Agata Zubel se codea con Beethoven, con previsible resultado

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Agata Zubel
Agata Zubel. Foto: LA Phil

El último concierto de la Orquesta Sinfónica de Seattle SSO tuvo como protagonista a la compositora y vocalista polaca Agata Zubel, que vio estrenada una de sus últimas creaciones y el pianista israelí Inon Barnatan, que interpretó el Concierto nº. 3 para piano en do menor de Ludwig van Beethoven.

La velada del pasado jueves es un fiel reflejo del enfoque que el director musical del conjunto, el francés Ludovic Morlot, le está dando a la temporada, y que sigue en cierta manera la línea de las anteriores. Junto a grandes obras maestras del repertorio clásico, abundan los estrenos absolutos de compositores contemporáneos, tanto locales como foráneos. De hecho, entre las grandes orquestas de Estados Unidos, la SSO es una de las que más afina en el repertorio sinfónico más vanguardista. Y lo es gracias al enorme entusiasmo de Morlot, que se vuelca con los compositores para capturar con precisión su discurso musical y su propuesta artística, y que ha sabido situar a Seattle como uno de los polos de la creación musical contemporánea.

Un ejemplo de ello es el estreno mundial de la pieza orquestal de Ágata Zubel titulada In the Shade of an Unshed Tear (A la sombra de la lágrima no derramada) que presenciamos en el auditorio Benaroya de Seattle. La obra se abre con los inquietantes sonidos de un susurro que no parece humano, y esa ambigüedad sonora entre lo mecánico y lo orgánico se mantiene constante a lo largo de la pieza. Podríamos dividirla en dos partes. En la primera, una especie de danza dadaísta, los timbales toman un papel predominante. Cuesta encontrar una pauta expresiva, más allá de las atractivas aunque inconexas sonoridades orquestales que propone Zubel. La segunda parte, más densa en lo sonoro, presenta colores más oscuros, sin dejar nunca la disonancia como elemento nuclear. Se atisba una intención por parte de la autora de anular la riqueza tímbrica orquestal en pos de sonidos que recuerdan a lo industrial. El resultado es una obra cuya fealdad parece difícil de superar, lo cual no deja de tener cierto mérito.

Tras el susto, los aficionados de Seattle vieron el programa proseguir con dos raciones del joven Beethoven: el Concierto nº. 3 para piano y la Segunda, como parte de la propuesta de Morlot de interpretar todas las sinfonías del genio de Bonn esta temporada.

El pianista israelí Inon Barnatan cosechó un éxito indiscutible, y merecido. Su versión fue una sugestiva mezcla de precisión y creatividad. Tras el largo primer movimiento, bien acompañado por la SSO, y en el que Barnatan parecía parar el tiempo en cada trino y dejar en el aire el perfume de cada escala, el segundo sonó más sobrio e introspectivo, con la característica aura espiritual que envuelve esta parte. Aquí Morlot estuvo menos fino que en el primer movimiento, con algún ataque de la orquesta que deslucía el fraseo del piano. Tal vez lo más relevante de la interpretación de Barnatan, como se puso de manifiesto en el rondó, fue su capacidad para desarrollar una personal visión de la obra, manteniendo, a la vez, un inconfundible sabor beethoveniano. Desde luego el pianista fue del gusto de los asistentes al concierto, que descubrieron y valoraron en Barnatan al artista que hay detrás del virtuoso.

La Segunda Sinfonía en re mayor, op. 36, de Beethoven fue un buen termómetro de la forma en la que se encuentra el conjunto seatelino, que también se encarga de poner música a la compañía de Ópera de Seattle. Ludovic Morlot, al que en alguna ocasión le hemos reprochado aquí su apatía en ciertas obras del repertorio clásico, se mostró muy sólido con esta Segunda de Beethoven. Con un inicio masculino y pujante, caracterizado por la precisión y la ductilidad de las cuerdas (lideradas con personalidad por la concertino Susie Park), lo más brillante llegó con el segundo movimiento, larghetto. Aquí se pudieron comprobar las posibilidades tímbricas de la SSO y la inteligencia sobre el cajón del maestro francés, que supo sorprender en los pequeños detalles, obligando al público a una escucha sensible. Tras un scherzo que no hizo que la interpretación terminara de levantar el vuelo, vino el Allegro molto, tocado con gracia y que, gracias a la carnosidad del sonido de la SSO y su pulsión juvenil, supo hacer presente la personalidad y el genio del compositor.

Tras la última nota, cundió una sensación de satisfacción entre los presentes; una afición fiel, que acude cada semana a escuchar a la SSO, acaso con la esperanza de encontrar nuevos prodigios en el repertorio más conocido, y propuestas provechosas en las obras que la orquesta revela al mundo por primera vez.

Carlos Javier López