Charles Dutoit con la Royal Philarmonic: la maestría de la tradición

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Charles Dutoit con la Royal Philarmonic: la maestría de la tradición
Charles Dutoit con la Royal Philarmonic: la maestría de la tradición

Venía Charles Dutoit al Festival Internacional de Santander a erigirse como un histórico exponente de la gran tradición interpretativa al frente de la legendaria Royal Philarmonic Orchestra, de la que es su director artístico y titular. Y es que su personal estilo de dirección nos acerca a pautas y cánones de un pasado glorioso, para nada frecuente en nuestros días, condensando la gran herencia francesa y alemana (la de Ernest Ansermet, la de Herbert von Karajan) por medio de un sutil refinamiento y la consecución de un sonido propio y exclusivo, como lo atestigua su fructífera etapa con la Orquesta Sinfónica de Montreal.

Y esto lo demostró el consumado maestro suizo nada más salir al escenario de la Sala Argenta del Palacio de Festivales con una lectura vibrante, enfática, sumamente vitalista, de una obra dificultosa en lo técnico como es la obertura de El Corsario Op. 21 de Hector Berlioz, a la que imprimió un sonido tan vigoroso como flexible, y donde traslució el espléndido trabajo virtuosístico de la cuerda en mezcolanza con las maderas, aunque se acusó un tanto efectista la aportación de los metales.

 Los mejores quilates toda la velada llegarían sin lugar a dudas de la mano de las Variaciones Enigma Op. 36 de Edward Elgar, donde el director suizo consiguió otorgar la necesaria continuidad y el carácter lineal a toda la partitura, desplegando de la Royal Philarmonic todo su poderío sonoro netamente inglés, en sintonía con un elevado detallismo instrumental, en lo que es la plasmación de una perfecta asimilación de una obra compleja y repleta de acusados contrastes.

Todo el continuum orquestal fue creciendo en interés e intensidad, pero la pieza nuclear y más célebre, la variación “Nimrod” (nº 9), alcanzó lo sublime, retardando Dutoit el tempo en el esplendoroso clímax, y a partir de ahí conduciendo la obra hacia momentos estelares. El tartamudeante intermezzo (Dorabella, nº 10) perfectamente descrito en las maderas, el aliento romántico de la variación nº 12, para toda la sección de violonchelos, y el éxtasis sonoro, casi hipnótico, de la penúltima variación (nº 13), con el intrigante solo de clarinete y el redoble de timbal en pianissimo que trasladó literalmente al auditorio a un apacible viaje en barco, fueron instantes de auténtica maestría, antes de dar rienda suelta al épico y majestuoso final que retrata el optimismo y la autoestima del compositor inglés, en el que algunos de los principales temas ya escuchados sonaron perfectamente definidos en todo el edificio contrapuntístico de una obra magistral y repleta de ingenio.

El interés no decayó en la segunda parte. Generaba expectación su lectura de la Quinta Sinfonía de Ludwig van Beethoven, en la que Dutoit volvió a hacer latir la tradición bien entendida de los grandes maestros, condensando el nervio y el empuje germánicos de los movimientos extremos con el carácter refinado y la atención a la tímbrica del viento madera en el Andante con moto, con magníficos resultados en la precisa construcción discursiva de la cuerda en el Allegro que hace las funciones de scherzo, eligiendo para ello tempos equilibrados, pausados y nada precipitados, y optando por no repetir la exposición en los dos movimientos finales. Apenas empañó la estupenda interpretación el desajuste en el balance del flautín en el Allegro conclusivo. Con su genuina elegancia, Dutoit regaló al respetable una arrebatadora versión de la Danza húngara nº 1 de Johannes Brahms, que rubricó esta memorable visita a España del maestro suizo, dejando una honda y cautivadora impresión en el selecto público del festival santanderino.

Germán García Tomás