Aida en el Teatro Real: anacronismo escénico.  

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Aida en el Teatro Real
Aida en el Teatro Real

En el Teatro Real tienen muy clara la necesidad de alternar clásicos consagrados con repertorio más arriesgado y parece que va funcionando. La reposición de esta Aída de Hugo de Ana es una buena muestra de la primera parte de la propuesta: un clásico de la etapa de mayor madurez del compositor italiano Giuseppe Verdi y en un montaje utilizado hace unos cuantos años para rentabilizar el dinero gastado; la idea, desde el punto de vista del teatro, no tiene más que ventajas.

Sobre el papel todo habría pintado maravilloso sino fuera porque la propuesta de Hugo de Ana no fuera un total anacronismo escénico. En efecto, a estas alturas de la vida, cada momento está sustentado en el cliché continuo de la época, previsible y acartonado y, por momentos, vergonzoso, como en el caso de los ballets, cuyas coreografías son insalvables, menos mal que en ese momento está uno cautivado por la música de Verdi pero, ciertamente, el tiempo ha pasado fatal por ellas.

Habrá que obviar entonces la parte escénica para centrarnos en lo musical, la labor del maestro Nicola Luisotti, sin ser sobresaliente, me pareció adecuada para lo que el teatro necesitaba en este momento: no deslucir el clásico y que la gente disfrute. Supo interpretar los tiempos de manera correcta a pesar de cierta morosidad en algún momento y un cierto desequilibrio orquestal, había decibelios de sobra y algún cantante, sobre todo al principio, se tuvo que esforzar en demasía. La orquesta estuvo muy empastada en todo momento y correspondió a su dirección. Me interesó más en los momentos más minimalistas, rarezas de uno, sobre todo en la estupenda recta final. El coro cumplió maravillosamente con uno de los caramelos más sublimes que se puede encontrar, todo el segundo acto necesita gran calidad vocal  y atención a los cambios rítmicos y lo solventaron con creces. Fue tan épico como debía ser.

Aida en el Teatro Real
Aida en el Teatro Real

Al final quedé bastante satisfecho con los solistas, el comienzo dubitativo de Gregory Kunde con el Celeste Aida auguraba dificultades (afinación turbia y algún agudo destemplado) pero, afortunadamente,  solo fue un espejismo, Kunde sigue aportando muchísimo al papel en su faceta coral, no tanto como actor (a lo que tampoco ayudaba el traje de … ¿samurái?), como con la brillantez de sus agudos y el carácter heroico que imprime a su voz, todo un espectáculo; a su lado, la gran triunfadora de la noche fue, sin lugar a dudas, Liudmyla Monastyrska, en su debut, por fin en el coliseo madrileño , con un papel de enjundia como este. Monastyrska es espectacular en el registro agudo además de tener un volumen descomunal, el vibrato se nota pero es atractivo en dicho registro y, desde luego, nadie puede negar que se la escuchó en todo momento, incluso en los concertantes con todo el coro y la orquesta al máximo volumen. Quizá se le pueda criticar la templanza del registro grave pero, sinceramente, su contundencia borra esa pequeña mancha. Ojalá pueda venir a cantar algún papel aún más adecuado para que la gente siga disfrutándola. Interesantísimas las prestaciones de Violeta Urmana en la encarnación de la despechada Amneris, aquí sí que hay un gran equilibrio entre lo actoral y lo vocal, su voz no es la de antaño pero resulta suficiente para caracterizar el papel y adaptarlo a sus circunstancias actuales y es una gran actriz, posiblemente la mejor de los que estaban en escena en dicho día, su registro agudo no tiene tanto volumen como la principal pero  está perfectamente afinado y empastaba a la perfección en todo momento. Buen trabajo de George Gagnidze para configurar un buen Amonasro, papel corto pero intenso, demostró una gran facilidad para transitar por el registro agudo y buena presencia en el registro medio.  Adecuado Ramfis por parte de Roberto Tagliavini e imponente rey de Soloman Howard. Estupendo Fabián Lara en su corta aparición como mensajero.

La noche se saldó con un cinco minutos de aplausos y con reconocimientos para el cuarteto protagonista, especialmente en el rol de Aída. Una buena noche, a pesar del intragable montaje.

Mariano Hortal