Au Monde. Boesmans. Bruselas

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El Diablo habla euskera.

Au Monde, la nueva obra del compositor belga Philippe Boesmans celebra su estreno absoluto estos días en el Teatro Real de La Monnaie de Bruselas. Se trata de una interesante ópera en un acto y 20 escenas a partir de la obra homónima del dramaturgo francés Joël Pommerat, que ha sido su libretista.

La obra transcurre en la actualidad, en el interior de una casa familiar de clase alta. Todo parece normal, hasta que la llegada de uno de los hijos tras años lejos y una extraña extranjera enciende la mecha de un polvorín de angustiosa tensión psicológica. En efecto, toda esa apariencia falsa de familia estable se va deshaciendo poco a poco, como un árbol que llegado el otoño pierde sus hojas, y al final se muestra en su patética y triste desnudez.

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Au Monde, escrita en un francés literario y literal (las pocas concesiones a lo poético estás cargadas de acidez), es una ópera desigual en lo musical. La Orquesta Sinfónica de La Monnaie interpreta una partitura cuidadosa y musical, que utiliza un atonalismo inteligente y de gran sensibilidad. La ópera contiene un flujo musical que varía con cada escena, pero que mantiene como hilo conductor el descreimiento y el pesimismo crónicos. Es de agradecer que Boesmans no se deje llevar por un uso impertinente de la percusión, y que su propuesta orquestal plantee un horizonte sereno y rico en matices. En su debe podemos incluir un tratamiento demasiado plano de las voces, sobre todo en las primeras tres escenas, hasta la llegada de la extranjera. El minimalismo en lo vocal ayuda a reparar en el discurso sinfónico, pero deja pasar la oportunidad de matizar con la voz muchos de los temas que trata la obra.

En efecto, Au Monde se plantea como un atlas psicológico del mundo, entre el surrealismo y el hiperrealismo, donde el hombre, como el árbol desnudo tras el otoño, queda con toda su miseria al aire (deshumanizado por sus complejos y frustraciones, sus sufrimientos, la presión de una sociedad ciega e injusta, el empobrecimiento cultural y espiritual) que al final acepta como verdadera una identidad impuesta desde fuera, que lo anula y envilece. Como ven, una visión poco halagüeña del ser humano de hoy; que, sin embargo, se presenta con acierto y consideración a la inteligencia del espectador. Probablemente la ópera peque de ambiciosa y quiera abarcar más contenido del que el género permite (no es casualidad que varias de las óperas más queridas por el público tengan argumentos sencillos y directos, cuando no banales). Tal vez el asunto de Au Monde dé para un serial, pues parece que a los autores ideas no les faltan.

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Mención aparte merecen (y no vean en esto asociación alguna) dos personajes: Gerard Mortier y el Diablo (que se presenta como la forma de la extranjera). El primero estuvo presente en cierta manera en la obra, pues el Teatro y sus autores han decidido acertadamente dedicarla a su memoria. Au Monde parece estar inspirada por el desaparecido exdirector artístico del Teatro Real, pues tiene todos los rasgos de su visión de la dramaturgia operística. Buen tributo, pues. El segundo personaje es una figura diabólica, que desencadena esa carrera gradual hacia la desesperación. Interpretado por la actriz española Ruth Olaizaola (auténtica musa de Pommerat), protagoniza dos escenas paralelas en las que aparece sola en el escenario interpretando My Way de Paul Anka con una voz distorsionada electrónicamente. Además, hacia el final de la obra tiene un pequeño monólogo en euskera. Pocos fueron los espectadores de entre el público belga que entendieron una palabra, o que acaso identificaron de qué lengua se trataba. Fue un acierto incluir como recurso dramático esta lengua ancestral tan plástica y misteriosa que, como el mal, hunde sus raíces en el origen del ser humano y que en Au Monde quiere ser a la vez cercana y desconocida.

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Entre los cantantes tuvo más relevancia Patricia Petibon (la segunda hija), a cuyo personaje la obra reserva los pasajes más desafiantes tanto en lo dramático con en lo vocal. Podría decirse que es un papel difícil de cantar e imposible de interpretar. Dentro de las voces masculinas le da la réplica Yann Beuron (el marido de la hija mayor), que supo actuar y cantar con inteligencia, y consiguió que su personaje fuera el más matizado. El resto de los cantantes hicieron apreciables esfuerzos por encontrar su puesto dentro de la exasperante homogeneidad de la línea de canto y la simplicidad de la escena.  La puesta escénica, oscura y mínima, firmada también por Pommerat, adoleció una falta total de imaginación, aunque no estropeó del todo el resultado final. Por su parte, el belga Patrick Davin, profundo conocedor de la obra de Boesmans, dirigió con mimo y se ganó la merecida ovación de su público.

Au Monde es, por tanto, una ópera pesimista, compleja y ambiciosa, que requiere la implicación personal del espectador y hace reflexionar mediante un lenguaje musical delicado y sugerente, y un planteamiento minimalista en lo dramático y en lo vocal. Cuando los espectadores salen de la sala tienen ganas de debatir frente a una cerveza, de confrontar impresiones, de entusiasmarse con lo que han descubierto, o de negar la mayor. En efecto, tanto allí arriba como ahí abajo, Mortier y el Diablo aplauden, respectivamente.

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Au Monde, creación original de Philippe Boesmans por encargo de La Monnaie. Libreto y puesta en escena de Joël Pommerat basados en su obra homónima. Teatro Real de La Monnaie, Orquesta Sinfónica titular dirigida por Patrick Davin. El reparto fue el siguiente:

Frode Olsen (el padre), Werner Van Mechelen (el hijo mayor), Stéphane Degout (Ory), Charlotte Hellekant (la hija mayor), Patricia Petibon (la segunda hija), Fflur Wyn (la hija pequeña), Yann Beuron (El marido de la hija mayor), Ruth Olaizola (la mujer extranjera)

@CarlosJavierLS

Carlos Javier López Sánchez