Aida en el Met. Plácido Domingo dirige a Jorge de León y Sondra Radvanovsky

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Aida en el Met. Foto: Ken Howard / Met Opera
Aida en el Met. Foto: Ken Howard / Met Opera

Hace solo unos días el tenor canario Jorge de León embarcó en el avión Plácido Domingo, rumbo a Nueva York. Su misión era ponerse a las órdenes del propio Plácido Domingo y sustituir a Aleksandrs Antonenko en el rol de Radamés de Aida en la Metropolitan Opera. Además, junto a ellos, la soprano americana Sondra Radvanovsky debutaba su Aida, con lo que la expectación era máxima.

Con un teatro lleno y aficionados llegados de todo Estados Unidos y muchos puntos de Latinoamérica, la maquinaria del Met se puso en marcha para ofrecer una vez más la versión de Sonja Frisell. Pese a lo manido de la producción, la noche del pasado jueves fue de las que se recuerdan, en las que todo funciona como debe.

Plácido Domingo no es ningún genio de la batuta, pero su sabiduría musical e intuición dramática le permiten dar con el punto exacto en el que la orquesta aúpa a las voces para que éstas luzcan en plenitud. La dirección de Domingo es clásica y aporta poco de novedad. Más efectivo que exquisito, el artista español fue el mayor aliado de los cantantes y llevó a la orquesta del Met siempre pegada al canto, creando momentos de enorme emoción.

Sondra Radvanovsky tuvo el estreno soñado en su primera noche como Aida en el Met. El canto denso y voluminoso de la soprano de Illinois voló con gracia, cargado de matices dinámicos que la artista diseminaba de a poco. Radvanosky carga el peso del sonido en la garganta, de ahí que algunos sonidos aparezcan sobreoscurecidos. No obstante, la voz es una gloria de expresión. El personaje de Aida, con su exasperantes pesimismo y pasividad, es siempre un desafío interpretativo para las cantantes. Sondra Radvanosky salió victoriosa del brete, pues gracias a su afilada línea de canto dejó una Aida creíble, más elevada que terrenal, más mística que pasional, más reina que esclava. Si me permiten la comparación, muy superior a la de Anna Netrebko. El público enloqueció con su O patria mia, aunque fue en los lacerantes últimos compases de la ópera donde la soprano desarrolló toda su maestría.

Aida en el Met. Foto: Ken Howard / Met Opera
Aida en el Met. Foto: Ken Howard / Met Opera

Tras su debut en 2017, el tenor canario Jorge de León ya sabe lo que es cantar Redamés en Nueva York. Los años en los que aún tenía que hacerse un hueco en los carteles de los principales teatros quedó atrás, y hoy de León disfruta de una carrera internacional que le llevará, después de esta aventura neoyorkina, a Hamburgo, Berlín, Génova y Málaga, donde debutará el Otello de Verdi. Jorge de León es un lírico spinto cuya voz sobra para llenar el teatro del Lincoln Center. Su canto suena soleado en arias como Celeste Aida, con agudos fulgurantes y un timbre viril y pegadizo. Si bien en ocasiones el tenor pierde color al empujar el sonido en demasía, su voz embelesa y emociona con el campaneo de las voces de antaño. Su mayor fortaleza es también su talón de Aquiles, pues el canario tiene dificultades para reducir el tamaño de la línea, y dominar una media voz que aparece en muchas ocasiones desbordada y poco cuidada. Pero también en este capítulo ha mejorado el artista, cuya evolución sigue dando alegrías a sus seguidores. De León puede estar satisfecho, ya que su Radamés está muy por encima del nivel que se exige a los tenores en esta plaza.

La mezzo rusa Olesya Petrova cantó una Amneris muy humana. Compleja y pasional, como debería ser toda Amneris. La Petrova ha sido bendecida con un instrumento de enorme calidad, que le permite cantar con el vibrato justo, con un paso de registro suave y un timbre acariciador. A todo ello se unen su musicalidad y un buen entendimiento con la batuta de Domingo. Acaso le hubiera añadido interés a su personaje un mayor esfuerzo actoral pues la Petrova, sabiéndose poseedora de un canto efectivo, carga las tintas en lo musical y cae en una gestualidad algo desabrida.

Los dos reyes corrieron a cargo del bajo de Washington D.C. Soloman Howard, siempre cumplidor pese a su juventud; y el barítono hawaiano Quinn Kelsey, muy compenetrado con Radvanosky, que volvió a cuajar un Amonasro interesante y bien cantado.

Esta Aida quita el regusto amargo de otras noches en el Met, y vuelve a recuperar el nivel de las grandes noches. La del pasado jueves fue especialmente emocionante para Domingo, Radvanosky y de León. Los tres recibieron con evidente emoción una de las ovaciones más largas de la temporada.

Carlos Javier López