Buniatishvili, glamour y algo más

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Khatia Buniatishvili
Khatia Buniatishvili

Los comentaristas de música que ya llevamos más de medio siglo en el oficio, nos volvemos con el tiempo algo o muy maniáticos, lo digo porque uno cada vez es más devoto de la tradición. Por supuesto jamás negaré que me gusta la originalidad y creatividad, pero siempre y cuando estas tengan una razón de ser. Todo ello me lleva a plantearme, con escrupuloso discernimiento y pulcra atención, el concierto que ofreció en el Auditorio el pasado día uno la pianista Khatia Buniatishvili, dedicado todo él a las cuatro sonatas más conocidas (que no mejores, yo entre éstas colocaría la Hammerklavier, Les Adieux, la número 28, la Pastoral, o la Waldstein) de Beethoven que, aparte de popularidad tienen, sin duda un destacado nivel. La concertista es una mujer trabajadora, voluntariosa y responsable, buena prueba de ello es que tres días antes del recital estuvo de incógnito en Castelló, haciendo ejercicios de mecanismo con el piano Yamaha y de interpretación del programa con el Steinway. Eso habla mucho de su profesionalidad. Me cuentan que es cercana, humilde, afectuosa y agradable. También —y eso es percepción propia— es bella, glamurosa y gusta de brindar esos atributos a la audiencia, lo que ha hecho que sea especialmente significada en el papel couché, y los objetivos, como les sucede a algunas de sus colegas como Yuja Wang, Valentina Lisitsa, Lola Astanova, Valentina Igoshina y alguna más. La cuestión es que el glamour, la publicidad y sin duda que la mujer toca bien, hicieron que la entrada del Auditorio del Camí del Lledó estuviera bastante más colmada que de ordinario.  

La artista es evidente que tiene técnica y además esmerada, tiene criterio, imaginación, fantasía y trata de ser resueltamente original. Sin duda lo consigue, pero a veces el precio que paga es demasiado alto por serlo. Su sonido es bello aunque no grande, en escasas ocasiones la intensidad  de un programa en el que hay no poca vehemencia en las partituras, llegó a colmar la plenitud de la sala. En su favor hay que decir que la buena articulación permite audicionar perfectamente el carácter de su fraseo. Entre sus defectos más notables está que retiene el tiempo a su capricho,  excesiva uniformidad del sonido y lo muy discutible de sus tiempos. 

Abrió el programa con la sonata «La tempestad» cuyos primeros compases de puro lento llegaron a ser aciagos. La partitura no marca Adagio, marca Largo. Dejando respirar el piano para buscar el reverbero, el resultado conseguido fue exactamente el contrario. Daba la impresión que Buniatishvili parecía querer relatar la pesadumbre del autor, en  los días que su sordera ya fue perenne. En el Allegro subsiguiente quiso hacer una lectura poética y no estoy muy seguro de que lo lograra. Sí tuvo interés el Adagio, muy chopinizado con un atractivo uso de los reguladores. El letargo en el que estaba sumida la sonata se despegó las sábanas en el Allegretto sobre todo en la repetición del tema que se enervó en intensidades.

Asimismo fue muy lento el Adagio de la «Claro de luna», al que le faltó indudablemente poesía, pese a que intentó manifestarla con un uso de los pedales derecho y central que resultó inadecuado. Tuvieron carácter y expresividad el Allegretto y el Presto conclusivo pero con una diversificación de intensidades que no acabaron de satisfacer mi criterio, aunque no negaré que estuvieron bien tocadas y que la intensidad  y los contrastes demostraban la excelencia de la técnica de la georgiana.

Me gustó el fraseo del primer tema  del Adagio de la «Patética», y la ligereza del segundo, y la elegancia y soltura, en ocasiones discutible del movimiento conclusivo con un arrebatado final como mandan los cánones. La versión con la que más de acuerdo estuve fue la de la «Appasionata». Un Allegro temperamental un Andante bien relatado y sensitivo en una lectura muy propia sin perder de vista un decir que me recordó a Horowitz y un presto final embravecido que arrancó sonoras ovaciones legítimamente y a las que correspondió con el minueto para clave en SolM de Haendel en la transcripción del pianista Wilhen Kempf, que ese sí fue un gran beethoveniano, aunque para mí los hubo de mejores. 

Antonio Gascó