Las noches de estreno tienen el atractivo irresistible de la primicia, pero a menudo arrastran cierta tendencia a la irregularidad. La presión de los medios, el peso de la primera impresión sobre el público y, en no pocas ocasiones, cierta falta de rodaje —cuando no de ensayos— suelen convertir estas funciones en terrenos inestables. Y eso fue, en buena medida, lo que ocurrió con la primera representación de Eugene Onegin en la Metropolitan Opera.

Nos encontramos con un elenco de cantantes jóvenes encabezado por Asmik Grigorian, de gran compromiso escénico y con actuaciones actorales sobresalientes, pero en el plano musical faltó ese “algo especial” que convierte la ópera de Pyotr Ilyich Tchaikovsky en una experiencia verdaderamente memorable.
El debut en el Met del director ruso Timur Zangiev dejó una impresión algo deslabazada, con bastante desorden, sobre todo en el primer acto, donde la magia melódica de Chaikovski no conseguía fluir con naturalidad. La sensación era de una orquesta que no terminaba de respirar unida, de un discurso fragmentado. Hubo que esperar a la escena de la carta del segundo acto para que las piezas empezaran a encajar, en un momento mejor resuelto por el joven maestro moscovita, más atento al canto y con mayor control del pulso dramático.
La producción de Deborah Warner sigue siendo uno de los grandes activos del Met. El montaje transmite con eficacia la atmósfera del universo de Alexander Pushkin, aunque da la impresión de agotarse progresivamente en ideas según avanza la acción. Con todo, está bien trazado el arco que va desde la hacienda campestre y provinciana de los Larin hasta una San Petersburgo lujosa, fría, distante e incluso inhospitalaria, lo que resulta una clara alegoría del desarrollo psicológico de la protagonista.
El papel de Tatiana vuelve a confirmarse como una trampa para sopranos. Si hace unos años veíamos a Ailyn Pérez pinchar en este rol, en esta ocasión Asmik Grigorian ofrece una Tatiana de fuerte personalidad, no carente de cierto hieratismo, incluso con un enfoque acaso feminista.

Ahora bien, en lo vocal la interpretación queda algo coja. Grigorian posee técnica y medios suficientes para desarrollar una Tatiana más en estilo romántico, con ese lirismo inflamado que la partitura pide casi a gritos. Su escena de la carta, espléndidamente cantada desde el punto de vista técnico, resultó, sin embargo, bastante sosa en lo expresivo. Su propuesta parece responder más a una elección estética que a una limitación técnica, aunque en todo caso el resultado es dudoso. El público respondió con un largo aplauso, pero quedó esa sensación agridulce de oportunidad perdida.
Tampoco terminó de convencernos el Onegin del barítono Iurii Samoilov. Se trata de un cantante musical y atento, pero con un instrumento aún por desarrollar: frases sin cuerpo ni centro reseñables, agudos engolados y graves sedosos y de cierta indudable calidez tímbrica pero sin la proyección necesaria para una sala como la del Met.
Muy distinta fue la impresión que dejó el Lensky del tenor Stanislas de Barbeyrac, probablemente la voz más interesante de la noche. Su interpretación fue apasionada y romántica, como es menester, cantada con arrojo y una implicación sincera. Se apreciaron agudos algo abiertos, pero bien controlados y con brillo, una media voz sensual y descensos al registro de pecho de notable impacto dramático.

Su evolución hacia papeles más pesados —quizá más impulsada por la industria que por la propia evolución natural de la voz— deja interrogantes, pero su rendimiento actual sigue siendo más que notable.
Entre los secundarios, destacó la Olga de la mezzo Maria Barakova, muy bien cantada, aunque algo desgarbada en escena. Especialmente emotivo resultó el Príncipe Gremin de Alexander Tsymbalyuk, dueño de un instrumento oscuro, cremoso y denso, algo cargado de gola, con esa sinuosa guturalidad eslava, administrado con elegancia y nobleza. También cumplió con gran solvencia la veterana Larissa Diadkov, que repetía como Filippyevna, mientras que Tony Stevenson aprovechó su momento como Monsieur Triquet.

En conjunto, la noche de estreno de Eugene Onegin dejó ver el potencial del reparto y confirmó la vigencia del montaje, pero evidenció también la necesidad de mayor cohesión musical y arrojo vocal. Porque en Eugene Onegin, ese “algo especial” no es un lujo: es la esencia misma de la obra.
★★★★☆
Metropolitan Opera de Nueva York, a 20 de abril de 2026. Eugene Onegin, ópera en tres actos con música de Piotr Ilich Tchaikovski (1879) y libreto en ruso de Konstantín Shilovski y Modest Tchaikovski, hermano del compositor, basada en la novela homónima en verso de Aleksandr Pushkin, publicada en 1831.
Dirección Musical: Timur Zangiev. Orquesta y coro de la Metropolitan Opera (director del coro: Tilman Michael). Producción: Deborah Warner, Diseño escénico: Tom Pye, Vestuario: Chloe Obolensky, Iluminación: Jean Kalman, Proyecciones: Ian William Galloway y Finn Ross, Coreógrafa: Kim Brandstrup, Dirección del Revival: Paula Williams.
Reparto: Asmik Grigorian, Maria Barakova, Elena Zaremba, Larissa Diadkova, Remy Martin, Stanislas de Barbeyrac, Iurii Samoilov, Ben Brady, Tony Stevenson, Richard Bernstein, Alexander Tsymbalyuk.













