Batuta precisa y piano inspirado en Valencia

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No había tenido nunca la oportunidad de audicionar en vivo al maestro Karel Mark Chichon, del que tenía referencias más por su matrimonio con la celebérrima y admirada Elina Garanĉa, que por sus propias condiciones, pero la verdad es que me dejó una grata impresión en su concierto con la Orquesta de Valencia en el Palau de les Arts del pasado jueves.

Se abrió el programa con un divertimento para un octeto de dúos de clarinetes, oboes, trompas y fagotes de Martin y Soler (tal vez una concesión al lugar y al paisanaje) en el que la batuta demostró claridad, aristocracia y cuidadoso refinamiento. Jovial en los dos temas del Allegro inicial, elegante y primoroso con un destacado protagonismo del oboe José Teruel relatando la sutil melodía a modo de romanza del Andante. cuidadoso el Allegretto con una base rítmica de las afinadísimas trompas y respuestas del fagot a modo de Scherzo. Vivo el metro del Allegretto final pero con galanía que reflejaba la intención del director británico por el matiz, la intención y la gentileza.

Se contó para el primer concierto de Lizst con la presencia de un pianista ya muy bien valorado por estos lares, Boris Gilburg, que ofreció una lectura noble, primorosa en sus contrastes y muy musical de un concierto que tiende a magnificarse siempre desde el heroico inicio del tutti. Tras esta entrada que es el leiv motiv de la obra, la orquesta moduló a suavidades idílicas con la complicidad arpegiada del piano, que dando muestras de poseer un mecanismo fácil, articuló con perlado fraseo la amplia frase en que se ve acompañado por la eficacia del clarinete Enrique Artiga. Muy bien contrastados los acentos que remataron el tiempo para pasar a un Quasi adagio en el que los cellos sentaron cátedra con el melódico y sugestivo tema inicial, dando paso a un teclado inspirado e idealista. En el Allegretto subsiguiente el valseado tuvo en las manos del pianista ruso postulado de arpa ligero y volante, y el final fue tan romántico como vehemente. La batuta dejó al solista establecer su criterio, manteniendo al dictado de su sensibilidad el pálpito de la orquesta, algo muy de agradecer en una obra con tantos temas y tantas  diversas pluralidades en el piano. Un Liszt tan sincero como esencialista e interesante que el público ovacionó y el solista agradeció los aplausos con los «Juegos de agua de la villa de Este», asimismo de Liszt, que fueron un prodigio de pictórico retrato de ambiente. Con todo uno sigue siendo devoto de un Liszt más entusiasmado y fogoso como los de Berman/Giulini y Richter/Kondrashin.

Resultó muy interesante el Postuldio, ICE de Zenitis, por el manejo tan esmerado de timbres inarmónicos, de recónditos y sensitivos efectos  con una orquesta de grandes proporciones en la que se pasaba de la ambientalidad con juegos percutivos de vibráfono y marimba a las intensidades de conjuntos fogosos. El maestro le sacó partido como uno pudo comprobar al cerrar los ojos dejando que la música se enseñorease en sus sensaciones de acentos ingrávidos, imaginativos y diversamente sensoriales, que finalmente llevaron a una intensa plenitud existencial, pero ajena a la materialidad corpórea. Un excelente trabajo con una partitura de timbres muy divergentes y arriesgados pero de ambientalidad muy seductora.

Cerró la audición la Suite de 1919 de El pájaro de fuego de Stravinsky. Cuya excelente y bien calibrada lectura, llena de sutilezas, y minuciosidades narrativas, cabría matizar. La faltó misterio a esa  enigmática introducción a 12/8 y los cromatismos catatónicos y a la salida del ave sobre todo en los cromatismos que deben presentar una atmósfera sobrenatural y encantada. El oboe ofreció sutileza y aliento ambiental a la ronda de las princesas, para derivar en un fascinante conjunto orquestal de transparencias en el que se traslucían las devociones por Tchaikovsky y Rimsky. Muy inspirada la lectura de clarinete, trompa y oboe, que dio paso a la danza infernal bien llevada de ritmo en sus cambiantes metros pero a la que le faltó paroxismo. Tras el implacable acorde conclusivo, el arpegio del arpa de la nana embelesó por la melancolía del solo de fagot respondido por un seducido oboe y el trinar de los arcos en pianísimo. El crescendo solemne del tutti en el final, se volvió diversamente rítmico con precisa claridad, llegando a un remate de happy end muy hollywoodiense.

Antonio Gascó