Crítica de La Bohème. Puccini. La Línea de la Concepción

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Javier Puyol

Palacio de Congresos de La Línea de la Concepción. 18 de octubre de 2014

El pasado sábado 18 tuvo lugar una única representación de la ópera “La bohème” de Puccini en el Palacio de Congresos de La Línea de la Concepción, un espacio multiusos que si bien no dispone de un foso adecuado para actividades líricas, cumple con creces su cometido. Es de admirar que con los tiempos de escasez que estamos atravesando y que repercuten de un modo alarmante en la cultura en general y en la música en particular, la Asociación Musical la Bohemia en colaboración con Escenopan hayan podido poner en pie una obra tan conocida como difícil como es el título que nos ocupa.

Empezaremos por el reparto. Lo encabezaban la soprano española de origen armenio Hasmik Nahapetyan en el papel de Mimí y el tenor linense Arturo Garralón en el de Rodolfo. Ambos ofrecen medios vocales generosos y bellos para encarnar estos papeles. Nos preguntamos porque se les ve poco en otras temporadas que disponen de más medios. La Mimí de Nahapetyan está llena de matices, pero sobresale sobretodo su dulzura de voz y su innata capacidad escénica. Su muerte en el cuarto acto fue digna de una gran actriz. Pareció acusar un poco de cansancio en el tercer acto, pero hemos sabido que debido a los escasos medios con que contó la compañía los ensayos se alargaron hasta pocas horas antes de la representación y esto puede pasar factura a cualquiera.

La voz de Garralón, lírica por naturaleza destaca por su registro agudo, que ataca con facilidad. Impresionantes sus Dos, en “Che gelida manina” y al final del primer acto, que aunque no está escrito (yo prefiero sin duda lo que escribió Puccini) la tradición lo ha impuesto; otro tema es si la tradición se debe seguir manteniendo.

Marcello fue interpretado por el barítono Andrés del Pino, dueño de una poderosa voz de barítono que llenaba el Palacio de Congresos, a pesar de su acústica un poco sorda. Salvo algún desliz, ocasionado sin duda por el cansancio y por la débil respuesta de la orquesta (ya hablaremos de ello) su personaje convenció de sobras. La soprano Sonia Quiñones cantó una Musetta deliciosa, muy musical y con un registro igual desde el grave al agudo. Correcto el Colline de Armando del Hoyo el cual no obstante hizo gala de una gran profesionalidad y saber hacer escénico. La sorpresa de la noche fue el joven barítono Andrés Merino, poseedor de una bella y bien proyectada voz y además muy musical. Debido a su juventud seguramente, alguna frase fue dicha con menos estilo, pero esto lo sabrá solventar con el tiempo. Lo importante es que tenga oportunidades para seguir creciendo. Acertados en sus breves papeles los barítonos Ángel Cárdenas en el rol de Benoit y Jorge de la Rosa en el de Alcindoro y el tenor Eduardo Torné en el doble cometido de Parpignol y vendedor de ciruelas. La puesta en escena de Juan Carlos Galiana y su escenografía hicieron de la necesidad y la escasez una virtud, ya que es impresionante ver como se puede llevar a cabo una representación creíble de “La bohème” con tan pocos medios pero con tanta imaginación. Esto es saber sacar partido de la situación.

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La orquesta y la dirección musical (si se la puede llamar así) de Rafael Álvarez fueron harina de otro costal. Podemos entender que los ensayos fueran escasos, como hemos tenido noticia, cosa que viene siendo habitual debido al poco dinero que se destina a estas manifestaciones artísticas, pero no podemos comprender que ni orquesta ni director conocieran la partitura. No hubo en toda la representación más de dos o tres compases seguidos en los que no se produjera algún desajuste eso cuando no dejaban de tocar por que andaban perdidos. No sonó el arpa en varias de sus intervenciones, entre ellas el solo del aria del tenor “Che gelida manina”; las campanas de la escena del tercer acto tampoco sonaron, quedando un silencio en su lugar. El violín concertino no tocó su solo del final del dúo de Rodolfo y Marcello del cuarto acto, y así podríamos seguir ad infinitum. Las manos de Álvarez parecían vagar en un maremágnum de indeterminación, no siendo capaz de hacer tocar junta a la orquesta y por supuesto sin controlar lo más mínimo lo que ocurría en el escenario, dejando que los aguerridos cantantes (qué mérito el suyo de llegar al final de la función) entraran o salieran a su antojo. Llegaba tarde cuando los cantantes habían comenzado una frase y esto producía un desfase a veces de hasta dos compases, produciendo unas desafinaciones increíbles, cuando no eran producidas por la cantidad de notas falsas que se escuchaban desde los distintos atriles. Acabó el aria de Mimí del tercer acto, “Donde lieta uscì” antes que la soprano, empezó el cuarto acto tocando unos grupos de instrumentos más tarde que los otros; acalló a la orquesta cuando ya estaban completamente perdidos, dejando el escenario “a cappella” hasta que podía volver en algún punto reconocible por todos.

En fin, el señor Álvarez, que sin duda es un buen músico, tendría que plantearse estudiar un poco de dirección de orquesta si quiere volver a ponerse al frente de alguna, ya que en este momento es incapaz de hacerse entender.

El coro a pesar de andar perdido por las mismas razones, tiene mucho mérito, ya que también tuvo que tomar la iniciativa en diversos momentos, y acertó en los tempos más que su director, que hacía casi todo lentísimo por miedo a perderse imagino, y en los cuatro momentos de la obra en que sí tiene que ser lento se puso a correr, no dejando a los cantantes frasear correctamente.

Una pena que la función no hubiera podido discurrir por mejores cauces debido a esta cuestión, a pesar de tener en el escenario muy buenos mimbres. Otra vez será.