Ballet de Núremberg: El sueño de una noche de verano o la pesadilla de perder en el bosque al hijo

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El sueño de una noche de verano. Foto: Jesús Vallinas
El sueño de una noche de verano. Foto: Jesús Vallinas

Con el diseño de vestuario del también español Jordi Roig marcando la diferencia entre el mundo de los sueños y el mundo real, Goyo Montero adapta a Shakespeare para continuar su senda por la coreografía dramática, dando a su movimiento cimentado en la técnica clásica nuevas dimensiones expresivas. Ha cumplido diez años al frente de la compañía bávara y ha renovado por otros cinco.

Cristina Marinero

Fue en el momento en que experimentó los miedos y angustias que, junto a la dicha, se sienten al ser padre por primera vez, cuando Goyo Montero encontró su punto de vista sobre El sueño de una noche de verano. Hacía varios años que le rondaba en la cabeza llevar a la danza la comedia de William Shakespeare, pero buscaba encontrar su propia voz sobre la historia. El nacimiento de su hijo y, también hemos comprendido, el fallecimiento de su padre, el coreógrafo y bailarín de Danza española llamado como él, en 2016, le han llevado a mirar la historia a través de otro prisma.

Para Montero, el drama en el que está inserto el sueño del título es el terrible momento de perder un hijo en el bosque y pasarse la vida tratando de encontrarlo. Ese niño perdido es Puck y su padre, Bottom, el actor. Puck se convierte así en todo un antecedente, pensamos, de Peter Pan, un niño perdido, como los que habitan en la isla del cuento, que nunca crece, y con habilidades mágicas.

El sueño de una noche de verano acaba de estrenarse en el Staatstheater Nürnberg por la compañía de danza oficial de la ciudad bávara, dirigida desde hace una década con éxito de crítica y público por Goyo Montero, quien se ha rodeado, además de Shakespeare, de obras de Mendelssohn Bartholdy, Schubert, Brahms y Schumann, con partitura original de su colaborador, el compositor Owen Belton. Los aplausos predominantes durante estos años se reproducen con entusiasmo en cada nueva función de A Midsummer’s Night Dream (el coreógrafo español ha mantenido el título de la obra en inglés), como presenciamos en la función a la que asistimos, tras su presentación absoluta, con la Filarmónica de Núremberg en el foso, dirigida por Lutz de Veer.

Goyo Montero ha encontrado en la histórica ciudad alemana de Alberto Durero su hogar creativo, donde su trabajo coreográfico es muy apreciado en ese clima cultural tan nutrido como es el que se vive en Alemania. Y sólo viniendo aquí, y experimentando esta obra con la atmósfera que se respira en la ciudad, se comprende por qué el estilo coreográfico teatral del español encaja perfectamente en su clima intelectual. Esta primavera, Montero ha sido renovado como director del Staatstheater Nürnberg Ballet hasta 2023, al que traduciremos en estas líneas como Ballet de Núremberg.

El fantástico edificio que alberga a la compañía fue construido entre 1903 y 1905 en estilo Art Nouveau por el arquitecto Heinrich Seeling, autor también de la Deutsche Oper Berlin edificada en 1911 en Charlottemburg, entonces la ciudad más rica de Prusia y desde 1920 adherida a Berlín como uno de sus barrios. Al igual que le sucedió a ésta, el edificio de la ópera de Núremberg fue bombardeado durante la II Guerra Mundial y reconstruido en los años posteriores a como hoy se encuentra. Si su exterior sigue pareciendo centenario, su interior está diseñado con esa coquetería de los años cincuenta que en algunos casos parece un revival amable del Art Decó.

Entre otros datos interesantes del Staatstheater Nürnberg, además, está el hecho de que, desde esta temporada, cuentan con Joanna Mallwitz como directora musical, una de las pocas mujeres en el mundo que ocupan ese puesto de responsabilidad frente a la orquesta estatal.

Ballet de la Ópera de Núremberg. El sueño de una noche de verano, de Goyo Montero
Ballet de la Ópera de Núremberg. El sueño de una noche de verano, de Goyo Montero

Trece escenas y un epílogo

Montero ha dividido “su” Sueño de una noche de verano en trece escenas y un epílogo, comenzando por la denominada Father and Son (que también da nombre a la escena número doce) y concluyendo con The Ceremony. Para el inicio, que no tiene que nada que ver con el principio dado por Shakespeare, se basa en Der Erlkönig  (“El rey de los elfos”), poema de Goethe hecho lieder por Schubert, música que expresa la angustia y desesperación del momento. Esos versos, describen la lucha del padre por la vida de su hijo, perseguido por un ser sobrenatural, que se relaciona con la muerte, con una iluminación que marca los claroscuros y excesivamente tenue en muchos momentos del resto de la coreografía.

En esa primera escena es todo un acierto su elección de un muñeco manejado por especialistas vestidos con monos negros para dar vida al niño perdido, el hijo de Bottom que podría ser Puck, según la tesis que plantea el creador. Quizás se basa en el doble sentido del término sueño en ese punto de vista. Porque, en alemán, y aunque el término trauma también existe para designar el mismo sentimiento que entendemos en español, una de las traducciones de sueño es Traum; de hecho el título de la obra en esta lengua es Ein Sommernachtstraum.

La compañía de danza del Staatstheater Nürnberg se muestra perfectamente homogénea en cada secuencia de conjunto en la que intervienen, ya sea como seres humanos, ya como encarnación de ese bosque donde la dicha y la pena pueden convivir a partes iguales. Y los solistas se erigen como personalidades distintivas, empezando por Oscar Alonso, como el desesperado Bottom, para seguir con Oberón, Hermia y Helena, interpretados por los también españoles Luis Tena, Nuria Fau y Esther Pérez (hay diez en la compañía, con Laura Armendáriz, Olga García, Nicolás Alcázar, Iván Delgado, Daniel Roces y David Valls); Rachelle Scott, en el papel de Titania, así como Dayne Florence y Joel Distefano, que encarnan a Lisandro y Demetrio. Tanto como intérpretes dramáticos, como afinados técnicos, siguen a Goyo Montero en su expresivo movimiento cimentado en la técnica clásica.

El protagonista, Alexander Akapohi está magnífico interpretando a Puck. De elevadas cualidades técnicas, el bailarín es también dúctil a las necesidades del coreógrafo para un personaje que aquí no sólo es el duende que puede hacer y deshacer en su mundo de magia, sino también el objeto de desvelos del padre que no encuentra a su hijo. Y por ello sale del escenario en la escena final a modo de epílogo, situándose de pie entre las primeras filas del patio de butacas, siendo observado por Botton. Comprendemos que su búsqueda será para siempre, como también eterna parece ser la condición de muchacho de Puck.

Montero ha perfeccionado su camino para narrar con el movimiento, planteando aquí distintos niveles de acción, como sucede en la obra de Shakespeare, pero de una manera literal: el escenario se divide en dos y la mitad más alejada asciende, forma pendiente o se ondula. Todo, acompañado por la eficiente y minimalista escenografía formada por cientos de cuerdas que suben y bajan, se encienden, parecen estar vivas. Y un vestuario creado por Jordi Roig destinado a diferenciar el mundo real del onírico. Marca el bosque con maillots de cuerpo entero en tonos naturales y, con trajes al estilo siglo XVI, pero desde una visión actual, y sencillos vestidos de tirantes, pantalones o blusones, dibuja a los principales personajes de la historia.