De cámaras y alcobas en el Liceu de Le nozze di Figaro

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Foto: A. Bofill
Le nozze di Figaro. Foto: A. Bofill

La caja escénica del Liceu pasa del escocés Castillo de Cawdor de Macbeth a las cámaras y alcobas sevillanas del Castillo de Aguas Frescas de los Condes de Almaviva, donde se suceden los tejemanejes de Le Nozze di Figaro en esta reposición de la producción dirigida por Lluis Pasqual en 2008.

Las bodas de Fígaro transcurren en una alocada jornada: La folle journée es precisamente el título de la pieza teatral de Beaumarchais que daba continuidad a El Barbero de Sevilla y que Lorenzo da Ponte adaptó como libreto para Mozart.

A primera hora de la mañana (Acto 1), el servicio del castillo arranca la jornada con Fígaro y su prometida Susanna ultimando los preparativos de su boda; la media mañana (Acto 2) en los aposentos de la Condesa, con esta y su dama de cámara Susanna; la media tarde (Acto 3) en el gabinete de trabajo del Conde; y la noche de bodas (Acto 4) en un bosquete de los jardines del castillo.

Mediodía del Acto 2 y Tarde del Acto 3. Fotos: Paco Azorín
Mediodía del Acto 2 y Tarde del Acto 3. Fotos: Paco Azorín

Si os apetece desenredar el hilo que enreda las situaciones, en Opera World os damos las claves de la historia, decir aquí únicamente que pese a la inteligencia de los planes de Fígaro, Susanna y la Condesa Rosina, lo alocado de la jornada radica precisamente en cómo lo previsto se desbarata constantemente y un plan descolocado y a la merced del ridículo tiene que salvarse a base de ingenio e improvisación. El orgullo de los personajes está en juego, y que las diversiones del Conde se lleven la peor parte no nos extraña a día de hoy, pero hizo que Le Nozze di Figaro fueran censuradas en Viena, y que el libretista tuviera que persuadir al monarca y comedir el texto teatral para que las élites del Antiguo Régimen se vieran capaces de lidiar con su propio retrato.

En el Liceu de Le nozze di Figaro las galas fueron de menos a más y fue a partir del tercer acto cuando la obra tomó su mayor solidez y fortuna. Hasta entonces la escena fue propiedad del salido paje adolescente y de la Condesa: Anna Bonitatibus interpreta con desparpajo un Cherubino memorable que arrancó hasta dos veces el aplauso de la sala, y la Condesa Rosina de Annet Fritsch, que sustituía a Olga Mykytenko, fue el aliciente de la noche con una interpretación dramática y musical que nos dejó hermosos momentos y un “Dove sono” en el tercer acto que se llevó la mayor ovación de la noche.

A partir del tercer acto todos los personajes cogen carrerilla. Gyula Orendt representa con puntería al desatinado y divertido Conde de Almaviva, y su apertura del tercer acto “Che imbarazzo è mai questo” se cerró con un generoso aplauso.

Puntuales la orquesta del maestro Josep Pons, la Marcellina de Maria Riccarda Wesseling, el Bartolo de Valeriano Lanchas y el resto de personajes.

Una disposición del bosquete. Foto: A. Bofill.
Una disposición del bosquete. Foto: A. Bofill.

Tras el telón del cuarto acto aparece el bosquete en los jardines del castillo con una interesante solución escénica de Paco Azorín; la escena es un rincón formado a cada lado por cinco bastidores verticales iluminados desde su interior que dibujan conjuntamente un panorama vegetal. Cada bastidor avanza y retrocede independientemente de los demás, contrayendo y dilatando suavemente el escenario, escalonando el bosquete, desmembrando el panorama en un paisaje desorientador que se ajusta conceptualmente a esta parte de la historia, llena de escondites, de corre que te pillo, de quién anda ahí; diversas disposiciones de un bosquete incierto que resultan muy afines a las inciertas disposiciones de los propios personajes. Es en esta tesitura donde el Fígaro de Kyle Ketelsen y la Susanna de Mojca Erdmann hacen sus más redondas y, consecuentemente, ovacionadas actuaciones con un “Tutto è disposto” y una “Giunse alfin il momento” equiparables a la de los excitantes finales de acto, y es en este boschetto onírico donde se despierta la crudeza escondida bajo las ensoñaciones de cada uno de ellos.

Félix de la Fuente