Crítica de Idomeneo. Mozart. Londres

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José M. Irurzun

Covent Garden de Londres. 3 Noviembre 2014-11-04

La actual temporada de la Royal Opera House comenzó con reposiciones de producciones anteriores (Barbero, Anna Nicole, Rigoletto), siendo la primera nueva producción precisamente este Idomeneo con dirección escénica del austriaco Martin Kusej, del que ya he tenido oportunidad de ver otros trabajos en Munich y siempre se han caracterizado sus producciones por responder a eso tan de moda últimamente, que se conoce con el nombre de Konzept regie.

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Escena

Como no podía ser de otra manera, este Idomeneo es más de lo mismo, es decir consiste en prescindir de lo que diga el libreto y ofrecer el angelito de turno su propia versión. Mientras asistía a la representación no hacía sino acordarme de la famosa aria de Adriana Lecouvreur Io son l’umile ancella del genio creator, que no es sino la declaración de que el artista está al servicio del creador de la obra. Esto siempre ha sido así en lo que afecta a cantantes y directores musicales, que han interpretado lo que la partitura y el libreto dicen, tal como sus genios creadores lo concibieron. Sin embargo, no parece ser así para los directores de escena que en los últimos tiempos se ponen por montera al mencionado genio creador para corregirles o prescindir de ellos, según los casos y la soberbia del regista de turno. Seguramente, será que los demás artistas que intervienen en una ópera son intérpretes y solo ellos son creadores, es decir genios tan creadores como compositores y libretistas. Espero que muchos de ellos sean condenados por toda la eternidad a escuchar el aria de Adriana Lecouvreur.

Habrán ya adivinado mis amigos que Martin Kusej prescinde de la historia que Mozart puso en música y ofrece la suya propia. Nada de acontecimientos fantásticos ni sucesos mitológicos. Los troyanos son hechos prisioneros para ser liberados por Idamante, mientras Idomeneo está haciendo la guerra. Al regreso del Rey, el Gran Sacerdote le exige el sacrificio de Idomeneo por haber liberado a los presos troyanos. Que el libreto diga otra cosa, nada tiene que ver. ¿Recuerdan lo de l’aria dicea Giannina ma io dico Rosina? Pues eso. Posteriormente, los liberados troyanos se rebelan contra los cretenses y destronan a Idomeneo para colocar por la fuerza en el trono a la troyana Ilia e Idamante. Ni oráculos, ni monstruos marinos mandados por Neptuno. Simplemente, la revolución. La escena final de Idomeneo, dando gracias a los dioses y pidiendo a su pueblo que obedezca al nuevo rey Idamante, es patética, ya que el pueblo pasa por encima de Idomeneo, absolutamente derrotado por los acontecimientos. Dicha escena termina en un himno de alegría, Scenda amor, scenda Imeneo, que aquí no tiene ni el más mínimo sentido. Como último toque ridículo, Martin Kusej nos ofrece a Arbace, el confidente del Idomeno, como uno de esos rotos que hay por las calles pidiendo limosna, aquí con acordeón al hombro. Uno acaba por entender que lo destronen. Simplemente, por tonto.

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Escena

La escenografía (Annette Murschetz) consiste en un escenario giratorio, con unos elementos fijos por delante consistentes en una pared a la derecha y una gran puerta a la izquierda. Los decorados en el escenario giratorio no son sino más paredes, con algunos elementos de atrezzo añadidos. La acción parece traerse a tiempos actuales, a juzgar por el vestuario de Heide Kastler, que resulta interesante, llamando la atención los modelos de Elettra. Buena la iluminación de Reinhard Traub.

En la dirección musical estaba el francés Marc Minkowski, cuya presencia en el podio era para mí el principal punto de interés de estas representaciones. Su dirección ha sido francamente buena, delicada y apoyando a los cantantes. Se ha podido disfrutar de la música de Mozart, lo que no es poco. Se ha ofrecido la versión original, la que se estrenara en el Teatro Cuvillés de Munich en 1781, incluyendo el personaje de Idamante cantado por un contratenor, aunque no parece que Mozart quedó muy satisfecho, ya que enseguida sustituyó al castrado de turno por una mezzo soprano. Se incluyó al final la música de ballet, aunque algo recortada, que no deja de ser un petacho y un anticlímax, que únicamente puede tener sentido como tal ballet, lo que no fue el caso aquí, sino que nos ofrecieron unas vueltas del escenario giratorio con personajes estáticos, desde niños a mayores, pasando por los nuevos reyes sin y con sangre a sus pies. Sorprendentemente, se cortó la segunda de las arias de Arbace, sin duda la más difícil de las dos que escribió Mozart para el personaje. Hay que destacar la prestación de la Orquesta y del Coro de la Royal Opera House.

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Sophie Bevan y Matthew Polenzani

Idomeno fue interpretado por el tenor americano Matthew Polenzani, que fue sin duda el mejor cantante de todo el reparto. Su actuación escénica fue muy convincente, pero donde rayó a gran altura fue en su interpretación vocal, difícilmente mejorable. La voz es bella y homogénea y está muy bien manejada. Para ser un Idomeneo de época no le falta sino algo más de peso vocal, aspecto en el que me resultó un poco corto.

La presencia del argentino Franco Fagioli como Idamante me resultaba interesante de ante mano, ya que es uno de los contratenores de mayor tirón en la actualidad. Debo decir que su actuación me ha resultado en buena medida decepcionante y desde luego prefiero una mezzo soprano en el personaje. La voz de Franco Fagioli es más de un sopranista que de un auténtico contratenor y funciona sin problemas en el centro, pero las notas altas ofrecen un sonido muy adelgazado e insuficiente. Normalmente, los contratenores suelen destacar en el canto de agilidades, lo que también parece ser el caso del argentino, pero Idamante no es un personaje de ópera barroca y aquí no hay agilidades, sino canto expresivo, en lo que Fagioli resulta insuficiente.

La soprano inglesa Sophie Bevan fue una buena intérprete de Ilia, cantando con voz atractiva y homogénea y con desenvoltura escénica. La voz es más importante que la de su hermana Mary Bevan, que canta estos días Susanna en Nozze di Figaro.

La soprano sueca Malin Byström no sé si fue un error de reparto o no se encontraba en las mejores condiciones, pero su Elettra fue decepcionante. La voz no está sobrada de calidad tímbrica, siendo una estupenda actriz, pero Mozart tiene el gran problema de dejar al desnudo al cantante y eso es lo que ocurrió con la sueca, especialmente en el aria final D’Oreste e d’Ajace, donde pasó serios apuros, con un control de respiración totalmente precario.

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Malin Byström

Arbace, el supuesto confidente de Idomeneo, fue interpretado por el tenor Stanislas De Barbeyrac, que mostró una voz interesante, cantando bien la única de sus arias en esta versión.

En los personajes secundarios Krystian Adam lo hizo bien como Sacerdote de Neptuno (que no se entere Kusej), mientras que Graeme Broadvent cumplió como Oráculo (aquí el jefe de los revolucionarios troyanos).

El Covent Garden ofrecía una muy buena entrada, algo por debajo del 95 % de su aforo. El público se mostró un tanto tibio durante la representación. En los saludos finales las mayores ovaciones fueron para Polenzani y Minkowski. El menos aplaudido de los protagonistas fue Franco Fagioli. Finalmente, Martin Kusej fue recibido con abucheos, lo que imagino que le habrá llevado al éxtasis.

La representación comenzó puntualmente y tuvo una duración de 3 horas y 27 minutos, incluyendo un intermedio. Duración musical de 2 horas y 53 minutos. Seis minutos de

La localidad más cara costaba 163 libras (aprox. 205 euros), siendo el precio de la localidad más barata con visibilidad plena de 41 libras (aprox. 51 euros).