Concierto de Año Nuevo con Christian Thielemann en Viena: distinción germánica

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Concierto de Año Nuevo con Christian Thielemann en Viena: distinción germánica
Concierto de Año Nuevo con Christian Thielemann en Viena: distinción germánica

La 78ª edición del Concierto de Año Nuevo ha supuesto el debut de Christian Thielemann, el primer germano en dirigir este concierto al frente de la Filarmónica de Viena desde la, una vez más, flamante y adornada Sala Dorada de la Musikverein. Pese a este singular detalle, el berlinés ya ha trabajado durante dos décadas con la orquesta, por lo que la complicidad entre ambos ha quedado manifestada desde el primer instante. El concierto más presenciado por televisión en todo el mundo ha contado de nuevo con la cuidada e irreprochable realización de la ORF, que no obstante este año no ha mostrado como en precedentes el mil y un detalles decorativos de los dorados y cariátides de la rectangular sala de envidiable acústica, cuyo despliegue floral contabilizado en 30.000 unidades provenía como en ediciones anteriores del Departamento de Parques y Jardines de la Ciudad de Viena. Como curiosidad, las cámaras han mostrado imágenes de algunos asistentes de excepción, como el exsecretario general de la ONU, Ban Ki-Moon, el presidente de Austria, Sebastian Kurz, o el tenor peruano Juan Diego Flórez.

Thielemann, director de la Staatskapelle de Berlín, director musical del Festival de Bayreuth, y director artístico del Festival de Pascua de Salzburgo, ha marcado su fuerte impronta musical teutona canalizada en una personalidad en apariencia seria y adusta, a los valses, polcas y marchas de toda la familia Strauss, en su gran mayoría de Johann hijo, así como de autores coetáneos a la dinastía vienesa como Carl Michael Ziehrer o Josef Hellmesberger (hijo). Particularmente numerosas han sido las polcas rápidas, en las que Thielemann se ha visto como pez en el agua, mostrándose suelto y relajado, imprimiendo toda la ideal flexibilidad y frenético impulso rítmico. Sin embargo, en el caso de los valses, siempre más elaborados y complejos de desgranar, el germano ha optado por la mesura, el control y el equilibrio riguroso en lecturas exquisitas y distinguidas, sin ningún tipo de excesos ni apasionamientos en el rubato, y sacando a relucir en gran parte de los casos su vena de director operístico y sus acusadas maneras germánicas.

El concierto comenzó con una novedad, la festiva Marcha Schönfeld de Ziehrer, uno de los menos conocidos rivales de Johann Strauss, que sirvió para calentar motores antes del vals Transacciones de Josef Strauss, que ha servido para conmemorar el 150 aniversario de las relaciones comerciales entre Austria (en aquel entonces, el Imperio Austrohúngaro) y Japón, una lectura atravesada por el carácter de poema sinfónico de la pieza, durante la cual la televisión austriaca nos mostraba imágenes de flores de cerezo en combinación con el curso de arroyos.

La exquisitez y el encanto tímbrico caracterizaron la Danza de los elfos de Hellmesberger, desgranada con sumo refinamiento por Thielemann, tras lo que contrastó radicalmente el pujante ritmo de la polca rápida Exprés de Johann. En el primer vals de la velada, procuró resultar evocadora la interpretación del cinegético e imaginativo Estampas del Mar del Norte, música de carácter insular escrita por Johann desde un retiro vacacional las islas Frisias. Desde su memorable y brumosa introducción lenta, Thielemann realizó una impecable transición al tempo de vals, debidamente marcado, rubateado y fraseado, que sirvió de precedente a la vibrante Con franqueo extra de Eduard Strauss, el benjamín de la saga del que posteriormente en la segunda parte se incluiría otra novedad, su polca francesa Soirée, tocada con todo su encanto y distinción.

Este concierto ha estado marcado por otra efeméride muy especial: los 150 años de la inauguración de la Ópera Estatal Vienesa en 1869, y en esta conmemoración ha tenido un especial protagonismo el elaborado documental de Felix Breiser que se ha ofrecido a los espectadores en el descanso, donde se ha podido disfrutar de varios ensayos de la opereta El murciélago, de óperas como Lucia di Lammermoor, La flauta mágica o El caballero de la rosa, y el ballet Raymonda de Glazunov, con la presencia de cantantes e integrantes del Ballet, regalando el privilegio de poder acceder a las numerosas salas, estancias y corredores del lujoso Palacio de la Ópera vienés, así como poder colarse entre bambalinas en el laborioso proceso de montaje de las escenografías o en los trabajos de utilería.

La segunda parte abrió con tintes teatrales, ya que Thielemann brindó una impecable lectura de la obertura de la opereta El barón gitano de Johann, separando muy adecuadamente el ambiente húngaro del puramente vienés. Y siguiendo con Johann hijo, acto seguido llegaba el vals La bailarina, como su propio título indica, una pieza más propia de ballet que un vals vienés en el sentido estricto. Precisamente el Ballet de la Ópera de Viena hizo su primera aparición en su vals Vida de artista, con otro planteamiento musical más sinfónico que netamente bailable, y en el que cinco parejas, con coreografía del joven Andrey Kaydanovskiy y con vestuario del debutante Arthur Arbesser, aportaron un toque fresco y desenfadado por medio de sus evoluciones en corredores y escenarios del Palacio de la Ópera. El coreógrafo ruso firma otra de sus creaciones de encanto adolescente para las trepidantes zardas de la única ópera de Johann, la injustamente fracasada Ritter Pasman, bailadas en el majestuoso Castillo de Grafenegg. Y de esa misma ópera de Johann Strauss se extrae el previo Eva-walzer. Antes habíamos escuchado Soirée de Eduard y el fulgor y la rapidez de la polca La bayadera de Johann.

Si el anteriormente aludido vals nos habla de Eva, la elegante polca mazurca de Johann Elogio de las mujeres, de tempo marcadamente lento y con rubateo por un Thielemann ya sonriente y totalmente desinhibido, exalta a un género, el femenino, al que la política de aperturismo de la Filarmónica de Viena está abriendo cada vez más la veda, llegando ya a representar el 20% de la plantilla orquestal, con once integrantes en este concierto entre violines, violas, flauta, flautín, fagot o arpa. La propia arpista, Charlotte Balzereit, por ejemplo, destacó por su finura en los arpegios acompañando a la orquesta en el vals Entreacto de Hellmesberger.

Thielemann, al que habíamos visto con batuta durante gran parte del concierto, decidió prescindir de ella en la lúdica y extrovertida Marcha egipcia de Johann, pieza humorística muy frecuente en los conciertos de Viena en relación con la inauguración del Canal de Suez en 1869, con el inevitable tarareo de los profesores de la orquesta en una de sus partes centrales, seguido con escucha atenta por parte del director alemán, cuya cara de condescendencia desde el podio, entre burla y seriedad, será uno de los iconos de todo este concierto. La última volvió en el magistral vals Música de las esferas de Josef, diseccionado con esmero no como un vals, sino a la manera de un sensacional poema sinfónico, lo que en parte es, con el que Thielemann realizó un guiño a su carrera directorial como uno de los mayores y mejores garantes de las óperas wagnerianas. 

El concierto concluyó muy gratamente con la polca (hiper) rápida ¡A paso de carga! de Johann y de esencias offenbachianas, y las dos propinas de rigor, El Bello Danubio Azul, donde hubo un medido rubato, y la participativa Marcha Radetszky, en la que Thielemann, bajado de su podio, premiaba su buen hacer a los espectadores con sus pulgares hacia arriba. Otro de los detalles a recordar en este ya histórico Concierto de Año Nuevo en Viena con el que Christian Thielemann, a su estilo y maneras prusianas, ha entrado de lleno en el Olimpo de los directores. Prosit Neujahr 2019.

Germán García Tomás