El American String Quartet en Buenos Aires

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American String Quartet
American String Quartet. Foto: Enrico Fantoni

En una destemplada noche de invierno, con profesionalismo y corrección, el cuarteto estadounidense ofreció un concierto en el Teatro Coliseo.

El Teatro Coliseo nos recibió cálidamente, con el escenario teñido de rojo, a quienes nos acercamos en esa ventosa noche del mes de agosto a disfrutar del concierto programado por Nuova Harmonia.

El American String Quartet ingresó a la sala precedido de una importante trayectoria que comenzó en 1974 cuando sus integrantes eran aún estudiantes, y que continúa hoy con una dilatada carrera que los ha llevado a recorrer prácticamente todo el mundo. Se nota. Se aprecia ese conocimiento profundo de las obras y del repertorio que han elegido interpretar y, sobre todo, de la familiaridad musical entre ellos.

Comenzaron con Beethoven, interpretando el Cuarteto Op. 18 Nº6, en una versión técnicamente prolija e, insisto, en la absoluta seguridad de la respuesta de los cuatro integrantes para con lo que se ha pactado en el criterio de la obra. Un criterio que nos pareció cercano a una visión si no historicista, por lo menos “de época”. No se trató de encontrar aquí al Beethoven que articulará la transición entre el Clasicismo y el Romanticismo, sino del heredero de Haydn y Mozart. Un escaso uso del vibrato, especialmente en el primer violín, se destacó en la interpretación, lo cual hizo que, en la sala seca del Teatro Coliseo por momentos los matices no llegaran a apreciarse y el volumen quedara un poco por detrás de lo deseable. Fue una señal de algo que se iría profundizando en el resto de la velada: un intachable rigor técnico, un profesionalismo cabal pero poca comunicatividad, poca “sorpresa” para un recital en vivo, mucho control.

La siguiente obra, una pieza maestra compuesta por Dmitri Shostakovich en tres días en el año 1960, fue una exigente prueba tanto para los intérpretes como para el público. Es que el Cuarteto Nº8, Op. 110 compuesto sobre 4 notas que en la notación alemana representan las iniciales del autor (D=re; S= mi bemol; C= do; H=si), es de esas obras que realmente dejan sin aliento por la notable capacidad de Shostakovich de mostrarnos ese panorama helado, lúgubre, ese páramo personal que estaba viviendo tanto desde su relación con lo soviético, con la reciente guerra mundial como desde su salud. Y las citas musicales de varias de sus obras se pueden encontrar durante toda la pieza que transcurre en cinco movimientos encadenados. Cuenta el gran cellista Rostropovich que, mientras escuchaban un registro de la obra, Shostakovich le refirió “Por fin he escrito una obra que quisiera que tocaran durante mi entierro”.

Nuevamente encontramos al Cuarteto Americano tocando muy pulcramente y a conciencia la notable composición pero sin “contarnos” esta historia. Nos faltó sentir a Shostakovich y su drama; estaban las notas, faltaba la conmoción.

El concierto iba a cerrar, por lo menos desde lo programado, con el maravilloso Cuarteto en Fa Mayor de Maurice Ravel. Compuesto entre 1902 y 1903, nos muestra al gran músico francés desplegando su exquisita sensibilidad y su inefable oficio para el color sonoro. Cuatro movimientos que nos presentan muy diversas inspiraciones y motivos musicales, como así también mucha variedad de efectos para las cuerdas.

También aquí observamos el gran profesionalismo de nuestro Cuarteto de la noche. Un segundo movimiento “Assez vif- Très rythmé (Bastante vivo-Bien ritmado)” que fue uno de los puntos más logrados por el ensamble estadounidense, justamente por la entrega, por la soltura con que lo interpretaron.

El recital tendría una obra fuera de programa: la Cavatina del cuarteto Op 130 de Beethoven.

Nos alejamos en esa noche ventosa e invernal con la impresión de haber asistido a una función correcta, muy seria, con un repertorio maravilloso pero con la necesidad de más alma y menos preocupación por las notas.

María Laura Del Pozzo