Calleja y Tebar un binomio triunfador

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Calleja y Tebar
Calleja y Tebar

Si mi padre hubiera escrito esta crítica, hubiera dicho que en la voz del tenor Joseph Calleja se unían las voces de Hipólito Lázaro y Miguel Fleta, a quienes tuvo la satisfacción de oír en vivo muy joven y de quienes hablamos en numerosas ocasiones al escuchar sus grabaciones fonográficas en aquellos vinilos de hace medio siglo. De la similitud con el catalán hubiera destacado la amplitud de la voz y la facilidad en el registro superior y respecto del aragonés la facilidad para las medias voces y esfumaturas así como la amplitud del fiato.

En verdad siempre que he escuchado al tenor maltés, me he acordado de mi padre y de su devoción por esos dos grandes divos españoles de principios del pasado siglo y en la ocasión que nos ocupa, respecto de la audición que ofreció en la programación del valenciano Palau de la Música en la sede del de Les Arts, volvió a hacérseme presente la analogía. Calleja canta muy abierto y con arrojo, como Lázaro y es capaz de recoger la voz con sutiles smorzature como Fleta.

Si bien en su aria inicial del primer acto de «Rigoletto»  primó un canto acelerado y poco aristocrático (¡ay el inimitable Kraus en esa «Questa o quella»!) las cosas cambiaron de inmediato en la de MacDuff del cuarto acto de «Macbeth» en la que lució su intensa voz de tenor lírico con intención de spinto en el recitativo inicial («O figli…!»), matizando muy bien con el enlace de «Ah, la paterna mano», cantada con plenitud y generosidad vocal y haciendo gala de un cuidadoso piano en los últimos compases. Cantó con gallardía el aria del primer acto de Cavaradossi, apuntalando un brioso Sib en su remate al citar el nombre de su enamorada Tosca, la protagonista que rotula la ópera, de la que ofreció, asimismo, el aria del tercer acto. En ella se produjo la mayor concesión al fletismo, en el ataque del La de «disciogliea dai veli» que redujo a un suspiro vocal a lo largo de la frase, lo que le valió una rotunda ovación que despidió la primera parte del concierto.

En la postrera de las seis romanzas del op. 6 Tchaikovsky, lució la amplitud de un centro vocal muy exigido en las óperas rusas a los tenores, cantando con vehemencia y al tiempo con sentida sensibilidad, algo que también sucedió en «L’ideale», donde volvió a lucir su facilidad para el apianamiento en un exquisito regulador en la frase «Una novella aurora» que remata la romanza de Tosti, de quien, asimismo ofreció la conocida «A vucchella», vista como un sensitivo y seducido vals lento llevado a uno y a tres por la batuta, saliéndose bastante del tiempo habitual que suelen llevar los tenores. Otra de las obras en que se lució especialmente el maltés fue en la obra de su paisano Joseph Vella, con la que tenía una especial afinidad de paisanaje y en la que desarrolló mucho de su sensitivo aliento canoro, emocional y ardoroso. Siempre me ha fascinado «Vaghissima sembianza» de Donaudy, que no suele ser habitual en los repertorios y a la que extrajo toda la sensibilidad implícita en su plácida y exquisita melodía. Acabó el programa con una lección de fiatto en la «Matinatta» de Leoncavallo, expresada con pasional viveza y un holgado resuello en el Si final que enardeció a la asistencia, lo que le hizo ofrecer hasta tres obras fuera de programa: la romanza de Leandro de «La tabernera del puerto», «O sole mio» y «Granada», tres piezas muy populares cantadas con más arrojo que buen fraseo y delicadeza que pusieron en pie a gran parte de la asistencia.

No fue ajena al éxito la dirección de Ramón Tebar al frente de la Orquesta de Valencia que estuvo siempre pendiente de la dicción del solista, para permitirle frasear a placer y cuidado que lo hizo con absoluta sinecura y comodidad. El maestro valenciano eligió además un repertorio que engarzó muy convenientemente las piezas vocales del repertorio, abriéndolo con una diferenciada versión de la obertura de «I vespri siciliani» en la que cabe destacar el contraste entre el bello tema de los cellos  del dúo de Monforte y Arrigo y el vehemente allegro revolucionario del final. En el intermezzo de «Manon Lescaut» hay que hablar del sonido aterciopelado y la dicción sensitiva del cello de Iván Balaguer, inspirado y doliente en su solo que refiere la soledad enamorada de la protagonista que presiente su aciago final, resuelto en un dulcísimo fraseo de la orquesta bajo la rectoría sugestionada del maestro Tebar, quien, por cierto tuvo el acierto de iniciar el Adiós a la vida de «Tosca» con el tema de esta aria que preludia el acto tercero, enlazando con las dos hermosas citas de los dúos de la protagonista con el tenor y el barítono de los actos primero y segundo, que Puccini prescribe como leiv motivs para poner en situación al público entre el anhelo de la pareja enamorada y su trágico destino. Del mismo autor ofreció «La tregenda» de «Le villy» en una versión espectral de una danza de fuegos fatuos sonoros y al tiempo de descriptiva fantasmagoría de las fatídicas hadas. El intermezzo de «I pagliacci» con la cita de l’uscita de Tonio fue un prodigio de exquisitez y los dos compases anteriores al «Recitar», un postulado de lirismo. Tebar mostró su inspiración sensitiva y su pulcritud en el análisis, llegando a tocar el intermedio de «Cavalleria rusticana» como prescribió Mascagni, sin la participación de ni un solo contrabajo. Un acierto de lirismo devocional y etéreo.

Antonio Gascó