Aura de Lavista inunda de surrealismo mágico el Teatro de la Ciudad 30 años después de su estreno.

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Aura de Lavista
Aura de Lavista

Tuvieron que transcurrir seis lustros para que la música atmosférica, burbuja amorosa de sabor intemporal, obra primordial del repertorio operático mexicano, regresará a hipnotizar, a meter en una catarsis onírica total, al público selecto que se sumergió en esa historia fantástica donde el amor sigue después de la muerte. Basada en la novela “AURA” del emisario mexicano del Boom latinoamericano, del portentoso siglo pasado, el XX, Carlos Fuentes, a la que Mario Lavista dio vida musical. Esta ópera estrenada en el Palacio de Bellas Artes el 13 de abril de 1989, permaneció en hibernación artificial, ante la inanición e indiferencia de los dueños de las decisiones culturales, y ahora renace insuflada de aire nuevo en una visión que nos la devuelve plena de salud artística. “Mi tiempo llegará” podría repetir con irónica sonrisa complacida. Y llegó. Al Teatro de la Ciudad Esperanza Iris donde se representó los días 22 y 23 de septiembre de este 2018.

Quien escribe esta crónica estuvo involucrado en la producción del estreno ya añejo de esta ópera fascinante y salió enamorado de la experiencia. Una sensación de que él mismo había vivido experiencias muy parecidas en una vieja casona familiar amurallada de parientes decimonónicos maravillosos. En una casa semejante vivía una pareja singular que le recordaba ese niño que fue y que entonces tomaba vida en el escenario del Palacio de Bellas Artes antes de su transformación. Ahora al paso del tiempo inexorable, transformada con los avatares del tiempo totalmente la vieja ciudad de México, regresa a la misma calle de Donceles donde sucede la historia de AURA, aura y emanación creada por la magia del amor y la brujería, por esa vieja centenaria llamada Consuelo Llorente. “Se trata de los papeles de mi difunto marido” dice la anciana decrépita, dotada de un nuevo brillo en los ojos, ante la llegada del escritor Felipe Montero que viene a solicitar el trabajo ofrecido en el anuncio del periódico. Traducir del francés. “Se busca escritor, conocedor de la lengua francesa.”

Sobre el escenario de este Teatro , que ahora esta festejando su Centenario, el compositor de 75, Mario Lavista, referente indiscutible de la música renovadora, nueva en los años 6os del siglo XX, nos honra recibiendo un homenaje, al terminar la segunda función de dos, que fue presentada con imaginación creativa por un gran equipo que verdaderamente revivió una obra que volvió a revelarnos los secretos eternos del arte teatral y musical. ESCENIA ENSAMBLE A.C. colectivo de artistas multidisciplinarios, se avocó a sacar del baúl de los recuerdos una ópera que merecía esa resurrección no por tardía menos necesaria. Comandados por Ragnar Conde, un director de escena enamorado de la ópera como Felipe de Aura, reunió a un equipo soberbio de trabajo donde destacan Pamela Garduño en la producción y operación, Oscar Altamirano, escenografía y utilería, Carlos Arce, iluminación, Rafael Blasquez Ortiz, diseño de proyecciones en multimedia, Valeria Palomino en la sonorización, entre otros.

La parte musical tocó a la Orquesta Filarmónica Mexiquense bajo la dirección concertadora de su titular la maestra Gabriela Díaz Alatriste, quien estudió con gran respeto y minuciosidad la difícil partitura de Lavista sacando de ella con gran claridad una música concebida con rigor y sabiduría con un lenguaje y un estilo personalísimo que al que había llegado entonces el compositor vanguardista. Creada con una estructura coherente y cerrada la música parte de un tema básico, el de la casa, que se va transformando en otros temas que nos remiten a los personajes, el tema de Consuelo, el de Aura, el del general Llorente, el de Felipe Montero. Todos estos temas musicales sufrirán mutaciones y transformaciones, contradicciones, combinaciones armónicas, juegos de espejos, a lo largo del transcurso de la historia de estos seres que trascienden la pasión amorosa fuera del tiempo y el espacio real formando una burbuja sonora que lo envuelve todo. Es en la orquesta donde surge la esencia de los personajes.

Aura de Lavista

Cuatro son los seres extraños que debemos conocer: Consuelo Llorente, una mujer anciana, centenaria, habitante de esa casa misteriosa, quien busca a ese joven que trabaje en las memorias de su “difunto marido”. La actriz-cantante que le da vida y voz es la mezzosoprano Carla López-Speziale, en una de sus actuaciones más trascendentes. Es esta mujer aparentemente frágil y vulnerable la que lleva dentro de su ser toda la energía y potencia para crear a su alter ego, su supuesta sobrina. La soprano Alejandra Freund Sandoval es este pariente apócrifo, Aura, una joven de gran belleza que acompaña su “tía” y vive con ella en esa casa encantada. Felipe Montero es el escritor que llega a esa zona surreal buscando trabajo. El tenor Alonso Sicairos-León es quien lo representa. Y el cuarto personaje es el criado hipotético que deambula por la mansión pero que en realidad es el difunto Llorente, finado esposo de Consuelo. Carlos López, barítono, interpreta a este extraño ser aparecido. Todos estos cantantes realizan un trabajo excepcional digno de elogio. Hacen creíbles a estos seres increíbles. Gran elenco.

La historia de amor del General y su mujer Consuelo se remonta a cuando ambos se casan teniendo ella entonces quince años durante el Imperio de Maximiliano, segundo Emperador de México. Ahí nació ese amor sin hijos que nunca debe terminar. “Amor después de la muerte.” Polvo serán, más polvo enamorado. Aura y Felipe se enamoran. Pero no son sino los mismos Consuelo y Llorente que se han transformado en ellos, Aura y Montero, para prolongar su amor eternamente. Una puesta en escena inspirada en la estética de la pintora española surrealista transterrada a México, Remedios Varo, sirve de marco a esta Ópera que regresó para buscar nuevos y siempre viejos enamorados. Sutiles complicaciones de una obra que pensamos es ya un clásico de nuestro arte lírico. Digna de verse, volverse a ver, verse nuevamente y persistir. Como el amor.

Manuel Yrízar