Cautivados por La Bohème de la Maestranza

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La Bohème de la Maestranza. Foto: Teatro de la Maestranza
La Bohème de la Maestranza. Foto: Teatro de la Maestranza

El Teatro de la Maestranza ha cerrado su temporada de ópera con un gran éxito: la presentación del montaje escénico de La Bohème realizado para Palau de les Arts Reina Sofía de Valencia por Davide Livermore. La espléndida voz de la soprano Anita Hartig, unida a los cantantes José Bros, María José Moreno y Juan Jesús Rodríguez bajo la dirección de Pedro Halffter, han sido un valor añadido a la colorista y sorprendente escenografía y la siempre refinada y precisa Orquesta Sinfónica de Sevilla.

Hablar de La Bohème  es hacer referencia a una de las historias de amor más arrebatadoras y memorables de la historia de la música. La profundidad desplegada por Puccini en el retrato social y emocional de los protagonistas hizo de esta ópera una de las más populares desde el mismo día del estreno en Turín en 1896. Mas de un siglo después, la dialéctica emotiva de Puccini y los libretistas Giuseppe Giacosa y Luigi Illica sigue conmoviendo a los espectadores cuando va acompañada de una buena interpretación.

Tal fue el caso de la versión presentada en la Maestranza, con un nombre propio por encima de todos: el de la soprano Anita Hartig, que brilló con fuerza con su interpretación desde su aria “Si, mi chiamano Mimì” del primer acto hasta la escena de la agonía final, con el delicioso “Sono andati?”. La voz de Anita Hartig presenta una cualidad tímbrica llena de matices que la hacen clara e inconfundible en escena, con una dulzura en su modulación verdaderamente encantadora, sin importar si se trata de una escena de fuerza o del más discreto sottovoce; su timbre destacaba en cada una de sus intervenciones, y la riqueza de colores y armónicos que lo caracterizan hacían evidente la grandeza de la artista.  Fue, sin duda, la estrella de la noche, pero en un firmamento plagado de astros, pues se vio arropada por un elenco vocal de gran fuerza y bondad.

Junto a Anita Hartig encontramos en la escena, en primer lugar, a su amado Rodolfo, interpretado por el tenor José Bros, quien también desplegó un poderoso personaje, muy en el papel a nivel vocal desde el primer acto; sus arias “Che gelida manina” y “O soave fanciulla”, junto a Hartig, fueron bien aceptadas por el público por su potencia lírica, pese a su menor expresividad actoral. Sin embargo, José Bros fue creciendo en intensidad dramática con su personaje, y destaca la intensidad con que interpretó junto a Anita Hartig la escena de la despedida del tercer acto, uno de los momentos sublimes de la noche por su recogimiento y profundidad emocional.

La otra pareja de protagonistas estuvo integrada por Juan Jesús Rodríguez como Marcello, un personaje bien construido y de una perfección vocal admirable, y Musetta, interpretada por la soprano María José Moreno. Ambos cantantes regalaron los oídos de los asistentes con una naturalidad y soltura extraordinarias y enorme calidad en la interpretación de cada una de sus intervenciones, ya fuera en las numerosas ocasiones dialogadas o en los momentos de arrebato lírico que les dedica Puccini. Sin duda, uno de los momentos más aplaudidos de la noche fue el vals de Musetta “Quando m’en vò soletta” del segundo acto. 

La Bohème de la Maestranza. Foto: Teatro de la Maestranza
La Bohème de la Maestranza. Foto: Teatro de la Maestranza

El reparto se completó con dos secundarios de gran talla, dignos de ser colocados en igualdad de méritos para explicar el éxito de la interpretación: Fernando Radó como Colline, quien obsequió un espléndido momento en el “aria del abrigo” del último acto, y el siempre presente y oportuno David Lagares como Schaunard. Cabe destacar también a Alberto Arrabal en el doble papel de Benoît y Alcindoro.

Pero si hay un aspecto que engrandeció la, de por sí, magnífica interpretación de los cantantes fue la llamativa puesta en escena ideada por Davide Livermore y supervisada por Emilio López para la Maestranza. Ante los ojos del público se presentó un escenario dinámico, en el que los cuadros y lienzos de pared cobraban vida y reflejaban, de manera sutil  y elegante, el carácter psicológico de las palabras de los personajes. Imágenes de la pintura francesa de fines del siglo XIX y principios del XX traspasaban los límites del caballete de Marcello para extenderse por toda la escena y fluctuar llenos de viveza al son de las palabras cantadas. A ello se une una extraordinaria concepción del espacio, con planos oblicuos diagonales que abrían el ángulo de visión y focalizaban al mismo tiempo la atención del espectador.

Finalmente, hay que destacar por su grandiosidad y sorprendente riqueza el número coral del segundo acto, en el que los niños de la calle y los vecinos del Barrio Latino parisino se unen al sexteto protagonista en una de las escenas más vibrantes que la Maestranza ha acogido esta temporada, todo ello aderezado por el bullicio del Café Momus y la participación de una troupe circense; una amalgama de melodías vocales se entretejía con el ir i venir de personajes en un frenético festín para los sentidos que constituyó el momento más espectacular de la velada. Hay que mencionar la eficaz colaboración para la creación de esta magia escénica del Coro de la Asociación Amigos del Teatro de la Maestranza, siempre preciso y profesional bajo la dirección de Íñigo Samper, a la Escolanía de los Palacios con Enrique Cabello y Juan Báez a su frente, y a los figurantes que encarnaron a acróbatas, bailarinas, payasos y demás.

Para concluir este relato de las bondades de La Bohème  en La Maestranza hay que llamar la atención sobre el artífice final de la música: el director Pedro Halffter, que una vez más consiguió convertir la Real Orquesta Sinfónica de Sevilla en un instrumento perfecto, ideal para llevar a cabo la difícil tarea de revivir la partitura orquestal de Puccini, una escritura llena de matices que subrayan la acción de la escena, y sin cuya impecable interpretación no se habría conseguido conmover los corazones de los asistentes por muy buen trabajo escénico que se hiciera.

Gonzalo Roldán Herencia