Carmen Romeu triunfa con Armida en Gante

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Escena de Armida en Gante. Foto:  Annemie Augustijns
Escena de Armida en Gante. Foto: Annemie Augustijns

Para su tercera ópera seria Rossini concibió una obra de gran envergadura: Armida. La hechicera y Rinaldo, el valiente caballero “cruzado”, le permitieron tejer un tapete de intrincadas arias, enjundiosos conjuntos y hedonista orquestación hedonista, donde los sentimientos se desbordan por doquier. La Ópera de Flandes y la Ópera de Montpellier coproducen esta nueva propuesta escénica firmada por la francesa Mariame Clément, régisseuse de moda por estos pagos, que logra un espectáculo colorista, simpático, no exento de momentos chirriantes y otros muy divertidos. La trama de las Cruzadas y sus héroes e historietas paralelas las situa Clément en el mundo de los deportes, en los mitos de hoy día, los jugadores de ese deporte que apasiona a medio mundo. Rinaldo usa el número 10 (Zidane) y hace referencias a su famoso cabezazo a Materazzi, a los ríos de tinta que corren en los diarios sobre la desaforada vida sexual de algunos de esas estrellas deportivas (Benzema) y sus afanes en ligarse a la “rubia tonta” de turno. En ese mundo masculino sobresale Armida, pero el potente personaje se desdibuja en este entramado dramatúrgico y pierde fuelle. La escenografía y el vestuario (ambos con la firma de Julia Hansen) van del realismo al kitsch más desbordante.

El diseño de iluminación (Bernd Purkraber), sin estar mal en general, pudo afinar más en varias escenas para dotarlas de una mayor belleza plástica. Rinaldo era a veces un jugador, otras un caballero, la muñeca inflable utilizada para escena de sexo gang bang por los jugadores y la entrada del héroe Kalashnikov en mano y el vestuario típico de un musulmán que lleva el personaje de Astarotte, entre otros peregrinas ideas, no son suficientes para sostener el peso de una obra que por caminos menos retorcidos habría logrado un mayo impacto teatral. En esta ocasión el Regietheater cayó en el agujero del que desea huír: la banalidad. Para nuestra fortuna, en el foso se encontraba un defensor y conocedor de la obra y el espíritu rossiniano, el maestro Alberto Zedda. No deja de sorprenderme que este hombre pequeño de ochenta y siete años de edad dirija con semejante derroche de energía, delicadeza y con matices para dar y regalar. La Orquesta Sinfónica de Flandes y el Coro de la Ópera de Flandes manifestaron sus mejores dotes y consiguieron, el maestro y todos los músicos y cantantes, una estruendosa ovación.

Escena de Armida en Gante. Foto:  Annemie Augustijns
Escena de Armida en Gante. Foto: Annemie Augustijns

El elenco, que requiere de cantantes de buena escuela con capacidades bien contrastadas, no se quedó atrás. La soprano Carmen Romeu en el muy difícil personaje de Armida, fue punta de lanza de un elenco de muy buenas prestaciones. Romeu es cantante y actriz de primera. Su voz con cuerpo y amplio registro no sólo se preocupa por la belleza del canto sino que busca la credibilidad teatral y convence por la suma de muchos detalles que va manifestando a lo largo de la representación, a pesar de la propuesta escénica que no explotaba adecuadamente al complejo personaje. Su bellísima interpretación de D’Amo al dolce impero, en el que desplegó sus armas vocales, la señalan, hoy por hoy, como una magífica defensora de los personajes de Isabella Colbran. Hasta seis personajes tenores tiene esta deslumbrante ópera. Cuatro cantantes dieron buena cuenta de ellos. Maravillosa la voz del lírico-ligero Enea Scala, belcantista de buena ley, con agudos pimpantes y agilidades limpísimas. Probablemente iniciará, por las características de su instrumento, el camino hacia personajes que requieran una voz con más cuerpo. Como Rinaldo cumplió con superlativamente, en el plano teatral también, su cometido, siendo el perfecto contrario a Romeu. El público le aplaudio con fervor. Una tanto más nasal y con menos punta es el sonido del estadounidense Robert McPherson (Gernando / Ubaldo) sin ser obstáculo para considerarle un rossiniano de mucho mérito. El argentino Darío Schmunck (Goffredo / Carlo) mostró su excelente línea de canto, el estilo correcto y la inteligencia en el uso de su voz. No impacta a la primera pero sabe enamorar y llevarse parte del pastel de los aplausos. El cuarto tenor fue el británico Adam Smith, encargado del pequeño personaje de Eustazio. Supo ilustrarlo con una voz pequeña pero bien articulada. El bajo rumano Leonard Bernad fue un satisfactorio Idraotte y un mejor Astarotte. El timbre es bello, con las agilidades en su sitio. Esta Armida en Gante ha cautivado por su factura musical y arrancado sonrisas con la escena. El público en esta ciudad es más abierto a nuevas propuestas que el que le espera en Montpellier.

Federico Figueroa