Crítica de Don Giovanni de Mozart. Madrid

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TODO UN ULTRAJE

Fecha: 3-IV-2013. Lugar: Teatro Real. Programa: Don Giovanni, dramma giocoso en dos actos de W.A. Mozart y libreto de L. Da Ponte. Intérpretes: Russel Braun (Don Giovanni), Anatoli Kotscherga (Il Comendatore), Christine Achäfer (Donna Anna), Paul Graves (Don Ottavio), Donna Elvira (Ainhoa Arteta), Kyle Ketelsen (Leporello), David Bizic (Masetto), Mojca Erdman (Zerlina). Coro y orquesta del Teatro Real: Intermezzo y Sinfónica de Madrid. Director de escena: Dmitri Tcherniakov. Director musical: Alejo Pérez.

Desde hacía bastantes días en los círculos liricos madrileños ya que comentaba que la versión de este Don Giovanni traería cola, y vaya que si le trajo, como quedó patente ante el estruendoso y casi unánime rechazo –sonoros abucheos, pataleos y muchas llamadas al espíritu de Da Ponte- que el pasado miércoles tuvo su estreno en el Teatro Real. Parece ser que al señor Tcherniakov no se le advirtió que en nuestro derecho positivo está penado el ultraje y que la premeditación y la alevosía constituyen conductas agravantes del delito. Imputados cooperadores necesarios de este fragrante atentado a la lírica, como expresos consentidores,  son los responsables máximos del Teatro Real, los señores Marañón y Mortier (el señor García-Belenger está puesto para dar sensación de control).

Resulta que los personajes tienen unos encuadres distintos a los que dispusieron Mozart y Da Ponte: doña Elvira es la mujer de don Giovanni, Zerlina es hija del primer matrimonio de doña Ana, don Octavio es el nuevo novio de doña Ana y Leporello (que juega al yo-yo y masca chicle mientras canta), en vez de criado de don Giovanni es un pariente pobre del Comendador. Y todo esto, variando incluso textos del libreto; es el parto el ruso don Dmitri, desde la presuntuosa “genialidad” de querer enmendar la plana al compositor y al autor del libreto. Pues, señor mío, escriba usted su propio texto sobre el burlador de Sevilla, encargue a un músico de los de ahora (esos especializados en rupturas de compases y ruidos) y haga usted su versión, que se añadirá a las 56 obras líricas que ya hay escritas sobre el personaje. No prostituya un monumento  de la genialidad. Encima, para colmo de males, la batuta de Pérez se doblegó al mandato escénico (es que de contrario no vuelve), presentándonos a un Mozart ramplón, con poca chicha y galopante en las arias. Por cierto, qué sustos nos dio el ruso. Cada vez que había un cambio de escena el telón de boca caía a golpe y una vez posado se nos proyectaban unos textos sobre el trasunto temporal del drama al estilo de las películas mudas. ¡Qué tomadura de pelo!. Eso no tiene nada que ver con abrirse a la cultura nueva, como dice esa progresía fatua y melosa con el poder, eso es venir a reírse a nuestra cara.  ¡Pobre Tirso de Molina!.

Pero vamos a lo mollar, a lo que interesa, a las voces. No hay duda alguna que Ainhoa Arteta es un verdadero animal escénico, dicho sea con la mayor bondad.  En este su verdadero debut  en el Real, como ella reconoce, se ha estado preparando desde julio del pasado año, incluso memorizando la obra mientras paseaba en bicicleta; trabajando, hasta dieciocho veces seguidas un determinado movimiento escénico con don Dmitri, a una media de siete horas diarias durante un mes largo; asimilando la dureza de la visión que de doña Elvira tenía Tcherniakov y trabajando con dureza la vocalidad mozartiana que es en verdad exigente. Antes de empezar la función estaba muy relajada y confiada en sus propias fuerzas (que son muchas); y cantó, en el segundo acto, un ‘Mi tradi’ impecable, tanto en la elegancia y potencia vocal, como en la expresividad empleada, pese a las complejas posturas corporales que el moscovita le obligó a adoptar. Los muchos y merecidos aplausos que recibió se cortaron de raíz con una de las bruscas caídas de telón. Fue la más aplaudida al final de la representación. Además tuvo la generosidad de mostrarse pesarosa por el abucheo y disconformidad que el respetable dio a alguno de sus compañeros de reparto.

                  Bien puede decirse que Don Giovanni desapareció en combate. Tcherniakov le hizo realizar, desde su obsesiva visión, un gran trabajo dramático, pero no le dejó cantar como está señalado en la partitura, sino que le impuso tener siempre  la voz en un permanente recitado y, claro, así no se puede; el público de tonto no tiene un  pelo. Hermosa la voz de Ketelsen y el resto del reparto estuvo en un notable justito. Tal era el malestar del respetable que el limitado coro que salió a escena, fue abucheado sin mucha justificación.

EMECE