Crítica de La traviata en Rheinsberg: sobresaliente Violeta

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Crítica de La traviata en Rheinsberg: sobresaliente Violeta
Escena de La traviata en Rheinsberg

En su edición número veinticinco el Festival de Ópera de Cámara del Palacio de Rhiensberg para jóvenes cantantes (Kammeroper Schloss Rheinsberg) ha llevado a la escena La traviata con un elenco seleccionado entre más de trescientos de cantantes de medio mundo. Las representaciones de la ópera de Verdi se programaron en el llamado Heckentheater (Teatro de los Setos), consistente en una plataforma en los bellos jardines del palacio rodeado de setos que semejan las patas en el escenario de un teatro. Al tratarse de un lugar abierto se utiliza micrófonos en los cantantes y esto hace imposible el valorar el volumen real de la voz y al igual que distorsiona su textura. Hay otros parámetros que pueden ser apreciados (musicalidad, intención, fraseo, etc.) y ayudan a dar una idea de las posibilidades del cantante.

Para los tres protagonistas hubo dos elencos. El día que asistí cantaban la soprano mexicana Graciela Rivera que ofreció una Violetta bien matizada, con un desarrollo dramático del personaje evidente en su voz, acompañándola con un estupendo desenvolvimiento escénico. Es decir, La traviata en Rheinsberg contó con una buena Violetta en cada uno de los actos. Fue la triunfadora de la noche a juzgar por los generosos aplausos del público. El tenor chileno Guillermo Valdés dio al impetuoso Alfredo el nervio y la garra apropiada, no exento de fallos en el registro agudo, y probablemente con el tiempo podrá pulir el personaje. Igual impresión me causo el barítono estadounidense Julian Arsenault, una voz interesante que podrá dar más en un futuro. Rotunda de voz y presencia la rusa Nadezhda Orlova como Flora, contrastante con la delicadeza de su compatriota la mezzosoprano Svetlana Zlobina como Annina. Competentes y entregados a sus personajes el tenor ruso Alexander Babik (Gastone), el barítono polaco Grzegorz Sobczak (Douphol), el bajo-barítono británico Christopher Holman (D’Obigny) y el bajo ruso Ilya Lapich (Grenvil). La dirección musical de Sybille Wagner, al frente de la Brandenburger Symphoniker, fue ganando conforme avanzó la obra. Su lectura de la obertura fue un tanto desangelada, corrigiendo el pulso hasta consiguir momentos de bello lirismo en la gran escena de Violetta al final del primer acto.

El resto fue meticulosamente medido y adecuado a la situación de la representación, con un maravilloso el inicio de tercer acto y la desgarradora página “Addio del passato”. La puesta en escena, firmada por Frank Matthus avanzó por el sendero de los gestos simbólicos. Nada que objetar, dada las características del espacio escénico (sin ayuda de ningún tecnicismo más allá de la iluminación a partir de la caída del sol), y sí mucho que agradecer a la agradable plasticidad con la que resolvió el problemático asunto de crear y animar espacios escénicos propicios a la historia en un sitio tan particular.

Federico Figueroa