Balanchine, Robbins y van Manen, en formato (demasiado) escueto, con el Ballet de la Ópera de París en el Teatro Real

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Amandine Albison y Hugo Marchand, en Afternoon of a Faun, de Robbins y Debussy
Amandine Albison y Hugo Marchand, en Afternoon of a Faun, de Robbins y Debussy

La compañía francesa ha presentado Afternoon of a Faun, Sonatine, A suite of Dances, Trois Gnossiennes y Rubíes, coreografías importantes, pero que han conformado más una gala que un programa al uso

Cristina Marinero

No tiene nada que ver que se baile una coreografía con música del eminente Johann Sebastian Bach, para saber que a lo mejor esa pieza no es la más apropiada para el (enorme) escenario al que se viene a actuar.

Sobre todo, cuando en esa enormidad vemos sólo a un bailarín y escuchamos a un violonchelista, y ese bailarín, aunque bueno, no tiene la chispa de un Baryshnikov, para quien fue hecho a medida el solo A Suite of Dances y que seguro “llenaría” con su poderío el espacio que aquí se quedó vacío. ¿Será que se programa danza por la composición y su músico, en vez de por cómo es la coreografía y, en otros casos, por quien firma la versión coreográfica? Esperemos que no…

Sobre todo, cuando aquí no vemos obras de grandes nombres del ballet como George Balanchine, Jerome Robbins y Hans van Manen, o son muy pocas las oportunidades de admirar las  de estos y otros coreógrafos históricos y necesarios.

El programa presentado en el Teatro Real por el Ballet de la Ópera de París debería haberse calificado como “gala”. No ha venido la gran compañía que cumple 350 años (8 más desde que fue fundada por Luis XIV la Académié Royale de la Danse). Han venido algunas de sus estrellas y unos poquitos más de sus bailarines, por lo que todo quedaba un poco desangelado y se sentía cierta perplejidad entre el público, con patrocinador de lujo.

El programa está compuesto por tres pasos a dosSonatine (1975, Ravel), de Balanchine, Afternoon of a Faun (1953, Debussy), de Robbins, y Trois Gnossiennes (1982, Satie), de van Manen-;  un soloA Suite of Dances (1994, Bach), de Robbins- y la segunda parte del ballet Jewels (1967), de Balanchine, la correspondiente a su homenaje a Nueva York, titulada Rubíes y sobre el Capriccio para piano y orquesta de Stravinsky, con doce bailarines y tres solistas. Ante esta “soledad”, igual se quedan perplejos al saber que en plantilla de la compañía francesa hay 16 étoiles, 14 primeros bailarines, 42 Sujets, 33 coryphées y 51 quadrilles. En total, 156 bailarines…

Dorothée Gilbert and Paul Marque en Rubíes, de Balanchine y Stravinsky

Cuando se ha anunciado que venía el Ballet de la Ópera Nacional de París, muchos pensarían que era como el Royal Ballet con El lago de los cisnes, pero no: son obras de uno o dos bailarines, piezas concebidas en su origen sin decorado (a excepción de Afternoon of a Faun), sin apenas vestuario, porque Balanchine y Robbins estilizaron también por ahí, y tres de ellas tocadas por un instrumento. Lo curioso es que haya venido desde Francia el director de orquesta Maxime Pascal, para interpretar con la orquesta 34 minutos de la hora y media de programa (aparte los dos descansos), esto es, Afternoon of a Faun, de Debussy, pieza de 12 minutos, en el inicio del programa, y Rubíes, de 22 minutos al final.

Igual el presupuesto se podría haber destinado a traer, por ejemplo, Serenade (1934), obra maestra de Balanchine y con más despliegue de artistas. O en vez de a los maestros americanos, haber apostado por Giselle, que fue creado para esta compañía en 1841 y está en su adn. O, como el año pasado se cumplió el 25º aniversario del fallecimiento de Nureyev, que fue su director, alguno de sus ballets que produjo para ellos.

Por supuesto que cada una de las coreografías vistas son hermosas y valiosas, cuatro son parte de la historia del New York City Ballet, son de Balanchine y Robbins, y van Manen, claro, palabras mayores y muy bienvenidas porque es un lujo para esta ciudad ver cualquier título de ellos. La compañía parisina las baila desde hace tiempo, además, aunque hubo momentos en Rubíes que se notó algo de desconcentración.

Las estrellas y primeros bailarines del Ballet de la Ópera, como no puede ser de otra manera, son afinadísimos artistas –si no fuese así, no serían figuras-, encabezados por Dorothée Gilbert, Ludmilla Pagliero, Amandine Albisson , Hugo Marchand y Paul Marque.

Pero el Teatro Real es el único que puede acoger grandes ballets y es una pena que no se lleve una línea de programación con esas premisas. En el pasado se aprovechaba más la ventaja de sus dimensiones y sí venían los grandes títulos interpretados por cuarenta, sesenta u ochenta bailarines en su apuesta por el ballet. Ojalá vuelva a ser así.