Crítica: «Carmen» en Ópera de Oviedo

OW  Por Pablo Álvarez Siana Crítica: «Carmen» Ópera Oviedo

Último título de la LXXVIII Temporada de Ópera de Oviedo, la eterna cigarrera sevillana, Carmen de Bizet —también la de Mérimée—, cima de la ópera francesa y una de las mayores obras maestras del teatro cantado de todos los tiempos. Un título imprescindible para asegurar una buena respuesta del público, no solo por su popularidad, sino también por la abundancia de melodías universalmente reconocibles. Regresaba al coliseo ovetense por decimocuarta vez desde 1894 (recuerdo personalmente la de 1984 con Carreras y Obratzsova), representada ahora en versión de opéra-comique, al recuperar los diálogos hablados del propio Bizet en el estreno parisino de 1875, dentro de una producción del Auditorio de Alicante firmada por Emilio Sagi en un título que nunca es inocente ni sencillo. Crítica: «Carmen» Ópera Oviedo

Una escena de «Carmen» en Oviedo / Foto: Iván Martínez

El libreto de Halévy y Meilhac, inspirado en Mérimée, nos narra la historia de una mujer nómada y hedonista que, por encima de todo, ama su independencia y su libertad —reivindicada insistentemente a lo largo de la ópera—, y que hoy calificaríamos como una “mujer empoderada”. Y aunque todos sabemos que su historia de amor fatal termina en tragedia, en pleno siglo XXI seguimos despertándonos con demasiada frecuencia con crímenes similares, que parecen no tener fin.

Fiel a sí misma, Carmen rechaza la esclavitud que Don José le propone desde esta partitura exquisita y luminosa, como repite la protagonista y cita Sagi en el programa: «Ha nacido libre y libre morirá». Carmen es mito, espejo y herida abierta, y el público ovetense lo sabe. En la prensa local, el hijo predilecto de la capital afirmaba haberla despojado del ornato para buscar lo esencial de una mujer que —insistía— «no es ninguna puta, es una mujer que quiere ser libre». Crítica: «Carmen» Ópera Oviedo

Una escena de «Carmen» en Oviedo / Foto: Iván Martínez

Su propuesta, de escenografía sobria y eficaz diseñada por Daniel Bianco, se articula en torno a un espacio único —un coso simbólico de albero rojo— que en realidad es granza, una especie de arena de goma que, como explicaba días antes el propio Emilio Sagi, “no mete ruido ni suelta ácaros ni polvo, y es muy higiénica; aquí hay tantas peleas que es estupendo para tirarse al suelo”. Este espacio funciona como metáfora de encierro, destino y violencia anunciada, con un atrezzo limitado a sillas y mesas que se transforman en plaza, taberna, paraje montañoso o coso taurino, siempre bajo el dominio del rojo que lo invade todo: pasión, sangre, advertencia…

La iluminación de Eduardo Bravo, con sus bombillas que suben y bajan, siempre muy cuidada, junto a las videoproyecciones de Pedro Chamizo —destaca una hermosa noche de luna llena—, hoy ya imprescindibles y enriquecedoras en este tipo de puestas en escena sencillas y eficaces (si se me permite el oxímoron, la “complejidad de lo sencillo”), completan un marco visual que, sin deslumbrar, acompaña con inteligencia el desarrollo dramático, subrayando momentos de gran belleza como la taberna de Lillas Pastia o el clima ominoso del cuarto acto.

Sagi anticipa la tragedia y subraya, desde el segundo acto, la violencia latente de Don José hacia Carmen, sin renunciar al tono ligero y casi burlón que Bizet y sus libretistas reservaron para los personajes secundarios, como en la escena de las cartas. Las coreografías de Nuria Castejón, siempre orgánicas y reconocibles, extensibles incluso a los cantantes, aportan un andalucismo estilizado que evita el folclorismo fácil. Destaca el entreacto danzado, de notable fuerza simbólica y sin taconeo: se baila sobre las mesas, brillan tanto el cuerpo de baile como el bellísimo solo de Juan Pedro Delgado, un torero con capa, lleno de plasticidad y tronío.

Una escena de «Carmen» en Oviedo / Foto: Iván Martínez

En el plano vocal, la más aplaudida de la noche fue la mezzosoprano brasileña Marcela Rahal, debutante en la Ópera de Oviedo, que construyó una Carmen de gran presencia escénica y generoso caudal vocal, aunque con fraseos a veces más cortados de lo deseable. En la célebre habanera «L’amour est un oiseau rebelle» mostró alguna respiración excesiva, pero su progresión dramática fue innegable, del blanco al rojo, culminando en un cuarto acto de intensidad y convicción.

El tenor italoestadounidense Leonardo Capalbo, también debutante en Oviedo y sustituto del inicialmente previsto Antonio Corianò, asumió el ingrato reto de Don José con entrega absoluta, dibujando un personaje extremo, obsesivo y sin redención. De instrumento potente y expresivo, aunque con fraseo precipitado y algunos agudos forzados que restaron matices a un rol que exige tanto lirismo como contención, resultó histriónico por momentos. La violencia del personaje se reflejó en una voz que solo logró el pianissimo recurriendo a un falsete poco agraciado en la esperada «La fleur que tu m’avais jetée», poco sentida.

La soprano italiana Francesca Sassu ofreció una Micaela correcta, pero algo limitada en vuelo, proyección y color, con un vibrato que afea los agudos. El barítono ubetense Damián del Castillo defendió con solvencia su debut como Escamillo: elegante, sin buscar la rotundidad, de gran presencia escénica y buen empaste en el “duelo” con Don José, una buena faena de aliño en una plaza que conoce bien.

Sólidos los papeles secundarios, con un Zúñiga especialmente acertado del bajo tinerfeño Jeroboám Tejera, tanto en lo vocal como en lo escénico, y una Mercedes eficaz, presente y convincente de la mezzosoprano barcelonesa Anna Gomà. La Frasquita de la soprano madrileña Inés Ballesteros quedó más opacada en volumen y, ya en el trío femenino del tercer acto, no empastó todo lo deseado.

Mantuvieron homogeneidad vocal y abanico tímbrico los dos barítonos —el Morales del mexicano Emmanuel Franco y el Le Dancaïre del cordobés Javier Povedano— junto al Remendado del tenor catalán Josep Fadó, todos ellos muy bien en escena y logrando un conjunto compacto en el quinteto del segundo acto.

Cabe destacar, como ya es habitual, el excelente trabajo del Coro Intermezzo dirigido por Pablo Moras, con algún desajuste puntual con el foso, pero sólido en conjunto y especialmente eficaz como cigarreras y bandoleros. De afinación intachable, proyección precisa y empaste global, sumaron una escena que, con su movimiento, engrandeció esta producción “minimalista”, manteniendo una acción dramática que no decayó en ningún momento.

Del Coro Infantil de la Escuela de Música Divertimento, solo elogios: no solo aportan frescura y cohesión a la propuesta, sino que son verdaderos artistas en escena desde su primera aparición en el cambio de guardia. Profesionales desde el juego con las espadas de palo hasta el desfile torero entre “los mayores”, con un empaste y afinación fruto de un trabajo previo riguroso, bien conducido por Cristina Langa.

En el foso, el avilesino Rubén Díez condujo a la Oviedo Filarmonía con atención al equilibrio entre escena y orquesta. Destacaron los preludios —impecable el inicial y especialmente bello el del tercer acto—, de sonoridad presente y musicalidad plena, con el arpa de Domené junto a la flauta de Mercedes Schmidt. También brillaron los pasajes orquestales, pese a los ya mencionados desajustes puntuales, casi inevitables en una obra compleja de equilibrar. Siempre respetando el protagonismo vocal, la lectura fue serena y bien coordinada entre secciones, logrando que la función fluyera con solidez.

El público, casi completando el aforo en esta tercera función, respondió con entusiasmo creciente y ovaciones finales. Son títulos que atraen, y un reparto más o menos equilibrado, aunque sin grandes figuras, contribuye al éxito en taquilla.

Carmen cerraba la temporada ovetense —queda aún una cuarta función el próximo sábado, precedida del “viernes de ópera” con un sugerente segundo reparto— dejándome sensaciones encontradas, pero confirmando que esta obra, tantas veces representada, sigue interpelándonos con la misma crudeza: la libertad (que siempre tiene su precio), el deseo y la violencia, que continúan bailando peligrosamente juntos sobre la arena roja del escenario. «Carmen» Ópera Oviedo


Oviedo (Teatro Campoamor), 4 de febrero de 2026, 19:30 horas. LXXVIII Temporada de Ópera. G. Bizet (1838-1875): Carmen, Opéra comique en cuatro actos, con libreto de Henri Meilhac y Ludovic Halévy, basado en la obra homónima de Prosper Mérimée (1845, rev. 1846). Estrenada en la Opéra Comique de París, el 3 de marzo de 1875. Producción del Auditorio de Alicante. Crítica: «Carmen» Ópera Oviedo

Dirección musical: Rubén Díez. Dirección de escena y diseño de vestuario: Emilio Sagi

Diseño de escenografía: Daniel Bianco – Diseño de iluminación: Eduardo Bravo – Coreografía: Nuria Castejón – Diseño videoproyección: Pedro Chamizo – Dirección del coro: Pablo Moras – Dirección del coro infantil: Cristina Langa

Elenco: Marcela Rahal, Carmen. Francesca Sassu, Leonardo Capalbo, Damián del Castillo, Jeroboám Tejera, Emmanuel Franco, Javier Povedano, Josep Fadó, Inés Ballesteros, Anna Gomà.

Coro Infantil Escuela de Música Divertimento. Coro Titular de la Ópera de Oviedo. Orquesta Oviedo Filarmonía. Crítica: «Carmen» Ópera Oviedo