Cabaret, alcohol y canto hablado: divertido cocktail de Weill y Schönberg en la Opéra national du Rhin

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Cabaret, alcohol y canto hablado: divertido cocktail de Weill y Schönberg en la Opéra national du Rhin
Cabaret, alcohol y canto hablado: divertido cocktail de Weill y Schönberg en la Opéra national du Rhin

Viaje a la República de Weimar en la Opéra National du Rhin (OnR), de la mano de Roland Kluttig y David Pountney, con dos obras de Kurt Weill y el Pierrot lunairede Arnold Schönberg.

La última obra que nos trae la Opéra National du Rhin (OnR), con Roland Kluttig como director musical y David Pountney a cargo de la puesta en escena, es todo un viaje en el tiempo. Un viaje a la ya lejana República de Weimar, periodo política y socialmente convulso, con Berlín como epicentro de las vanguardias alemanas. Artistas como Grosz pintaban la ciudad y su gente, deformando las figuras para expresar lo invisible en un estilo que luego inspiraría a Wiene y a Lang para sus películas. Alfred Döblin narraba a través de los ojos del desgraciado Franz Biberkopf las miserias de sus strassesy platzs, pero también la vida que bullía en los cabarets llenos de humo. Allí comenzaba a crearse una nueva forma de hacer música, tan rompedora que aún hoy nos parece original.

La OnR ha juntado a Kurt Weill y a Arnold Schönberg en un espectáculo único, ambientado en ese Berlín canalla, que nos ayuda a entender mejor las vanguardias musicales de inicios del siglo XX. La representación se abre con Mahagonny, de Weill, en mitad del cual se inserta el célebre Pierrot lunairede Schönberg. Uno puede preguntarse si realmente pueden combinarse la música de Schönberg, inventor de la composición dodecafónica, y la de Weill, que con La ópera de los tres peniques (o tres centavos, o cuatro cuartos, poco importa) se convirtió en el padre de la comedia musical moderna de la mano de Bertolt Brecht. La respuesta es un rotundo . Ambas piezas son, al fin y al cabo, cancioneros sin una estructura fija, cocinados a la lumbre de los cabarets. No es difícil imaginar al pérfido Pierrot bailando ebrio en Mahagonny, bañado por la luna. La forma de cantar ambas obras es también similar, tendiendo hacia el “canto hablado”, algo sobre todo remarcable en Pierrot lunaire. Schönberg estaba realmente obsesionado con que los poemas a los que ponía música no se cantasen, sino que la altura de las notas las estableciese el cantante como si de una conversación se tratase. Una de las diferencias entre ambas piezas es que mientras en Mahagonny se tiende hacia la construcción de estribillos, como en las canciones populares, Schönberg odiaba la reiteración y hacía lo imposible porque ningún motivo musical se repitiese en sus composiciones. Pero la disposición de este sandwich de obras aprovecha esta diferencia, y Pierrot… se inserta magníficamente como un largo solo de jazz en el desarrollo del tema principal. El pequeño tamaño de la orquesta permite además que todos los músicos toquen sobre la escena, en diferentes ambientes, dirigidos por un Kluttig vestido de Pierrot.

Para terminar, el segundo acto es para Los siete pecados capitales de Weill, que equilibra con su narrativa la carga metafórica y surrealista de las dos primeras obras. Este ballet cantado nos cuenta el viaje de dos hermanas, realmente las dos caras de una misma Ana (tres en este caso, porque ambas cantantes se van turnando en el mismo rol), que durante siete años recorren Estados Unidos buscando dinero para hacerse una casita en Louisiana. Las Anas cantantes, de espíritu práctico, impiden que la Ana bailarina caiga en cada uno de los siete pecados capitales, que aquí se ven satirizados a través del prisma de la economía de mercado. La lujuria, por ejemplo, es irse con la persona amada y no con la que tiene el bolsillo más lleno. Aquí casi toda la acción transcurre en un ring de boxeo, un homenaje cruzado al escenario de las primeras representaciones de Mahagonny.

El reparto no es muy amplio: dos tenores (Roger Honeywell y Stefan Sbonnik), dos bajo-barítonos (Patrick Blackwell y Antoine Foulon), dos sopranos (Lauren Michelley Lenneke Ruiten) y una bailarina (Wendy Tadrous). La voz que más sorprende es la de la angelina Lauren Michelle, que se adapta perfectamente, con un timbre claro, a esa forma de cantar hablando (o hablar cantando) de estas obras. Al margen de las voces, muy correctas, la calidad interpretativa de los seis cantantes es fenomenal. A las órdenes del coreógrafoAmir Hosseinpour, todos despliegan una enorme paleta expresiva, moviéndose entre los diferentes ambientes del escenario, inteligentemente distribuido por Pountney, en una sucesión frenética de escenas con numerosos homenajes a la cultura de principios de siglo: a los paneles del cine mudo, a la luna de Méliès, a Dadá. En cuanto a vestuario, lo más divertido es la caracterización de los varones en la familia de Ana durante Los siete pecados…, auténticos paletos sureños que reflejan la parte más retrógrada y violenta de los Estados Unidos.

Julio Navarro