Crítica: Concordia en clave americana, Nézet-Séguin y la Met Orchestra en el Carnegie Hall

Por Carlos J. López Rayward

El Carnegie Hall recibe cada invierno a The Met Orchestra durante el tradicional parón operístico de febrero, y en esta ocasión lo hizo dentro del festival United in Sound: America at 250, celebración del cuarto milenio de los Estados Unidos. Una efeméride un tanto agridulce para un país partido en dos que parece capaz de contentar tan solo a una mitad de su población. Los Estados Unidos atraviesan una visible decadencia política —más moral que institucional— cuyo origen se halla en su interior: ciudadanos divididos, atrincherados tras muros de inquinas, miedos e inseguridades. No es casual, por tanto, que iniciativas culturales como este festival insistan en la concordia y en el papel insustituible de la cultura para matizar diferencias, amalgamar voluntades y cerrar heridas.

Yannick Nézet-Séguin en el Carnegie Hall. Foto: Jennifer Taylor. Carnegie Hall
Yannick Nézet-Séguin en el Carnegie Hall. Foto: Jennifer Taylor. Carnegie Hall

Yannick Nézet-Séguin eligió para la ocasión un programa enteramente estadounidense, un itinerario que recorría el alma musical del país: la memoria afroamericana en Dawson, la nostalgia doméstica en Barber y la vitalidad urbana en Bernstein.

Dawson: humanidad sin sentimentalismos

La velada se abrió con la “Negro Folk Symphony” de William L. Dawson, obra preciosa e injustamente olvidada por el repertorio. Si el siglo XX americano produjo sinfonías fundacionales —Still, Harris, Copland—, la de Dawson pertenece a esa rara categoría de partituras que no imitan Europa sino que la absorben para hablar con voz propia.

The Met Orchestra sonó aquí con más energía que mimo, desenfadada y expansiva, muy en la línea habitual de Nézet-Séguin. El director tensó el conjunto explorando los confines de la sonoridad orquestal hasta rozar la saturación en los fortissimi. La obra rebosa humanidad y la orquesta la asumió con abnegada apostura; sin embargo, la honda espiritualidad parecía soslayarse deliberadamente. La voz orquestal llegó recia y entregada, pero algo exánime, como si el director privilegiara el impulso vital sobre la contemplación interior.

Con todo, el tercer movimiento —O, Le’ Me Shine, Shine Like a Morning Star!— alcanzó una belleza cromática y una fuerza expresiva notables. Allí emergió el conocimiento profundo que Nézet-Séguin posee de su orquesta: los planos se equilibraron, las maderas respiraron con naturalidad y la percusión adquirió un carácter casi ritual. Fue el momento en que la obra habló con plenitud, no como documento histórico sino como experiencia viva.

Barber: el perfume de la memoria

La transición hacia “Knoxville: Summer of 1915” de Samuel Barber resultó ideal. Si Dawson mira a la memoria colectiva, Barber contempla la memoria íntima. Y lo hace a través de una escritura que exige a la orquesta convertirse en atmósfera antes que en discurso.

Yannick Nézet-Séguin e Isabel Leonard en el Carnegie Hall. Foto: Jennifer Taylor. Carnegie Hall
Yannick Nézet-Séguin e Isabel Leonard en el Carnegie Hall. Foto: Jennifer Taylor. Carnegie Hall

Aquí The Met Orchestra se hizo inmensa en su pequeñez: un acompañamiento exquisito, un suelo perfumado sobre el que Isabel Leonard paseó su arte. La mezzo aprovechó toda su gama de colores, desde las maderas cálidas del registro de pecho hasta el metal brillante de las notas altas, trazando un arioso suspendido entre lo dramático y lo intimista.

Todos conservamos en la memoria la versión incontestable de Leontyne Price, de hondura insondable. Leonard propuso otra vía: una lectura extática, casi alucinada, del texto de Agee. La ingenuidad infantil —esa celebración de la magia en lo prosaico— se convirtió en reflexión sobre identidad y pertenencia. La cantante volvió a demostrar su exuberante versatilidad, su elegancia arrebatadora y un gusto musical irreprochable. Leonard siempre conecta con cada obra; aquí lo hizo desde la fragilidad, no desde la solemnidad.

La orquesta, por su parte, confirmó su naturaleza de gran orquesta operística: con pulso y pulpa, con tempo y textura.

Bernstein: la ciudad y el sueño

Tras el descanso, Isabel Leonard cantó “Somewhere” de West Side Story, emocionando al público mediante el poder evocador de lo popular cuando se vuelve universal. No fue una canción: fue una plegaria civil. El fraseo evitó todo sentimentalismo fácil y buscó la pureza de línea, como si la melodía aspirara a convertirse en himno sin bandera.

El concierto concluyó con “Fancy Free”, primera colaboración de Bernstein con Jerome Robbins y retrato musical de la juventud neoyorquina en tiempos de guerra. Aquí la orquesta sonó en estilo. Nézet-Séguin dirigió con enorme expresividad y con una voluntad clara de arrollar al espectador mediante la fuerza de la música más que de recrearse en los detalles. Por momentos parecía un mero ejercicio de destreza orquestal; en otros, la conexión con el alma del compositor resultaba tan directa que casi parecía invocarlo sobre este escenario que lo consagró hace ochenta años.

Yannick Nézet-Séguin y The Met Orchestra en el Carnegie Hall. Foto: Jennifer Taylor. Carnegie Hall
Yannick Nézet-Séguin y The Met Orchestra en el Carnegie Hall. Foto: Jennifer Taylor. Carnegie Hall

La gélida noche neoyorquina impidió llenar el Carnegie Hall, pero el mensaje de unidad a través de la música se escuchó alto y claro. El programa fue más allá del catálogo de obras norteamericanas y tuvo algo de retrato moral: un mismo espíritu de libertad, memoria y convivencia vivido en las periferias y en la gran ciudad.

OW 


★★★★★

Carnegie Hall, a 4 de febrero de 2026. Yannick Nézet-Séguin, director de orquesta. Isabel Leonard, mezzosoprano.

Obras de William Dawson, Samuel Barber y Leonard Bernstein.