Akademie für Alte Musik de Berlín. Concierto. Santander

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La Akademie für Alte Musik de Berlín en el Festival Internacional de Santander

Quienes tuvimos la suerte de asistir ayer, 7 de agosto, al concierto de la Akademie fur Alte Musik de Berlín pudimos disfrutar de una de las mejores interpretaciones en lo que llevamos de Festival, arrancado este año el 4 de agosto. La de ayer fue posiblemente, junto con el aclamadísima representación de apertura del English Baroque Ensemble y el Coro Monteverdi –dirigidos por John Eliot Gardiner–, una de esas interpretaciones que se ganan un merecido espacio en la mente de quienes la escuchan.

La orquesta dedicó la velada a un acertado repertorio del Barroco italiano de Vivaldi, Caldara, Albinoni, Tessarini y Marcello. Tocaron de pie, y quizá por eso el arranque –con el Concierto para cuerdas y bajo continuo en Do Mayor, RV 114 de A. Vivaldi– fue brillante. El dinamismo de los músicos se hacía evidente ya que, aún sin director (ya se sabe que las orquestas barrocas no contaban con la figura del director propiamente dicha), los trece músicos estaban perfectamente coordinados. Mención especial merece el empaste de los violines, particularmente el de los dos concertinos directores –Georg Kallweit y Mayumi Hirasaki–. Su ensamblaje era total para unas piezas de una altísima exigencia. Había siete violines y sonaban como si hubiera uno. 

La siguiente pieza, el Concierto para oboe, orquesta de cuerdas y bajo continuo en Do Mayor RV 450 de A. Vivaldi, exigió ya la participación de Xenia Löffler, la oboísta que ha participado como solista en lugares como el Carnegie Hall de Nueva York, El Concertgebow de Amsterdam, o en el Teatro Colón de Buenos Aires. Löffler hizo al auditorio testigo de su maestría en el instrumento como solista de esta y de otras piezas que la agrupación ofreció a lo largo de la noche.

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En la segunda parte la orquesta arrancó aún mejor que en la primera: se notaba que los músicos estaban completamente “dentro” de su interpretación y hacían partícipes al auditorio al completo. Los músicos “danzaban” con la música, con sus instrumentos, fluctuando de delicadísimos fraseos a enérgicos golpes de arco, característicos del Barroco. 

Para terminar, una vibrante interpretación del tercer movimiento del Concierto para oboe, cuerdas y bajo continuo en Re Menor de Alessandro Marcello, que terminó de confirmar que nos encontrábamos ante una gran orquesta (no por tamaño), en la que sigue perdurando una excelente coordinación –y por qué no decirlo, un muy buen ambiente– entre los músicos. Y eso se nota.

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Y como colofón final, una breve pieza, un caramelo de despedida, que los dos concertinos –Kallweit y Hirasaki– quisieron hacer más especial situándose cada uno a un costado del auditorio, creando así un efecto estéreo natural, una práctica común en el Renacimiento y en el Barroco, perdida en siglos posteriores.

En definitiva, una interpretación memorable, que pone de manifiesto el excelente estado de salud en el que se encuentra la música antigua en nuestro continente. Una acertadísima apuesta la de este año del Festival Internacional de Santander. Bravo.

Eva Represa