OW Por Gonzalo Roldán Crítica: Midsummer Night’s Dream» Sevilla
El Teatro de la Maestranza de Sevilla apuesta por uno de los títulos más extravagantes y experimentales dentro de la producción operística de Benjamin Britten: A Midsummer Night’s Dream (El sueño de una noche de verano), con libreto del propio Britten y de Peter Pears sobre la obra homónima de William Shakespeare. Es la primera vez que esta asombrosa adaptación lírica del clásico británico se representa en la Maestranza, compuesta en solo siete meses para inaugurar el teatro local de Suffolk, la patria chica de Britten. Ideada como una confluencia entre el mundo onírico y el humano, esta nueva puesta en escena reivindica un título que, bajo su apariencia de comedia fantástica, encierra una meditación compleja sobre el deseo, la identidad y el orden social. La obra fue estrenada con éxito en 1960 en el Festival de Aldeburgh, y concentra en tres actos un entramado dramático de notable precisión estructural, en el que cada plano —feérico, humano y burlesco— encuentra su correlato tímbrico y vocal.
La noche como arquitectura del deseo
La producción firmada por Laurent Pelly para la Ópera de Lille, vista ahora en Sevilla, apostó por una concepción escénica de innegable audacia visual. La noche dejó de ser mero marco atmosférico para convertirse en materia dramática. Una gran caja oscura, de límites imprecisos, funcionaba como espacio simbólico donde los cuerpos parecían suspendidos en una dimensión intermedia entre el sueño y la vigilia. El juego de luces y sombras —articulado con extrema sutileza— no se limitó a iluminar la acción, sino que la modeló psicológicamente. Los reflejos sobre un suelo especular multiplicaban el espacio y generaban una sensación de abismo cósmico; las constelaciones proyectadas, que cobraban vida en un dinámico movimiento de armonías sutiles, sugerían un orden superior frente al caos emocional de los personajes.

La iluminación de Michel Le Borgne, más que subrayar, sugería: se caracterizó por el uso de penumbras densas para el extravío amoroso, en ocasiones interrumpidas por destellos súbitos para la revelación, la magia o el engaño. Este planteamiento evitó cualquier tentación naturalista del bosque shakespeariano, optando por una abstracción que reforzaba la atemporalidad del discurso. El vestuario, por su parte, estableció con claridad las tres esferas dramáticas: estilización casi irreal en blanco y negro en el mundo feérico, la progresiva descomposición visual en los amantes ataviados por pijamas y un trazo caricaturesco —sin caer en la vulgaridad— en los ciudadanos rústicos, tanto durante la preparación de la comedia como en su representación final. Laurent Pelly y Jean-Jacques Delmotte han pretendido con esta concepción estética que la caracterización no fuera decorativa, sino dramatúrgica: cada tejido, cada volumen, contribuía a la definición psicológica de los personajes.
Hay que mencionar, así mismo, el acierto coreográfico de todos los elementos sobre el escenario. Si las luces subrayaban las acciones, no menos eficaces fueron los elementos escénicos y el atrezzo: el hábil uso de las camas para sugerir la ensoñación de los enamorados, las grúas y arneses que suspendían a Oberón, Tytania y Puck, la luna luminiscente del segundo acto – testigo mudo del amor entre la reina de las hadas y Bottom convertido en asno – o las lamparillas cenitales de las hadas contribuyeron a definir orgánicamente el espacio, el movimiento y los planos psicológicos dentro del oscuro cosmos. Audaz también fue el juego de espejos usado como fondo de escenario, que por momentos rompía la cuarta pared e incluía al público en la escena.

En el plano musical, la representación evidenció la exigencia técnica de una partitura que oscila entre el lirismo expansivo y una declamación próxima al sprechgesang, siempre supeditada al texto. Britten sitúa la palabra en el centro del discurso, y esa primacía requiere intérpretes capaces de articular con claridad fonética sin sacrificar la línea de canto. Bajo la dirección minuciosa y flexible de Corrado Rovaris, la Real Orquesta Sinfónica de Sevilla ofreció una lectura de notable transparencia tímbrica. Rovaris comprendió la arquitectura interna de la obra, subrayando la diferenciación instrumental entre los tres mundos sin fragmentar la continuidad dramática. La cuerda, de sonido aterciopelado en los pasajes de los amantes, contrastó con la incisiva presencia de arpa, celesta y percusión en el ámbito feérico, mientras los metales aportaban el matiz irónico en las escenas de los comediantes. El equilibrio entre foso y escena fue ejemplar, permitiendo que el texto emergiera con nitidez.
Xavier Sabata encarnó un Oberón de refinada línea y emisión homogénea, evitando el exceso afectado en favor de una autoridad contenida. Si bien tuvo un frío comienzo, fue creciendo en potencia y claridad a menudo que su personaje se desarrollaba en escena; su fraseo, siempre apoyado en el legato, mostró especial elegancia en los pasajes de mayor introspección. Rocío Pérez, por su parte, ofreció una Tytania de deslumbrante agilidad, con coloratura precisa y timbre luminoso; en el monólogo del segundo acto, supo conjugar virtuosismo y abandono expresivo en una siempre elegante interpretación, dando sentido dramático a cada inflexión. Charlotte Dumartheray, como Puck, completó el elenco feérico con enorme maestría en la dicción y unas dotes actorales dignas de todo elogio; resolvió con naturalidad la dimensión hablada del personaje, integrando gesto y palabra en una presencia escénica ágil y orgánica.

El cuarteto de amantes, en el plano de las pasiones humanas, mantuvo un equilibrio notable. David Portillo (Lysander) destacó por un fraseo cuidado y una emisión franca, especialmente en los momentos de mayor tensión lírica. Heather Lowe (Hermia) aportó densidad tímbrica y solidez en el registro medio, proyectando con claridad los conflictos internos del personaje. Joan Martín-Royo (Demetrius) mostró firmeza y seguridad en la línea, mientras Aoife Miskelly (Helena) brilló por la luminosidad de su timbre, la belleza de sus pasajes líricos y la naturalidad de su declamación.
Entre los rústicos, David Ireland compuso un Bottom de eficaz comicidad, sustentada en una proyección sólida y un dominio consciente del tempo teatral; incluso cuando en el segundo acto cantó con la cabeza de asno – de impecable realización, firmada por Cécile Kretschmar – su interpretación fue clara y de una perfecta dicción e interpretación, dotando su canto de inflexiones y efectos que hacían más creíble su papel. Juan Sancho (Flute), Daniel Noyola (Quince), Thibault de Damas (Snug), Alexander Sprague (Snout) y Benjamin Bevan (Starveling) conformaron un conjunto compacto, bien empastado vocal y escénicamente disciplinado, que culminó en el hilarante pasaje de la comedia trágica de Tisbe y Píramo. Finalmente, la breve intervención de Tomislav Lavoie (Theseus) y Siân Griffiths (Hippolyta) aportó nobleza y autoridad sonora en su papel de anfitriones en el tercer acto. Mención especial merece la Escolanía de Los Palacios, preparada por Aurora Galán, en su realización del coro de hadas que acompaña a Tytania: su afinación precisa, una espléndida homogeneidad tímbrica y una sorprendente presencia escénica pese a la corta edad de sus miembros, fueron los elementos destacables de su actuación, que reforzó la ambigüedad entre inocencia y severidad que Britten asigna al mundo feérico.

Con este montaje, el Teatro de la Maestranza confirmó que El sueño de una noche de verano no es sólo una fantasía luminosa, sino una obra de arquitectura minuciosa en la que la noche funciona como espejo del deseo humano. La audacia del planteamiento visual, unida a la coherencia musical y vocal del conjunto, ofreció al público sevillano una velada de alto nivel artístico, fiel al espíritu de Britten y a la complejidad poética de Shakespeare.
Sevilla (Teatro de la Maestranza), 14 de febrero de 2026. A Midsummer Night’s Dream / El sueño de una noche de verano (1960), ópera en tres actos de Benjamin Britten con libreto de Benjamin Britten y Peter Pears
Dirección musical: Corrado Rovaris
Dirección de escena: Laurent Pelly (reposición de Luc Birraux). Vestuario: Laurent Pelly Jean-Jacques Delmotte Bettella. Iluminación: Michel Le Borgne. Diseño de escenografía: Laurent Pelly y Massimo Troncanetti.
Reparto: Xavier Sabata (Oberón), Rocío Pérez (Tytania), David Portillo (Lysander), Heather Lowe (Hermia), Joan Martín-Royo (Demetrius), Aoife Miskelly (Helena), Charlotte Dumartheray (Puck) David Ireland (Bottom), Juan Sancho (Flute), Daniel Noyola (Quince), Thibault de Damas (Snug), Alexander Sprague (Snout), Benjamin Bevan (Starveling), Tomislav Lavoie (Theseus), Siân Griffiths (Hippolyta), Andrea Carpintero (Telaraña), Julia Rey (Flor de Guisante), Paula Ramírez (Grano de Mostaza) y Kenia Murton (Polilla).
Real Orquesta Sinfónica de Sevilla
Escolanía de Los Palacios (Aurora Galán, directora)













