Crítica: «Aida» clausura el Festival de Granada

OW                                                                                      Por Gonzalo Roldán Herencia

Pocas óperas resumen con tanta claridad la doble naturaleza del teatro verdiano como AidaConcebida para impresionar por la grandiosidad de sus escenas corales y orquestales, la obra termina encontrando su verdadera dimensión en un drama íntimo donde el amor, el deber y el poder se enfrentan de forma inexorable. Esa capacidad para conciliar monumentalidad y emoción explica que continúe siendo una de las grandes referencias del repertorio y justifica plenamente la decisión del Festival Internacional de Música y Danza de Granada de clausurar su edición de este año con una nueva producción de la obra maestra de Giuseppe Verdi. Tras el éxito obtenido el pasado año con La traviata, el Festival confirma así su voluntad de convertir la despedida de cada edición en una celebración de la gran ópera.

Procedente del Teatro de la Maestranza de Sevilla y presentada en Granada en versión de concierto, la propuesta encontró en el Palacio de Carlos V un escenario cuya personalidad arquitectónica terminó integrándose de forma natural en la propia representación. La ausencia de escenografía y vestuario apenas supuso una limitación, pues la monumentalidad del recinto y la inteligente disposición de los intérpretes bastaron para construir un espacio dramático plenamente eficaz. Los pequeños gestos teatrales de los solistas, unidos a una cuidada organización espacial del coro y de la orquesta, evitaron cualquier sensación de estatismo y permitieron que la acción conservara una apreciable continuidad narrativa.

Un momento de «Aida» en Granada / Foto: Lucía Rivas

Desde el podio, Dominic Limburg firmó una dirección de notable madurez musical. Su lectura subrayó, por encima de todo, la dimensión teatral de la partitura. Los grandes contrastes dinámicos fueron administrados con naturalidad, el discurso mantuvo siempre una respiración amplia y los equilibrios entre foso y escenario permitieron que las voces se desenvolvieran con absoluta comodidad. Más allá de la claridad del gesto, llamó especialmente la atención la sensación de control permanente que transmitió durante toda la representación, anticipando cada transición dramática con una precisión que otorgó cohesión a un aparato musical de extraordinaria complejidad.

La Real Orquesta Sinfónica de Sevilla respondió con un sonido compacto, flexible y cuidadosamente equilibrado. Las cuerdas mostraron una apreciable riqueza tímbrica, las maderas aportaron refinamiento en los episodios más líricos y los metales desplegaron toda la brillantez exigida por la partitura sin comprometer nunca la transparencia del conjunto. Especialmente eficaz resultó el aprovechamiento de la galería superior que rodea el Palacio de Carlos V, desde donde las intervenciones de la sección de metales ampliaron la profundidad espacial de las escenas ceremoniales y reforzaron el carácter monumental de la obra.

Uno de los pilares fundamentales de la representación fue, sin duda, el Coro del Teatro de la Maestranza, preparado por Íñigo Sampil. En una ópera donde la escritura coral constituye un elemento esencial del desarrollo dramático, la formación sevillana ofreció una actuación de extraordinaria cohesión, impecable afinación y ejemplar claridad en la dicción. La escena triunfal del segundo acto evidenció la amplitud de su rango dinámico y la disciplina colectiva alcanzada por el conjunto, mientras que los pasajes de carácter religioso adquirieron una sonoridad solemne que reforzó decisivamente el clima ceremonial concebido por Verdi. El excelente trabajo desarrollado por Sampil volvió a situar al coro entre los grandes referentes del panorama coral español.

El reparto reunido para la ocasión respondió con notable homogeneidad a las exigencias de una partitura donde el equilibrio entre los personajes resulta decisivo. Francesco Meli volvió a demostrar por qué figura desde hace años entre los grandes intérpretes verdianos de nuestro tiempo. Su Radamés destacó por la nobleza del timbre, la elegancia del fraseo y una autoridad interpretativa construida desde la experiencia, alejándose de cualquier exhibicionismo para ofrecer un personaje de notable profundidad humana. La sustitución de última hora de la protagonista inicialmente anunciada situó sobre Olga Maslova la responsabilidad de asumir el complejo papel de Aida. La soprano rusa resolvió el reto con seguridad y solvencia, afrontando con firmeza tanto las dificultades vocales como la intensa dimensión emocional del personaje. Su interpretación permitió dibujar con credibilidad el conflicto permanente entre la fidelidad a su patria y el amor por Radamés.

Ketevan Kemoklidze encontró en Amneris uno de los personajes mejor construidos de la velada. La amplitud del registro central, el color oscuro de la voz y una creciente intensidad dramática permitieron perfilar una princesa dominada por la pasión, los celos y el remordimiento, alcanzando sus momentos más logrados en la gran escena del juicio y en el sobrecogedor desenlace del cuarto acto. Entre los demás personajes de la trama sobresalió especialmente Inho Jeong, cuyo Ramfis aportó la autoridad ceremonial indispensable para sostener el componente ritual de la obra. Su sólida emisión grave reforzó la presencia del sumo sacerdote en cada una de sus intervenciones. Fabián Veloz compuso un convincente Amonasro, de noble línea vocal y adecuada intensidad dramática, mientras que Manuel Fuentes resolvió con solvencia su breve intervención como el Rey de Egipto. Patricia Calvache aportó delicadeza y pureza tímbrica a la Gran Sacerdotisa, y Néstor Galván convirtió su breve aparición como Mensajero en una intervención particularmente cuidada gracias a la brillantez de la emisión y la claridad de la dicción.

La cálida acogida dispensada por el público confirmó el éxito de una representación que supo aprovechar las excepcionales posibilidades acústicas y espaciales del Palacio de Carlos V para ofrecer una versión de concierto de notable fuerza teatral. La prolongada ovación final reconoció tanto el elevado nivel del conjunto musical como el compromiso de un reparto que respondió con solvencia a las extraordinarias exigencias de la partitura.

Más allá del brillante resultado de esta representación, la velada volvió a recordar que la permanencia de la obra maestra de Verdi no descansa únicamente en la espectacularidad de sus grandes escenas colectivas, sino en la capacidad de convertir un conflicto profundamente humano en una reflexión universal sobre el poder, el amor y el sacrificio. Cuando esa dimensión dramática encuentra el respaldo de una dirección musical inspirada, un coro de semejante categoría y un reparto equilibrado, la ópera trasciende el acontecimiento concreto para convertirse en una verdadera experiencia artística.

Con esta Aida, el Festival Internacional de Música y Danza de Granada cierra su 75ª edición reafirmando una línea artística que, como en su día manifestaba su director Paolo Pinamonti, busca el situar también la gran ópera entre los acontecimientos centrales de su programación. 


Granada (Palacio de Carlos V), 12 de julio de 2026.  Aida, ópera en cuatro actos de G. Verdi (versión de concierto). 

Dirección Musical: Dominic Limburg.    Real Orquesta Sinfónica de Sevilla.  Coro del Teatro de la Maestranza (Íñigo Sampil, director del coro. 

Reparto: Olga Maslova (Aida), Francesco Meli (Radamés), Ketevan Kemoklidze (Amneris), Inho Jeong (Ramfis), Fabián Veloz (Amonasro), Manuel Fuentes (El Rey), Néstor Galván (Mensajero) y Patricia Calvache (Gran Sacerdotisa).