magdalena Hinterdobler (Woglinde), Sandra Maxheimer (Wellgunde) y Sandra Janke (Flosshilde).

El teatro estaba prácticamente lleno. El público dedico una recepción entusiasta a los artistas, especialmente a Christiane Libor. Hubo también entusiasmo para Thomas Mohr y Ulf Schirmer.

La representación comenzó puntualmente y tuvo una duración de 5 horas y 22 minutos, incluyendo dos intermedios. Duración musical de 4 horas y 15 minutos. Ocho minutos de aplausos.

El precio de la localidad más cara era de 109 euros, costando 59 euros la más barata. Fotos: T. Schulze