Anna Caterina Antonacci: la importancia del decir

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Anna Caterina Antonacci
Anna Caterina Antonacci

Tras su paso por el Teatro Real el pasado mes de abril para dar vida a la reina Isabel I de Inglaterra en la ópera Gloriana de Britten, la soprano Anna Caterina Antonacci ha regresado a la capital española para clausurar la temporada del Ciclo de Lied del CNDM. Este recital había sido aplazado en octubre del año pasado por enfermedad de la cantante y el clima que se respiraba en el Teatro de la Zarzuela era de una comprensible expectación. 

En compañía del pianista Donald Sulzen, la italiana convocó un programa infrecuente y diverso en estilos con canciones del siglo XIX y XX, entre las que las francesas de autores como Claude Debussy, Nadia Boulanger y Francis Poulenc tuvieron un protagonismo muy destacado, así como otras en la lengua vernácula de Antonacci debidas a Ottorino Respighi, y en inglés, como es el caso del propio Benjamin Britten y de nuestro Isaac Albéniz más anglosajón.

Durante todo el recital Antonacci hizo gala de su generoso centro a medio camino entre la voz de soprano lírico-spinto y la de mezzosoprano, pero por encima de todo, como gran artista de escena que es, demostró sus cualidades interpretativas para otorgar la expresividad requerida a los versos de las canciones, siempre dotándoles de variado sentido y carácter. En la primera parte, la cantante demostró su absoluto dominio de la prosodia francesa y su formidable dicción en diversas canciones escogidas de Debussy y Boulanger, de ambientes etéreos, temas amorosos y paisajes descriptivos, como el caso de las cuatro iniciales con textos de Paul Verlaine (Mandoline, C’est l’extase langoureuse, Il pleura dans mon coeur y Green), todas mélodies de juventud del posterior autor de Pelléas et Melisande. Igualmente hizo lucir el bello ciclo Deità silvane de Respighi, que discurre por los mismos derroteros paisajísticos. La lengua francesa volvería en la segunda parte, con el ingenioso y taquigráfico ciclo Le travail du peintre de Poulenc, evocaciones sonoras de siete pintores, entre ellos nuestros Pablo Picasso, Juan Gris y Joan Miró.

En su arte del buen decir, que hizo ocultar en parte ciertas reservas vocales, como agudos un tanto incisivos y no exentos de vibrato, la italiana siguió sembrando de continua matización su declamado y recitado del texto con el autor que le ha dado en Madrid su último gran éxito de crítica y público, Benjamin Britten, aquí con la colección de cinco canciones On the Island, que le sirvió para desplegar el amplio espectro de posibilidades expresivas que le permiten los poemas de Auden y los ondulantes pentagramas del músico de Lowestoft. 

En la lengua de Shakespeare también teníamos la última canción del programa, The gifts of the Gods, un delicioso ejemplo de la musicalización de Isaac Albéniz de un texto del banquero Francis Money-Coutts, suministrador de los libretos de las óperas del gerundense, como su trilogía artúrica y Pepita Jiménez. La aclamación de un teatro rendido al arte de la Antonacci fue recompensada con un cambio de estilo radical respecto a lo que había sido la tónica de este memorable recital: a una incursión monteverdiana siguió una versión preñada de sutilezas a media voz de la “Habanera” de Carmen de Bizet, a la que la soprano italiana dio su personal contribución. Su auténtico compañero de viaje Donald Sulzen se ajustó en todo momento al canto recitado de Antonacci a través de un atento, mesurado e imaginativo acompañamiento.

Germán García Tomás