Arabella en Munich con Anja Harteros: la Arabella de hoy y…de siempre

150

 

Arabella en Munich con Anja Harteros: la Arabella de hoy y...de siempre
Escena. Foto: Wilfried Hösl

Uno de los grandes atractivos del Festival de este año era precisamente esta Arabella, ya que contaba con la presencia en el escenario de Anja Harteros y en el foso de Philippe Jordan, a lo que habría que añadir el hecho de tratarse de una nueva producción. El resultado ha respondido plenamente a las expectativas en lo que se refiere a la protagonista, pero la dirección musical ha tenido que lidiar con el muy vivo recuerdo que tengo de la Arabella en Dresde el pasado mes de Noviembre, donde Christian Thielemann estuvo inmenso.

Como digo, se ha ofrecido una nueva producción, que lleva la firma de Andrens Dresen, que ha ofrecido cosas interesantes y provocaciones gratuitas y sin sentido. La acción se trae a tiempos más modernos que los señalados por el libreto. Estamos seguramente en los años 30. La escenografía de Mathias Fischer-Dieskau ofrece un escenario giratorio dominado por una inmensa escalera blanca, que está presente a lo largo de toda la ópera. Esta gran escalera permite sacar un gran partido al escenario, ya que la acción se desarrolla en el acto I debajo de la misma (habitación de hotel de los Waldner) y en el resto de la ópera tanto en la gran escalera, con todo el gran espacio que permite, como debajo de la misma. La verdad es que me ha parecido una escenografía atractiva y que ofrece muchísimas posibilidades escénicas, aparte de que una gran escalera es consustancial con esta ópera. El vestuario de Sabine Greunig es muy atractivo en el caso de Arabella y juega con colores negros en los invitados al baile del segundo acto y con el rojo en el caso de las invitadas, en un contraste muy bien conseguido con el blanco de la escalera. Buena también la iluminación de Michael Bauer.

En cuanto a la dirección escénica, no va más allá de narrar la historia, ni creo que se le haya ocurrido hacer que la protagonista cambie su magnífica interpretación, como ya se pudo comprobar en Dresde en otra producción. Hay algunos toques interesantes, como el hecho de que Arabella lanza el famoso vaso de agua fresca al rostro de Mandryka para regocijo de ambos. El aspecto más rechazable de la producción es el de convertir el baile de Fiakermilli en una orgía, en la que los figurantes se lanzan a desmanes sexuales, incitados por la propia Fiakermilli e incluyendo también a la Condesa Adelaide, mientras su marido juega a las cartas. Sinceramente, creo que no aporta otra cosa que pura provocación.

Me resulta muy difícil referirme con un mínimo de objetividad a la dirección de Philippe Jordan, ya que, como digo más arriba, tengo muy fresca en la memoria la dirección Christian Thielemann en Dresde hace unos meses. Me ha parecido una dirección muy cuidada y sensible, pero por debajo de la referida de Dresde y en mi valoración también por debajo de la que nos ofreció Jordan en Tristán. Esto no es infravalorar su dirección, que tiene mucho que alabar. Sus tiempos han sido excesivamente acelerados para mi gusto. Nuevamente, ha sido muy buena la prestación de la Bayerisches Staatsorchester en el foso, aunque no haya llegado a impactarme tanto como la Staatskapelle Dresden en la ocasión referida. Philippe Jordan es un magnífico director, aunque creo que, siguiendo por el camino actual, va a quitar a Plácido Domigo el calificativo de Supermán. Lo digo porque dirigió el día 11 Arabella en Munich, el día 12 Tristán también en Munich, el día 13 La Novena de Beethovben en París y, finalmente, ayer una nueva Arabella en Munich.

Como en Dresde, Arabella fue Anja Harteros y el resultado ha sido como el de entonces: simplemente ejemplar. Estamos ante la más grande soprano actual en su repertorio. No admite comparación con cualquiera otra y las comparaciones no tienen sentido sino con las más grandes del pasado. No se puede cantar e interpretar Arabella mejor de lo que hizo Anja Harteros. Es una Arabella única e irrepetible.

Anja Harteros y Hanna-Elisabeth Müller. Foto:
Anja Harteros y Hanna-Elisabeth Müller. Foto: Wilfried Hösl

El barítono Thomas J. Mayer dio vida a Mandryka y su actuación quedó unos cuantos peldaños por debajo de su compañera de reparto. Las comparaciones pueden ser odiosas, pero ayudan a centrar algunas cosas. En Dresde Thomas Hampson nos ofreció un Mandryka excepcional, de una elegancia y un porte insuperables, aunque su estado vocal no sea el de antes. A su lado la actuación de Thomas J. Mayer queda totalmente en la sombra. Su voz tenía problemas para salir del escenario en el primer acto, mejorando en la continuación, pero nunca para poder ponerse a la altura de Arabella.

Como en Dresde, repetía la parte de Zdenka la soprano Hanna Elisabeth Müller. Difícil encontrar una intérprete tan adecuada para el personaje. La he encontrado incluso mejor que en Dresde. Esta joven soprano alemana tiene un envidiable porvenir.

El tenor canadiense Joseph Kaiser estuvo bien en la parte de Matteo. Escénicamente, estuvo muy convincente y vocalmente las cosas funcionan bien en el centro y más apretadas por arriba.

El veterano (67) Kurt Rydl mantiene una voz sonora en el centro, con claros signos de fatiga, pero se mueve en escena como pez en el agua. Otro tanto puede decirse de la también veterana (67) Doris Soffel, una muy adecuada intérprete de Adelaide.

Fiakermilli fue interpretada por la soprano noruega Eir Inderhaug, desenvuelta en escena y con una voz reducida y fácil en la estratosfera.

Los tres pretendientes de Arabella lo hicieron bien. Eran Dean Power (Conde Elemer), Andrea Borghini (Conde Dominik) y Steven Humes (Conde Lamoral). Finalmente, la Echadora de Cartas fue la incombustible Heike Grötzinger, con signos de fatiga vocal.

Nuevamente el Nationaltheater ofrecía un lleno absoluto. El público se mostró muy cálido con los artistas, especialmente con Anja Harteros, merecida triunfadora de la noche. Grandes ovaciones también para HannaElisabeth Müller y para Philippe Jordan.

La representación comenzó con los consabidos 5 minutos de retraso y tuvo una duración de 3 horas y 7 minutos, incluyendo un entreacto. Duración musical de 2 horas y 29 minutos, es decir nada menos que 21 minutos más rápida que la de Thielemann en Dresde. Diez minutos de aplausos.

El precio de la localidad más cara era de 163 euros, habiendo butacas de platea por 91 euros. La entrada más barata con visibilidad plena costaba 39 euros. Las había también con visibilidad reducida por 11 euros.

José M. Irurzun