Crítica: Concierto de Año Nuevo en el Teatro de la Zarzuela

OW  Por Federico Figueroa Crítica: Concierto Año Nuevo Zarzuela

El Teatro de la Zarzuela ha inaugurado 2026 con un Concierto de Año Nuevo que, más allá del ritual festivo, quiso reivindicar una dimensión a menudo relegada del género: su profunda y fértil relación con Hispanoamérica. La propuesta, articulada como un viaje de ida y vuelta entre ambas orillas del Atlántico, combinó páginas muy populares del repertorio español con fragmentos poco frecuentados —cuando no prácticamente desconocidos— de la zarzuela compuesta en el continente americano, ofreciendo así un panorama sugestivo, aunque no exento de contrastes.

Zayra Ruiz, Nancy Fabiola Herrera, José Miguel Pérez Sierra, Darío Solari y Andrés Presno / Foto: Gema Escribano

El mayor hallazgo del programa fue, sin duda, la presencia de varios números de El orgullo de Jalisco (1947), de Federico Moreno Torroba (1891 – 1982), obra escrita durante la estancia mexicana del compositor madrileño. En ella, Moreno Torroba logra una síntesis especialmente lograda entre su inconfundible lirismo castellano y elementos del folclore jalisciense, perceptibles tanto en el brioso y colorista Preludio como en el dúo “Por una tapatía”, donde asoman sin rubor ecos de ranchera y ritmos populares. La romanza de la Cristina (la protagonista de la obra) “¿Por qué a mí vuelve?”, con su delicado aire de habanera, subraya además la capacidad del compositor para integrar acentos americanos sin diluir su identidad estilística. Crítica: Concierto Año Nuevo Zarzuela

En esa misma línea de recuperación patrimonial se situaron la romanza “Nostalgia angustiosa”, de Chin Yonk (1895), del argentino Zenón Rolón (1856 – 1902) —curiosa amalgama de opereta europea y sabor rioplatense—, y el dúo “Allá en mi barco” de El lobo de mar (1909), de Francisco Payá (1856 – 19029), zarzuela de ambiente marinero escrita por el guipuzcoano afincado en Buenos Aires. A ellas se sumaron páginas ya consagradas del repertorio caribeño, como la célebre “¡Yo soy Cecilia!” de Cecilia Valdés (1932), de Gonzalo Roig (1890 – 1970) y «Mulata infeliz» de María la O (1930), de Ernesto Lecuona (1895 – 1962), ejemplo paradigmático de la gran zarzuela cubana, donde la habanera se convierte en vehículo de afirmación identitaria y teatralidad desbordante. El programa se completó con títulos canónicos del repertorio peninsular —El dúo de La Africana, Don Gil de Alcalá, La canción del olvido, El cabo primero o Luisa Fernanda— que sirvieron de contrapeso y recordatorio de la raíz española del género, aunque sin romper el hilo temático del concierto. Crítica: Concierto Año Nuevo Zarzuela

Nancy Fabiola Herrera / Foto: Gema Escribano

La mezzosoprano Nancy Fabiola Herrera actuó como eje vertebrador de la velada. Con una carrera ligada tanto al repertorio español como al hispanoamericano, la cantante canaria aportó experiencia escénica, musicalidad y una comprensión profunda de los estilos abordados. Aunque se percibió cierto desgaste en la emisión, su centro sigue siendo rico y expresivo, y su dominio del fraseo quedó patente tanto en la introspectiva “Nostalgia angustiosa” como en la expansiva y orgullosa salida de Cecilia, resuelta con carácter, presencia y comunicación directa con el público. En algunos momentos, no obstante, su voz quedó aplastada por la orquesta, un desajuste de balance que restó eficacia en pasajes más íntimos.

Darío Solari / Foto: Gema Escribano

Entre los cantantes invitados destacó el barítono uruguayo Darío Solari, con buena dicción y nobleza vocal, de emisión franca aunque en momentos demasiado abierta. El tenor Andrés Presno, también uruguayo, mostró un timbre hermoso y encomiable arrojo en los agudos. Estilísticamente correcto en “¡Tente, detén tu alado paso!” de Don Gil de Alcalá, su Javier de Luisa Fernanda resultó, en cambio, más plano y rutinario, falto de matices expresivos. La soprano mexicana Zayra Ruiz, de voz bonita que maneja con excesivo amaneramiento, deslumbró al público con “Yo quiero a un hombre” de El cabo primero y mostró una dicción apropiada; sin embargo, su gesticulación excesiva, casi caricaturesca, resta mucho a la seriedad de su canto. Su aproximación a “Mulata infeliz” de María la O resultó más discutible, tanto por el enfoque interpretativo como por un arreglo que desdibujó el carácter trágico de la romanza final de esta magnífica zarzuela.

Los números de conjunto fueron, paradójicamente, lo más atractivo y coherente de la noche. El dúo de El orgullo de Jalisco, el de El lobo de mar y, especialmente, la célebre escena de El dúo de La Africana funcionaron con eficacia teatral, buen empaste vocal y ritmo bien calibrado. Festiva y contagiosa resultó también la rumba “¡Popa!” de La camagüeyana, de Eliseo Grenet (1893 – 1950), un guiño al teatro musical cubano de los años treinta. Crítica: Concierto Año Nuevo Zarzuela

Andrés Presno y Zayra Ruiz / Foto: Gema Escribano

Al frente de la Orquesta de la Comunidad de Madrid, José Miguel Pérez-Sierra ofreció una dirección con más oficio que inspiración. Atento a los cambios estilísticos de un programa tan heterogéneo, cuidó menos el equilibrio con el caudal sonoro de las voces y las inflexiones con las que los cantantes deseaban rematar algunas frases. La orquesta respondió con profesionalidad, alcanzando uno de los momentos álgidos de la velada con el muy celebrado Danzón n.º 2 del mexicano Arturo Márquez (Álamos, 1950) interpretado con pulso rítmico, sensualidad y claridad tímbrica, desatando una cerrada ovación del público que llenaba el teatro. Debo señalar que esta pieza, que no forma parte de una zarzuela, es una de las obras de música mexicana de concierto más famosas en la actualidad, sólo por detrás del «Huapango» de José Pablo Moncayo. La pieza rezuma referencias al danzón tradicional, un baile de salón procedente de Cuba que se hizo muy popular en Veracruz y más tarde en Ciudad de México, donde aún sigue vigente.

En conjunto, el concierto cumplió con creces su objetivo divulgativo y simbólico: recordar que la zarzuela fue, y sigue siendo, un género viajero, mestizo y transatlántico. Queda, eso sí, la sensación agridulce de que el Teatro de la Zarzuela, en otros tiempos, abordó este tipo de propuestas con mayor ambición vocal y figuras de primerísimo nivel internacional. Entre el necesario rescate patrimonial y la excelencia artística, el equilibrio sigue siendo el gran reto.