Carmen. Huelva

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La labor de una orquesta en el seno de una representación es tan importante que sin ella la música se quedaría sin alma. La producción de la ópera Carmen, de Bizet, ofrecida en Huelva por Operisima y Rousse Opera Theatre, vivificó el sábado las fibras sensibles de aficionados y empedernidos. Saber vestir la acción y contornear la voz de un personaje es un trabajo que requiere un profundo estudio de la dinámica y el timbre; cuando se dominan, ya se ha conseguido mucho para la interpretación de una ópera.

A priori, podríamos pensar, en medio de un reparto de cantantes, cuerpo de actores y escenografía, que la orquesta no es crucial. Pero si el sentido del oído prima sobre el de la vista y, además, prestamos atención a la partitura, a veces llegamos a la conclusión que la orquesta es un personaje más, invisible, que hace alumbrar un buen compositor y gracias al buen intérprete nos hablará a lo largo de una representación. A veces, acompañar muy bien termina poniendo en cabecera lo que está en segundo plano. En esta Carmen por la compañía Operisima, el director de orquesta supo perfilar los detalles, de tal modo que la orquesta fue siempre el contorno ideal al solista y al conjunto. Era una delicia escucharla, a modo de tarjeta de presentación, con la familia del viento tan redondeada desde la entrada del coro de chiquillos Avec la garde montante nous arrivons, un certero empaste que alcanzó su cenit durante el tercer acto; el refugio en las montañas inspiró a unos tutti que irían describiendo palmo a palmo aquel ambiente siniestro: la cuerda en mezzopiano, como un monólogo interior; las trompas, cual avistamiento de las tinieblas, y la percusión, engarzando lo onírico y lo fantasmagórico.

Aceptable elenco donde Carmen estaba caracterizada por una mezzosoprano que ya evidenció su arte en una habanera expresiva e insinuadora, voz llevada a la cumbre con gran dramatismo en el acto tercero. El personaje de don José tuvo en su contra la misma voz del cantante, un tenor opaco y desprovisto de la tesitura para abordar holgadamente la línea de canto, maltrecha al final del segundo acto; precisamente, al cantar con Carmen sendos recursos no estaban complementados. Dulce timbre el de Micaela, que estableció los dos polos del argumento: al comienzo, con una música llena de frescura y optimismo, y, al final del tercer acto, cuyo Je dis que rien m´épouvante presentía el fatal desenlace. Escamillo estuvo interpretado por un cantante peculiar que no acababa de definir su voz; en las coplas del segundo acto cambiaba de sonoridad entre tonos medios y agudos; curiosamente, al enfrentarse con don José no contrastó vocalmente, al carecer de color baritonal (hubo notas graves que no sonaban).

Los concertantes vocales, como el quinteto del segundo acto, fueron estupendos. Los números corales, dispersos, de ataques en forte inseguros y sin carácter. Dicción francesa descuidada, con que se hacía difícil la comprensión del libreto. Y un montaje austero que con habilidad hizo muy creíble la ambientación del tercer acto: cortinaje mezclado con claroscuros que inundaron la escena de un difuminado aterrador.