Competencia emocional 
y competencia digital: ¿frontera infranqueable o paisajes complementarios? (Segunda parte)

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Primera Parte

Luces y sombras de las TIC, el «quinto poder»

Nuestra sociedad de la información y la comunicación contempla el creciente ascenso de las TIC cuya utilización supone la ruptura de fronteras espaciales, temporales o estilísticas, entre otras, posibilitando al usuario mayores posibilidades de formación, ocio y disfrute. Así, la gran revolución tecnológica del siglo xxi ha abierto nuevas perspectivas a nivel económico, social, cultural y educativo, motivando que las TIC hayan alcanzado un papel muy destacado en un corto espacio de tiempo (De Moya et al., 2013). La globalización de la economía, la virtualización de la cultura, el desarrollo de redes horizontales de comunicación interactiva y la constitución gradual de la sociedad red como nueva estructura social son manifestaciones directas de esta transformación histórica (Mominó et al., 2008).

En este nuevo estado de la cuestión cabe preguntarse si las TIC son algo ajeno al sentimiento y la emoción, ya que se las puede considerar «frías», carentes de sentimientos, cerebrales, olvidando que las emociones también radican en el cerebro. Reflexionemos brevemente sobre la incidencia, positiva y negativa, de estas herramientas en lo emocional, ya que pensamos que sí pueden ser emocionales y, cuando no lo son, se debe a una perversión o a un desconocimiento del uso de las mismas.

Hemos llamado a las TIC «el quinto poder». Efectivamente, merecen este apelativo ya que hoy, con más fuerza que nunca, y gracias a ellas, la in- formación «vuela» de un rincón a otro del planeta a un ritmo frenético, en tiempo real, alcanzando a un ingente número de personas, demostrando que nuestro mundo es una «aldea global». Así, los medios de comunicación de masas, la TV por cable, Internet, ediciones digitales de periódicos y revistas, tweets, entre otros, generan opinión y marcan tendencias entre un numeroso y creciente público de usuarios. A ello que hay que sumar la tremenda fuerza de convocatoria que han adquirido las redes sociales al transmitir, simultáneamente, informaciones y mensajes de todo tipo (solidarios, reivindicativos, humorísticos, publicidad, entre otros).

Por otra parte, el correo electrónico, los sms, el WhatsApp, los Twitter, son los herederos tecnológicos de los medios tradicionales de comunicación interpersonal, como cartas, telegramas y todo tipo de misivas. Siguen cumpliendo la misión de dar respuesta a la necesidad humana de la comunicación inter personal para expresar sentimientos, lo que confirma que las TIC sirven a las emociones, ya que todo cambia (lo tecnológico) pero lo esencial (lo emocional) permanece. Pero su admirable rapidez comunicativa, salvando distancias (geográficas, sociales, económicas) gracias a su inmediatez instantánea tiene, como contrapartida, una posible malinterpretación del contenido de esas «conversaciones virtuales». Falta el lengua- je corporal, la expresividad que transmite la voz (calidez, énfasis, silencios) por lo que el arte de la palabra pierde multitud de matices que dañan el sentido correcto del mensaje virtual, provocando que las emociones y relaciones se resientan en el uso de estas vías tecnológicas. La propia técnica intenta suplir esta carencia y buscar mayor precisión en el mensaje con los creativos emoticonos o sus sustitutivos signos de puntuación, nuevos inventos semánticos internacionalizados.

La aceleración que tiraniza nuestra época (se pueden tener «abiertas» varias conversaciones virtuales a la vez), obliga a abreviar tanto la comunicación, que se pierden las inmensas posibilidades expresivas que ofrece la palabra, medio de comunicación por excelencia. Las emociones, las su- tiles ramificaciones e interconexiones entre ellas, no pueden comprimirse en mensajes tan breves que, a menudo, empobrecen el lenguaje (faltas de ortografía y expresión), transforman la belleza de la palabra en una triste y deforme caricatura, debilitan intelectual y emocionalmente al emisor y al receptor y no son eficaces en la comunicación por sacrificarlo todo en aras de la rapidez y la inmediatez. ¿Son necesarias estas prisas frenéticas en la comunicación? ¿Compensan los errores no intencionados que generan? El ansia por «no perder el tiempo» no puede presidir las normas básicas de las relaciones humanas más cercanas, más íntimas o más profundas, que precisan de «los tiempos perdidos», de su calma, paz y serenidad para sentir, pensar, hacer y decir. Lógicamente, de estos fallos y carencias no son culpables las TIC sino las malas prácticas y la falta de preparación del usuario.

La intimidad en el uso de las TIC es otra cuestión emocional. Las redes sociales (Facebook, Twitter, entre otras) ¿aseguran la privacidad?, ¿son un canal confidencial?, ¿existe una correcta educación en este sentido, sobre todo entre los más jóvenes? La Inteligencia Emocional ofrece respuestas a estos interrogantes. La falta de madurez y del sentido de la responsabilidad, la implantación de un relativismo en el que se diluye la verdad y la mentira, el deseo de agradar a toda costa para ser aceptado por el «grupo virtual», la incapacidad de valorar objetivamente las emociones propias y ajenas, la carencia de habilidades sociales, el huir de la soledad, son síntomas de que un individuo que no es emocionalmente inteligente por lo que pervierte y manipula las TIC. El anonimato, impulsado por la cobardía virtual, expresa insultos y violencia. Aquél que es incapaz de expresar sus pensamientos o emociones en una tertulia se fortalece al descubrir que puede decir lo que quiera y quedar impune. Esta cobardía o vileza virtual puede llegar a constituir un delito: el ciberacoso. También es emocional- mente demoledor «la moda» de cortar las relaciones sentimentales a través del WhatsApp, ya que el receptor se siente invadido por el desconcierto, por una bruma de confusión e incertidumbre, por la falsa creencia de que las relaciones inter personales son inestables, fomentando la inseguridad personal. Todas estas acciones son emocionalmente corrosivas para el sujeto receptor y para el emisor.

Estudios sociológicos sacan a la luz otra sombra de las TIC como son las manías y adicciones provocadas por «estar siempre conectado»: en un grupo, hay personas tan pendientes de su móvil, que abandonan a su inter- locutor real para sumergirse en conversaciones virtuales (sms, WhatsApp); o los que se comunican entre sí mediante el móvil en lugar de conversar cara a cara. Baste recordar estudios que demuestran cómo se socavan las relaciones humanas básicas, por ejemplo las familiares, por prácticas incorrectas y abusivas de las TIC (una reunión familiar presidida por el televisor, cortando casi toda posibilidad de comunicación). La obsesión por estar permanentemente conectado produce desequilibrios emocionales, falta de concentración en el estudio o trabajo y deterioro de las relaciones afectivas.

El claroscuro tecnológico también se ve afectado por el consumismo voraz en la adquisición de todo tipo de instrumentos. Los nuevos dispositivos, objetos de consumo de la industria del ocio, representan la corporación que los fabrica y comercializa. En este entorno consumista, las marcas de dichos aparatos son más valoradas que las prestaciones que éstos ofrecen. Así, se disparan las ventas del último modelo de móvil o de las versiones y aplicaciones más actuales del último modelo de PC que ha salido al mercado. La sociedad parece obsesionada por poseer la última tecnología cuando, muchas veces, no comprende su funcionamiento, no piensa si realmente la necesita o si podrá obtener el máximo rendimiento que es capaz de ofrecerle.

El luminoso universo digital se expande y perfecciona a tal rapidez que desborda al mercado y al usuario; tiene importantes resonancias en el mundo informativo, de la comunicación, del ocio, de lo educativo, dando respuesta al afán y necesidad creativa y expresiva del ser humano. Es el quinto poder de la sociedad actual de este mundo globalizado, en lo eco- nómico, empresarial y laboral, lo político, lo social, lo ideológico, lo artístico. En una palabra, lo humano.

Las sombras de las TIC se deben, principalmente, a un desconocimiento de sus buenas prácticas, de malas costumbres adquiridas por falta de una correcta educación, provocando cierta pobreza intelectual que va unida a pobreza emocional. La carencia de una correcta educación emocional motiva o contribuye a deficiencias en el uso de lo digital. El resultado es una debilidad, un raquitismo, una atrofia de la expresividad y la fluidez en las comunicaciones inter personales, base del universo emocional. ¿Quién debe o a quién compete remediar la situación? Sin duda alguna, la educación tiene mucho que hacer y decir al respecto.

Pero las luces de las TIC iluminan la creatividad (diseño de programas de software), la comunicación interpersonal (correo, sms, WhatsApp, Facebook, tuitter), el conocimiento y el ocio (tablets, e-book), la formación (programas educativos digitales, diferentes herramientas y plataformas virtuales docentes (pizarra electrónica, moodle, páginas web de centros escolares, blogs, sistemas informáticos que facilitan el contacto entre padres y profesores).

Un libro despierta la imaginación, la fantasía, desarrolla el intelecto, obliga a desarrollar capacidades de atención, concentración y memoria, comunica o transmite conocimientos y emociones, y todo esto también lo consiguen diferentes recursos audiovisuales si se usan adecuadamente. Por ello, ambos universos, digital y emocional, se complementan y ayudan mutuamente en un intercambio mutuo de ideas y temáticas, de nuevos mundos con los que el ser humano crece como persona.

*El presente artículo pertenece al libro LAS TIC EN EL AULA DESDE UN ENFOQUE MULTIDISCIPLINAR. APLICACIONES PRÁCTICAS.  EDITORIAL OCTAEDRO S. L., BARCELONA, 2013. R. Cózar y Mª. V. De Moya (coords.). Págs.  13-28

María del Valle de Moya Martínez y Ramón Cózar Gutiérrez 

Tercera Parte