El Barbero de Sevilla en Palma de Mallorca: un magnífico disparate escénico que merece entrar en el circuito operístico

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El Barbero de Sevilla en Palma de Mallorca. Foto: Marga F. Villalonga
El Barbero de Sevilla en Palma de Mallorca. Foto: Marga F. Villalonga

En la década de los noventa, en el Teatro Principal se acostumbraba a incluir en la siguiente temporada la producción propia más exitosa de la anterior, lo que permitía programar un título más con un coste inferior y menos ensayos. Algunos artistas repetían, pero la reposición solía incorporar a otros nuevos. Esto suponía un aliciente para volver a ver en poco tiempo el mismo montaje. Así llegó Fiorenza Cossotto como Amneris (con su marido Ivo Vinco como Ramfis); Vicente Sardinero relevó a Matteo Manuguerra como Amonasro, del mismo modo que antes había relevado a Joan Pons en el papel de Scarpia; Manuguerra, el grandísimo barítono corso, regresó como Nabucco en la misma producción en la que un emergente Carlo Colombara sucedió al veterano Nicola Ghiuselev como Zacarías, y Ana María Sánchez debutó como Abigaille, cuando el año anterior había sido la “cover” del personaje; Milagros Poblador cantó su primera Reina de la Noche, y Josep Bros su primer Tamino, en “La flauta mágica” de Stefano Poda que, lo mismo que su “Don Giovanni”, que debutó Carlos Álvarez, también dieron a conocer en sus reposiciones a cantantes interesantes… Son solamente algunos ejemplos del juego que daba este sistema.

Con el cierre del Principal en el año 2001 para su reforma, que supuso siete años de exilio a otros escenarios de la ciudad, las reposiciones sistemáticas de un montaje propio se interrumpieron, y fue durante la dirección artística de José María Moreno, de 2012 a 2015, cuando se recuperaron, de modo que en las últimas temporadas se han repetido “Carmen”, “La Bohème”, “Turandot”, “Aida” y “Otello”, propiciando, entre otros hechos destacables, el espectacular debut de Bros como Rodolfo o que una inmejorable Tamara Wilson justificara por si sola volver a Egipto.

El Barbero de Sevilla, con dirección musical del propio Moreno y escénica de Eugenia Corbacho, inauguró la anterior temporada, la XXIX de la época contemporánea del Teatro Principal de Palma, consiguiendo el galardón de la asociación de los Amigos de la Ópera tanto al montaje como a la batuta, y se ha reprogramado en la de este año.

A la vista del resultado de la función del estreno de El Barbero de Sevilla en Palma de Mallorca, me pregunto qué se pretendía exactamente con esta reposición. Mi impresión global es que escénicamente todo funcionó tan bien como el año anterior, o casi mejor, con algunos “gags” nuevos muy de agradecer, pero musicalmente fue menos interesante. Y no por culpa del director musical, adelanto.

Esta vez el teatro no estaba abarrotado, quizás porque era miércoles, aunque ofrecía un aspecto más que bueno, y el público se lo pasó en grande, con aplausos para todos, especialmente para Rosina y Fígaro.

Es la cuarta vez que se programa este título en el Teatro Principal desde que en 1992 un jovencísimo Carlos Álvarez causara la admiración de todos con un Fígaro de antología. En las ocasiones anteriores las producciones fueron tradicionales.

La producción. El montaje sesentero, orwelliano y psicodélico que Eugenia Corbacho estrenó el año pasado supuso una agradable sorpresa para un público al que siempre se había tenido por conservador, pero que se rindió, y lo ha vuelto a hacer ahora, ante un trabajo realmente inteligente, que juega con numerosas referencias cinematográficas y hace que los asistentes disfruten, se rían y se sientan también inteligentes, algo que se agradece especialmente en una época en que muchos directores de escena, respaldados por los programadores que les dan cancha, se ríen de los espectadores y nos toman por tontos.

Las óperas bufas suelen resistir especialmente bien los cambios de época, sin que la trama se resienta, salvo que expresamente se pretenda lo contrario. A veces las actualizaciones sirven incluso para reforzar el elemento cómico, como sucede aquí, donde las cuestiones y conflictos entre los personajes de Beaumarchais, pertenecientes a clases sociales diferentes, ya no nos hace reír tanto per se. La obsesión del Doctor Bártolo por el control sobre Rosina, el ansia de libertad de la pupila, la chulería de Fígaro, la falta de principios de Don Basilio y lo sobrado que va el Conde de Almaviva, se mantienen perfectamente en esta versión, aunque los personajes se transformen en otros iconos muy reconocibles de la cultura pop.

En la producción resultan especialmente bien resueltos los dos finales de acto: el primero como una absoluta alucinación psicodélica bajo los efectos de sustancias psicotrópicas, y el segundo como una apoteosis a lo “Fiebre del sábado noche” impactante. Este año el Doctor Bártolo imitó a Raphael en lugar de a Julio Iglesias. Como yo no voy a ser capaz de explicarlo mejor que él, les enlazo el magnífico texto que otro doctor, mi buen amigo Víctor Navarro, escribió la temporada pasada sobre la puesta en escena y sus numerosas referencias pop, titulado “El Barbero de Sevilla: Elvis contra Bitelchús”. 

La idea de Eugenia Corbacho, con escenografía de Miguel Massip, vestuario de María Miró, luces de Lía Alves y creaciones audiovisuales de J.A. Fuentes y Francesc Jiménez, se plasma en un montaje de gran calidad que merece ser conocido y disfrutado en más teatros y por más públicos.

Los cuerpos estables. Bien la orquesta, a las órdenes del joven maestro madrileño Andrés Salado, y especialmente muy bien en la obertura y durante la tormenta del segundo acto. Quiero decir que, por lo menos en la función de estreno, cuando el director no debía estar pendiente de ayudar a los cantantes, ya fuera para no taparlos, ya fuera para que las agilidades, silabatos y coloraturas no se descontrolaran, todo sonaba delicioso y rossiniano. A lo peor en esta reposición faltaron algunos ensayos, puesto la mayor parte de solistas se estrenaban en la producción y había mucha coreografía que coordinar con el canto.

El Barbero de Sevilla en Palma de Mallorca. Foto: Marga F. Villalonga
El Barbero de Sevilla en Palma de Mallorca. Foto: Marga F. Villalonga

El coro de hombres, reducido a dieciocho (suficientes), se resintió de la falta de empaste de algún corista empeñado en adelantarse en todas las entradas y cantar más fuerte que los demás, estropeando el trabajo del grupo. Estas desafortunadas aportaciones individuales se disimulan cuando el coro está al completo, pero resultan muy molestas para el público cuando la formación es tan pequeña como en esta ocasión. Todos se divirtieron en el escenario y se marcaron un baile discotequero brillante en la escena final. Ánimo al coro, que se enfrenta a “Nabucco” en un mes, donde su aportación será capital.

Merece un reconocimiento especial el coreógrafo José Cabrera, que ha conseguido dos años consecutivos que los cantantes (todos) y el coro bailen más que bien en numerosos momentos de la función, incluso mientras cantan. Lo curioso es que las coreografías sesenteras y lolailas encajaban sin chirriar con la música de Rossini. Fantástico el cuerpo de baile profesional, con Cabrera al frente, en todas sus intervenciones. Bravo.

Mención para el clavecinista Miquel Carbonell y para el guitarrista Jovan Milosevky, que cumplieron perfectamente con su cometido y además hicieron reír al público, el primero con puntuales acordes de rock y el segundo con algunos toques flamencos durante la serenata del Conde.  

El reparto. Jorge Abarza (Fiorello) y Yolanda Riera (Berta) son cantantes de la casa, ella con una trayectoria profesional reconocida que justifica invitarla a estar presente en las temporadas del teatro de ópera de su ciudad. Repetía en la producción y estuvo muy simpática durante toda la función, especialmente cuando es tratada como una gran estrella durante su aria, que canta sobre un piano enorme que mueve el ballet. Marco Vinco, sobrino del antes citado Ivo Vinco, también repetía como Don Basilio, el profesor de música. Escénicamente resultó impactante, y vocalmente funcionó muy bien, aunque quizás fue menos espectacular que el año pasado, adaptándose a un conjunto globalmente menos brillante El joven bajo veronés y Carol García resultaron las mejores voces de la función. La mezzo barcelonesa, recientemente galardonada como promesa de la lírica española, apunta maneras y augura muchas satisfacciones al público operístico. Daniele Zanfardino (Conde de Almaviva) tiene un buen currículum como tenor rossiniano en importantes teatros de toda Europa, y la verdad es que canta con estilo y tiene la extensión vocal que piden Almaviva-Lindoro-Don Alfonso, pero su escaso volumen obligó a Andrés Salado a estar muy pendiente de no ahogarlo, y eso que la orquesta tampoco era muy grande. El animal escénico que es Manel Esteve, muy querido en Mallorca, ha ascendido del “Barberillo” Lamparilla de hace un par de temporadas al “Barbero” Fígaro de la presente, metiéndose al público en el bolsillo con su dominio del escenario y su gracia natural. En algunos momentos su concepción chulesca del personaje me recordó más a Maki Navaja que a Danny Zuco, pero también funciona así “il factotum della città”. Vocalmente cumplió, y con buen estilo. Miguel Sola, muy conocido en este teatro por innumerables papeles secundarios desde principios de los ’90, interpreta al coprotagonista Doctor Bártolo con una voz potente y un canto rossiniano discutible. Cuando se ha escuchado en el mismo escenario a un maestro del canto silabato como Carlos Chausson (que es Bártolo estos días en Bilbao), se entiende que este tipo de personajes bufos sean en sí mismos una especialidad reservada a unos pocos elegidos.

Todo lo expuesto lo pueden valorar ustedes mismos en el vídeo promocional del teatro. 

A modo de conclusión. Magnífico espectáculo escénico que compensa una parte musical no tan brillante, con una batuta que cuando pudo demostró su excelencia y unas voces muy equilibradas entre sí, pero en conjunto menos importantes que las del estreno de la producción en la temporada anterior. Aun así, nuevo éxito de público y otro ejemplo de rentabilización del escaso presupuesto con el que cuenta el programador de esta temporada, Pablo López, que también merece reconocimiento. Empiezan los ensayos de “Nabucco”, y con ellos la recta final de esta XXX Temporada de Ópera. De momento no se ha anunciado nada de la XXXI, y ya va siendo hora.

En la pausa de la función, como en un concierto de rock, me compré la camiseta oficial de este “Barbero”, muy chula, y con ella puesta firmo este escrito. Les agradezco la atención que me han prestado. Hasta la próxima, en junio.  

FCNiebla