Benvenuto Cellini triunfa en el Liceu

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Benvenuto Cellini triunfa en el Liceu
Benvenuto Cellini triunfa en el Liceu

A veces los triunviratos funcionan mejor en el arte que en la política de ahí el éxito de esta producción donde el buen feeling entre el escultor Cellini, el compositor Berlioz y el actor-director Terry Gilliam para ofrecer un espectáculo redondo de diversión operística.

Tras unos días de dura negociación entre colectivos del teatro y dirección que hicieron sobrevolar una posible cancelación de esta producción las conversaciones se saldaron con un acuerdo que ha permitido poner esta obra en escena en los días programados. Aunque nunca la dicha es plena ya que ayer se anunciaba la cancelación de los dos conciertos que Riccardo Muti tenía previsto dirigir esta semana en el coliseo barcelonés.

Un carnaval romano pasado por la época victoriana es lo que nos ha ofrecido la imaginación desbordante del miembro de los Monty Phyton, Terry Gilliam, en esta relectura de la ópera francesa en dos actos Benvenuto Cellini estrenada sin éxito en París en 1838 y cuya premier en España se debieron a tres representaciones en el coliseo de las Ramblas en 1977.

El argumento de la obra, como no podía ser menos, son los enfrentamientos amorosos entre el artista Cellini y su colega Fieramosca, representando lo arriesgado y lo tradicional, el punto de locura y lo bienestante por conseguir el amor de Teresa, la hija del tesorero del Papa Clemente VII que es el que encarga la famosa escultura en la ópera.

El libreto de León de Wailly y Auguste Barbier caé en verdaderos anacronismos históricos ya que aunque sitúan la ópera en Roma en el Carnaval de 1532 y señala la escultura como un encargo del Papa Clemente VII, nada hay más lejos de la realidad. Es cierto que sirvió a dicho Papa, pero Perseo con la cabeza de Medusa fue un encargo de Cosimo I de Medici realizado en la ciudad de Florencia muchos años más tarde, entre 1545 y 1554, y que hoy día todavía se puede contemplar en la Piazza della Signoria florentina.

Disquisiciones históricas aparte la ópera de Berlioz que se nos mostró en el Liceu es un entertaiment perfecto, y así lo ha querido su director de escena al realizar una lócura de un loco artista vividor al extremo y para ello se ha servido de un envoltorio fantasioso y fantástico de gente en escena, con acróbatas, saltimbanquis, un diabólico maestro de ceremonias que dan un toque circense desde la obertura al final provocando que la gente salga satisfecha y con una sonrisa en su cara tras ver una ópera desconocida y con sus deficiencias como ya se reconoció desde su estreno.

Aquí no se trata de grandes tecnologías ni de gratuitas transgresiones sino de acentuar, de poner humor, de hacer gags a la misma ironía y grandilocuencia ya señalada por Berlioz en la partitura y de crear espacios y ambientes colosales y a la vez momentos de gran lirismo conseguidos por unas luces fantásticas de Paule Constable, a pesar del casi estado de semioscuridad constante de teatro inglés de barrio.

Benvenuto Cellini triunfa en el Liceu
Benvenuto Cellini triunfa en el Liceu

Un vestuario fantasioso de Katrina Lindsay que caracteriza perfectamente a cada personaje incluso de figuración y que convierte ese totum revolutum en algo orgánico, vivo, y exultante.

Vocalmente hubo disparidad de calidades entre los solistas, muchos de ellos debutantes en el Liceu. El tenor John Osborn desarrolló un Cellini apasionado y gamberro con facilidad y potencia en los agudos pero con algunos problemas que hizo peligrar una actuación brillante y que pecó más de exceso que de cuidado en la línea de canto aunque su aria del comienzo de segundo acto “Une hore encore” fue mucho más cuidada en fraseo y legato que el resto de la obra. La Teresa de la soprano Kathrin Lewew fue espléndida y fresca, pizpireta e inocente en el primer acto, se fue imponiendo con un cierto dramatismo en el segundo, de destacar su aria de presentación del primer acto “Entre l’amour et le devoir” verdadero juego de pirotecnia vocal complicada por un movimiento escénico que en nada favorecía la concentración canora.

Espléndido debut de la mezzo catalana Lidia Vinyes, que sustituyó a la anunciada Annalisa Stroppa, con una voz aterciopelada y que brilló tanto en el dúo de comienzo del segundo acto con la soprano “Sainte Vierge Marie”, verdadera joya del romanticismo francés, como su aria del primer acto “Cette Somme t’est due” sabiendo mezclar un buen fraseo con la intención picaresca del texto.

Los bajos de la producción fueron de peso tanto el Balducci de Maurizio Murano, como sobretodo el Papa Clemente de Eric Halfvarson en su encarnación pontifical a medio camino entre “In questa regia “ de Turandot y el humor del Mikado. Sendas grandes aportaciones que no alcanzó el barítono Ashley Holland que no olió el personaje ni escénicamente ni hizo honor a la partitura de Berlioz. Una lástima para un bombón de personaje que otros barítonos del país podrían haber redondeado perfectamente cómo se vió con su partenaire Pompeó en la voz timbrada de Manel Esteve realizando una interpretación mucho más rica en su más breve pero bien defendido rol. En esta misma línea cabe destacar las aportaciones de los otros tres partiquinos desarrollados por tres grandes artistas y cantantes bien conocidos en la casa, Francisco Vas, Antoni Comás y Valeriano Lanchas que aportaron humor y profesionalidad.

Gran ovación para el coro que se entregó a esta producción difícil, compleja y muy exigente en cuanto a la parte teatral y musical. Es verdad que hubo algún desajuste con respecto a la orquesta pero con semejante caos escénico carece de importancia. La rotundidad del coro masculino fue apabullante jugando a la vez con dinámicas en pianísimo. La orquesta en cambio careció de la delicadeza que posee la partitura de Berlioz para dejarse llevar por los excesos de la batuta de Josep Pons demasiado atento a mirar más a la partitura que a lo que sucedía en el escenario con los peligros que ello conlleva. Sin embargo hay que felicitarse por el esfuerzo realizado al montar esta ópera tan desconocida como brillante en esta producción. Lo único que se podría echar en falta es que como sucede habitualmente y tristemente siempre la balanza se decanta hacia lo escénico por encima de lo musical, ya que en esta ocasión casi una hora de la música de Berlioz no sonó. No sabemos si para bien o para mal, pero no sonó porque desde la dirección escénica se optó por cortar y así lo asumió la dirección musical.

La aportación en esta producción de figurantes es absolutamente brava, forman parte del discurso musical y teatral constantemente y su interrelación con los solistas del coro es tan natural como necesaria. El humor que aportan, la energía que desprenden es como un Redbull escénico. Una felicitación para estos grandes profesionales que sin dar una sola nota nos han ofrecido un espectáculo redondo.

No sabemos que nos espera el esto de la temporada, pero…perderse este Benvenuto Cellini sería imperdonable.

Robert Benito

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