Andrea Chénier devora al Liceu, con Jonas Kauffman, Sondra Radvanovsky y Carlos Álvarez

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Jonas Kaufmann (Andrea Chénier) y Sondra Radvanovsky (Maddalena). Liceu 2018 Foto ® A Bofill
Jonas Kaufmann (Andrea Chénier) y Sondra Radvanovsky (Maddalena). Liceu 2018 Foto ® A Bofill

Un Liceu revolucionado estalló en vítores ante esta obra verista de Umberto Giordano en la que, como afirma el antiguo mayordomo de los Coigny convertido en cabecilla del pueblo: “la Revolución devora a sus hijos. Esta desoladora ley de Saturno que se le revela finalmente a Gérard asimila los hijos de la Revolución a los del dios grecolatino. El poeta Chénier es uno de tantos otros devorados por la vorágine del Terror; su sentencia de muerte, de hecho, fue firmada por un Robespierre que perdería a su vez la cabeza tan solo tres días después, y quien rubrica la gran bandera tricolor que cierra los entreactos: Même Platon a banni les poètes de sa République.

El director de escena David McVicar, ha optado entre el primer y el tercer acto por cerrar el rectángulo de la boca escénica con una palmaria y sutil solución: una inmensa bandera tricolor, hermosa, ligera, rubricada con citas de revolucionarios como la anterior atribuida a Robespierre. El público la contempla hipnotizándose en sus asientos a lo largo del lentísimo entreacto, pero con una sutileza: en su veloz descenso y ascenso se aprecia que el borde inferior embebido en sangre está cortado en diagonal con una cierta inclinación: nada más y nada menos escalofriante que sentir uno mismo que la fascinación que despierta la nación es la hoja de una guillotina. Una hoja que abrirá y cerrará los salones de la condesa, una taberna abierta a la calle con el altar de Marat, el tribunal revolucionario, o las mazmorras de una prisión.

Telón de entreactos, Sondra Radvanovsky (Maddalena) y Carlos Álvarez (Carlo Gérard). Liceu 2018 Foto ® A Bofill

El esperadísimo debut de Jonas Kaufmann en el Liceu compartió los destellos de sus dos coprotagonistas, ovacionados hasta el extasío: una Sondra Radvanovsky en el rol de Maddalena de Coigny y Carlos Álvarez como el mejor Carlo Gérard imaginable.

Kaufmann se fue creciendo durante la obra, uno diría que a imitación de su personaje, que comienza desdeñoso de la compañía de los salones de la condesa de Coigny para lanzar un ovacionado “Improvisso” de amor por la Patria que se hará después más intenso al volverse amor hacia Maddalena. Radvanovsky sostuvo el pulso y desde la boca escénica fue capaz de dejar a un público boquiabierto y bravío en varias ocasiones: una “La mamma morta” para el recuerdo y un dúo final implacable. Carlos Álvarez no fue menos, volvió a demostrar que nadie interpreta al amargo Gérard como él, que nadie aporta tanta lucidez a un “Nemico de la patria” capaz de levantar la sala y prolongar la más larga ovación de la noche.

Por su parte, los secundarios,  la orquesta del maestro Pinchas Sterling, y el coro no fallaron en sus cometidos, en especial la aclamada Anna Tomowa-Sintow en el papel de la anciana Madelon, Fernando Radó como Roucher, Yulia Mennibaeva como la doncella Bersi ,la espléndida Comtessa de Sandra Ferrández,  y Francico Vas como el espía L’Incredibile.

En la ópera, bajo la gravedad de la ley de Saturno, Chénier y Maddalena están dispuestos sucumbir a la afilada hoja de la Patria en una desesperación del más puro Romanticismo, pero el verdadero Chénier, el que murió solo en compañía de una extraña, no quería morir: Je ne veux point mourir encore, decía el poema que escribió en prisión. Y no murió, en una noche de estreno grande, Andrea Chénier devoró al Liceu.

Félix de la Fuente