Apabullante Pepita Jiménez de Albéniz en Oviedo

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Apabullante Pepita Jiménez de Albéniz en Oviedo
Escena Pepita Jiménez de Albéniz en Oviedo. Foto: fotoalfonso- Ayuntamiento de Oviedo

El estreno de la versión de Calixto Bieito de la Pepita Jiménez de Isaac Albéniz en Oviedo ha concluido el XXI Festival de Teatro Lírico de la ciudad. Una ópera plenamente española, aunque cantada en inglés que ha contado con un reparto de altísimo nivel encabezado por Nicolla Beller Carbone –triunfadora incontestable de la noche apoyada por Gustavo Peña, Marina Rodríguez Cusí, Federico Gallar, Fernando Latorre y Antonio Torres. Con dirección musical de Marzio Conti la velada en el Campoamor fue de las que quedan en el recuerdo, con unas interpretaciones que hicieron justicia a la excelente partitura y una visión teatral que se convierte en toda una experiencia para el público.

Era temida la reacción del conservador público ovetense a esta Pepita Jiménez, en la polémica y galardonada visión de Calixto Bieito (Premio Lírico Teatro Campoamor 2013 a la mejor Producción de Ópera y a la mejor Dirección Escénica), sin embargo la opinión general fue de aceptación ante una visión más que arriesgada. Bieito juega con una serie de armarios que esconden las miserias, miedos y represiones de la sociedad española, trasladando la acción a una época franquista que pretende ser atemporal, y que propone tergiversar el libreto de Francis Money-Coutts (algo endeble, todo hay que decirlo). El problema de esta versión, más allá de que se acepte o no el siempre provocador juego de Bieito, es que la cantidad de planos en los que se mueve, con varias acciones al mismo tiempo, y plagado de metáforas, algunas más sencillas y otras más crípticas, no permite una comprensión total con sólo un visionado. Aún así, tras los casi cien minutos que dura la función sin descanso, el espectador sale absolutamente apabullado, aplastado por un ciclón visual que se apoya en una maravillosa música de Albéniz que hace gala de un fuerte nacionalismo español a pesar de representarse en inglés, un idioma que, por cierto, no siempre maneja convenientemente el compositor a la hora de construir las frases musicales sobre él.

Siempre se habla de Pepita Jiménez en términos de ópera verista, pero el contar con una voz como Nicolla Beller Carbone en el rol principal implica un enriquecimiento del papel, llevando el verismo a unos niveles incluso más avanzados a la propia cronología de la ópera (finales del siglo XIX). La soprano germano-española aporta una intensidad dramática que emparenta a la protagonista con grandes roles del postromanticismo –e incluso del expresionismo– alemán, por el gran cuerpo que posee su emisión, lo poderoso de su presencia y el gran trabajo actoral que desarrolla sobre el escenario.

Escena Pepita Jiménez de Albéniz en Oviedo. Foto: fotoalfonso- Ayuntamiento de Oviedo
Escena Pepita Jiménez de Albéniz en Oviedo. Foto: fotoalfonso- Ayuntamiento de Oviedo

El director de la Oviedo Filarmonía, Marzio Conti, sabe aprovechar las virtudes de la protagonista, y adapta su lectura hacia una visión mucho más directa de lo que cabría esperar, sin perder un ápice de la intensidad que caracteriza a esta espectacular música, densa y amplia, de la que sabe extraer una gran cantidad de colores orquestales, haciendo relucir a cada instrumento solista de una Oviedo Filarmonía que cerró su participación en el Festival Lírico de Oviedo con matrícula de honor. Al igual que ocurría con la escena de Bieito, la cantidad de estímulos sonoros que se reciben hacen necesarias varias escuchas para poder apreciar con claridad cada detalle.

Junto a Beller Carbone, Gustavo Peña como Don Luis aguanta las acometidas del ciclón que es su partenaire con una gran presencia vocal, que en este caso sí se asienta más en una línea italianizante, deudora de Verdi y Puccini (roles que él tiene más que asumidos en su repertorio), en un papel a menudo incómodo por encontrarse continuamente circundando el paso, que resulta traicionero a la hora de dar el salto al agudo, porque la voz nunca está asentada, y que sin embargo en el caso de Peña este hándicap de la partitura no se dejó notar.

La Antoñona de Marina Rodríguez Cusí no permite grandes alardes vocales, siempre en un nivel mucho más oscuro, y sin embargo fundamental a la hora de crear unidad musical. Rodríguez Cusí lo sabe y lo aborda desde una perspectiva madura, apoyada en un registro central amplio y asentado, de gran volumen y cuerpo, que otorga un gran empaque a sus intervenciones.

Federico Gallar en su papel de Don Pedro de Vargas consiguió crear un turbio e incómodo personaje en lo escénico, mostrando una implicación sin tapujos en un papel muy comprometido en la puesta en escena de Bieito. A l igual que los barítonos Fernando Latorre y Antonio Torres, que en sus papeles de Vicario y de Conde de Genazahar demostraron una gran solvencia vocal y escénica.

Los coros tuvieron un papel menor en este caso, aunque solventado con creces tanto por la Capilla Polifónica Ciudad de Oviedo (dirigida por Rubén Díez) como por el Coro infantil y juvenil de la Escuela de Música Divertimento, que bajo la batuta de Iván Román hizo gala de una perfecta afinación (comprometida, ya que cataban a capella) y de una envidiable dicción en inglés. Se prodiga poco esta formación joven en los festivales de ópera y zarzuela ovetenses, pero cada vez que aparecen son una garantía.

Una gran ovación despidió una noche en cierta manera reivindicativa en Oviedo. En una época de cambios políticos en la ciudad, donde la zarzuela todavía es considerada un entretenimiento ‘de derechas’ y para la alta sociedad más ‘casposa’, una producción así, con sus detractores y sus admiradores, demuestra que el teatro lírico español está más vivo que nunca, que la cultura tiene muchas formas de expresarse si se libera de complejos, y que el patrimonio nacional del que se hace gala en Oviedo –no olvidemos que este es el segundo festival de teatro lírico español más importante del mundo tras el del Teatro de la Zarzuela de Madrid– no puede perderse en absurdas reivindicaciones ideológicas. Ojalá los augurios que sitúan a este festival en medio de tormentas políticas que tienen más de demagogia que de sentido económico no se confirmen, y la cultura comience a considerarse un activo económico para la ciudad en vez de un lastre.

Alejandro G. Villalibre