Crítica de DVD: el Príncipe Igor vuelve al Met

196

Crítica de DVD: el Príncipe Igor vuelve al Met

Casi un siglo (desde 1917) ha tenido que esperar el Metropolitan Opera House de Nueva York para acoger la única ópera por la que es conocido el compositor ruso y químico de profesión Alexander Borodin, El Príncipe Igor, aunque con las revisiones y orquestaciones que realizaron tras la muerte de Borodin en 1887 su colega dentro del Grupo de los Cinco, Nikolai Rimsky-Kórsakov, y el alumno de éste, Alexander Glazunov, además de algunas adiciones de Pavel Smelkov.

Dos grandes directores del panorama lírico actual como son el ruso Dmitri Tcherniakov en la régie y el maestro italiano Gianandrea Noseda en lo musical han sido los artífices de esta nueva producción escénica en exclusiva para el Met bajo el sello Deutsche Grammophon y dentro del impecable ciclo cinematográfico Live in HD que lidera el propio coliseo de ópera neoyorquino, cuya representación concretamente se efectuó el 1 de marzo de 2014.

La propuesta escénica de Tcherniakov (un director muy comprometido con todos los proyectos operísticos que emprende) utiliza elementos de lo que puede considerarse una puesta en escena tradicional a la hora de plasmar el acusado componente popular ruso encarnado en la gran masa coral; al fin y al cabo, como tantas óperas nacionalistas rusas de finales del siglo XIX, El Príncipe Igor es un vasto fresco histórico que plasma esa sempiterna lucha de la gran madre Rusia por defender su identidad nacional como pueblo de los continuos ataques y amenazas procedentes de los imperios orientales. Además, el regista, incluye una plasmación onírica de los desvelos, dudas y alucinaciones del personaje protagonista respecto a su decisión de encarar unilateralmente a los enemigos de su pueblo, los polovtsianos. El mejor ejemplo de esto lo hallamos tras el prólogo de la ópera (un cuadro de fuerte exaltación nacional), nada más comenzar el primer acto, y a lo largo del mismo, donde asistimos a un visionado de crudas imágenes del campo de batalla como extraídas de una película en blanco y negro, en lo que se adivina procedentes del subconsciente del príncipe, que muestran la crudeza y la tragedia del conflicto bélico que ya ha acontecido, ocasionando la derrota de su ejército y el ser convertido él mismo en prisionero del Khan Konchak.

Quizá la mayor genialidad y acierto de toda la puesta en escena sea la escenografía diseñada por Tcherniakov para el acto primero: el gran campo de amapolas que es escenario en primer lugar de las pasiones amorosas de Konchakovna, la hija del Khan, con Vladimir, hijo de Igor, y cuando después el propio Konchak se presenta hospitalario al príncipe, y tras lo cual el influjo seductor y orientalizante de las celebérrimas Danzas Polovtsianas que cierran el acto se presenta en todo su esplendor ante los ojos del turbado Igor, mediante la plástica y onírica coreografía de Itzik Galili, revestida de cierto primitivismo, que opta por el coro fuera de escena. Por su parte, el cuidado vestuario de Elena Zaitseva acerca la acción a cánones más propios del siglo XX que al de épocas más pretéritas.

A nivel vocal, como ocurre con otras óperas rusas, El Príncipe Igor es ante todo una ópera para las voces graves (concretamente tres de los personajes importantes son bajos), y de la adecuación de éstas depende el buen desarrollo de la representación. En la presente producción se ha contado con un reparto que reúne las condiciones idóneas para ser calificado de excelente, ya que en su completa totalidad son intérpretes rusos o eslavos de origen y conocen a la perfección el repertorio de su país.

Comenzando con el rol titular, el bajo lírico Ildar Abdrazakov, uno de los cantantes de su cuerda que más proyección está teniendo actualmente a nivel internacional, es la suya una recreación de plena identificación con el personaje, tanto en lo musical como en lo teatral. A través de su poderoso carisma y aplomo escénico, asistimos a la evolución del personaje: desde su patriotismo en el prólogo, pasando por la conciencia de estar perdido en el acto primero, hasta sumirse en la más completa resignación en el acto tercero, ya convertido en la sombra de un líder derrotado, otrora carismático, que ha venido a menos por llevar a su pueblo (que a pesar de todo aún le espera y desea) a la más ignominiosa derrota. La voz, profunda y robusta, pero a la vez lírica y armónica, defiende con rigor y entereza los momentos sublimes que Borodin le destina en la partitura, como sus dos amplios monólogos, que el cantante ruso aprovecha con creces para recrear con una amplísima variedad de registros y matices expresivos el curso de sus desolados pensamientos.

La otra gran voz de bajo importante la encontramos en el Príncipe Galitsky, prototipo de sátrapa que aprovecha el vacío de poder para tomarlo por la fuerza de su más que dudosa legitimidad como hermano de Yaroslavna, la esposa de Igor. Mikhail Petrenko (quizá uno de los mejores Hundings del momento) posee una voz con mucho más poso y densidad vocal que la de Abdrazakov, y es en el tenso dúo con su hermana del segundo acto donde demuestra el nivel al que puede llegar a alcanzar su ansia de poder. Tampoco se queda atrás el Khan Konchak de Stefan Kocán, un personaje muy breve que hace su aparición en la escena final del acto primero y cuya participación sabe realmente a poco, pues es un placer escuchar la naturalidad en el fraseo de su voz amable de bajo profundo hasta descender a lo más profundo de su tesitura vocal en su única aria. Otra voz grave masculina que compite en profundidad con las voces precedentes es la cavernosa del bajo Vladimir Ognovenko como Skula, uno de los dos jugadores de goudok, que aunque personaje secundario, adquiere gran protagonismo en el devenir de los acontecimientos, en un primer momento apoyando el ascenso al poder de Galitsky tras la marcha de Igor al combate, y en el acto final, dando al pueblo ruso la buena nueva del retorno de Igor. Este decidido personaje de Skula siempre aparece en compañía de su fiel Yeroshka (encarnado por el tenor Andrey Popov, de voz un tanto estridente), los cuales, aunque claramente representativos del oportunismo en cuanto a posicionarse por su gobernante, otorgan el toque desenfadado y alcohólico, tan típicamente ruso, a la dramática acción. Por su parte, el tenor Sergey Semishkur como Vladimir Igorevich, personaje agradecido y no demasiado extenso, aporta la belleza de su material vocal en su aria del primer acto un tanto comprometida en la parte aguda, curiosamente una de las intervenciones solistas más aclamadas por el público neoyorquino durante toda la representación.

En el apartado femenino, las dos mujeres protagonistas de la ópera se apoyan en caracterizaciones diametralmente opuestas. Por un lado la esposa de Igor, Yaroslavna, encuentra en la soprano Oksana Dyka una vivísima plasmación de su condición de mujer fiel a su marido así como de su profunda fragilidad. Ambas cosas las expresa en sus dos monólogos, que encajan en simetría estilística con los de su marido, a pesar de que el segundo de aquélla tiene una definición musical mucho más melismática y folclórica. A pesar de ello, Dyka tendrá momentos de aplomo en el dúo con su hermano usurpador del trono de su marido y en la escena del consejo de los boyardos. Aunque recreación de gran dramatismo la de Dyka, el contraste expresivo lo encontramos en la mezzosoprano Anita Rachvelishvili, que da vida a un personaje enormemente seductor y pasional como es Konchakovna. A pesar de una ligera concesión para la contemplación en su aria de presentación, este personaje da oportunidad a la cantante para desplegar todo el potencial de su registro grave en el dúo con Vladimir del primer acto y en el tumultuoso terceto del último acto con Vladimir e Igor.

El Príncipe Igor no es sólo esa exuberancia oriental y sencillez melódica que destilan las Danzas Polovtsianas, que han dado la vuelta al mundo en popularidad. Musicalmente nos hallamos ante una ópera muy densa, de gran oscuridad orquestal, con abundancia del estilo declamatorio netamente ruso y apuesta por la expresión verista en detrimento de la belleza melódica (salvo contados momentos folclóricos). Algunas de estas circunstancias quizá hayan motivado que no se programe en los teatros líricos mundiales tan habitualmente como se debería. Por todo ello y su enorme extensión (cerca de tres horas de música), la ópera requiere de una batuta experta, que mantenga el pulso dramático, controle tensiones, domeñe amplios concertantes o defina climas y ambientes diferentes (que los hay en abundancia) a la hora de ofrecer múltiples matices y pinceladas en el color de la orquesta para describir los dos mundos musicales que coexisten, aunque enfrentados, en la ópera (el ortodoxo o netamente ruso y el oriental o polovtsiano). Todo ello lo consigue aunar Gianandrea Noseda, un director de una gran finura que demuestra conocer en profundidad los múltiples vericuetos melódicos y armónicos de una partitura riquísima en detalles musicales que casi hasta este mismo momento de la representación neoyorquina han permanecido ocultos tras la fama imperecedera de las danzas. El maestro italiano se apoya en una sólida y dúctil orquesta que responde en todo momento, sin amedrentar nunca a los verdaderos protagonistas vocales del cuadro histórico, que se ven cómodamente acompañados y mecidos por la delicada y atentísima batuta de Noseda, cuyos momentos de especial son las propias danzas y . El coro, en sus diversas figuras sociales como guardias, campesinos rusos, muchachas polovtsianas o boyardos, se adueña del fuerte espíritu ruso y mantiene una firmeza vocal que cohesiona y vehicula toda la representación.

El DVD se completa con varios extras de brevísimas entrevistas que realiza Eric Owens (presentador al comienzo de los actos) a los principales solistas, además de a Tcherniakov, Noseda y Donald Palumbo, maestro del coro. Destacar la satisfacción que supone descubrir que entre los subtítulos de los discos se incluya por una vez el castellano, para contrarrestar la barrera idiomática y entrar de lleno en el apasionante universo de esta ópera rusa.

Si hubiese que valorar con una nota el trabajo global de esta producción, la calificación sería sencillamente la de sobresaliente.

 

DVD. Prince Igor (Borodin). Dirección musical: Gianandrea Noseda. Dirección de escena: Dmitri Tcherniakov. Escenografía: Elena Zaitseva. Iluminación: Gleb Filshtinki. Coreografía: Itzik Galili. Reparto: Ilda Abdrazakov (Príncipe Igor), Oksana Dyka (Yaroslavna), Sergey Semishkur (Vladimir Igorevich), Mikhail Petrenko (Príncipe Galitsky), Stefan Kocán (Khan Konchak), Anita Rachvelishvili (Konchakovna), Mikhail Vekua (Ovlur), Vladimir Ognovenko (Skula), Andrey Popov (Yeroshka), Barbara Dever (nodriza de Yaroslavna), Kiri Deonarine (dama polovtsiana). Orquesta, coro y ballet de la Metropolitan Opera. Deutsche Grammophon, 2014. 2 DVD.

Germán García Tomás @GermanGTomas