Crítica de Madama Butterfly. Puccini. Buenos Aires

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Con la presentación en su escenario de esta amada criatura de Puccini, el Teatro Colón de Buenos Aires concluye su temporada lírica 2014. Temporada un tanto desigual, por cierto, que sólo logró alcanzar los niveles de excelencia que merece la sala y su público, precisamente al llegar a su final, con sus dos últimos títulos: Elektra (que reseñáramos oportunamente) y esta Madama Butterfly.

Buenos Aires ama a Puccini. Baste recordar que la capital argentina fue la primera ciudad fuera de Italia en la que se presentaron la mayoría de las óperas del Maestro luqués, inmediatamente después de su estreno, y que fue nuestra ciudad la primera que el compositor visitó fuera de su patria, allá por 1905. Por otra parte Butterfly apareció por primera vez en el escenario del Teatro Colón durante su temporada inaugural, en 1908, aunque ya venía siendo aplaudida en otros escenarios porteños desde 1904, interpretada incluso por muchos de los creadores de sus personajes como la Storchio o Zenatello y bajo batutas tan reconocidas como la del mismísimo Toscanini.

No es de extrañar, entonces que la sala del Colón rebosara de un público anhelante y deseoso de reencontrarse con la delicada geisha y su triste historia, en una función en la que el elenco estaría compuesto por lo más granado de los cantantes nacionales y nos depararía el retorno a su escenario de la soprano Mónica Ferracani, tras larga e injustificable ausencia, encarnando a la protagonista.

Por cierto, el resultado cubrió y superó con creces las expectativas.

La puesta de Hugo De Ana (autor también de la escenografía, el vestuario y la iluminación) tendió a resaltar los caracteres de los personajes subrayando el cinismo de Pinkerton, una metáfora del imperialismo, la poesía de Butterfly y su evolución dramática, así como también los rasgos típicos de la cultura japonesa incluyendo detalles poco frecuentes que demostraron un estudio profundo de las fuentes y de las costumbres.

Desde lo visual la puesta tuvo grandes aciertos y una coherencia indiscutible, más allá de que podamos compartir o no cierta tendencia a sobrecargar de acción ciertos pasajes como el interludio entre el 2° y 3° Actos, en el que las proyecciones resultaban más que suficientes o la presencia un poco caprichosa de unos figurantes ninjas o la «figuración» de las flores con guirnaldas japonesas en el dúo de las flores… En cualquier caso, fuera de estos reparos, De Ana supo poner en escena un espectáculo de una plasticidad cuidada y de belleza indiscutida combinando símbolos con realismo, intimismo con visión de conjunto y, aunque parezca paradógico, minimalismo con gran despliegue. Su marcación actoral, por otra parte, sintonizó con el texto como hace mucho no veíamos en los escenarios.

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Mónica Ferracani compuso una Butterfly de fuste, alcanzando una de sus más brillantes interpretaciones tanto desde lo vocal como desde lo dramático.Mostró su bello timbre, una línea franca y limpia, estupendo fraseo y una personalidad vocal que sabe transmitir y no sólo cantar. Cuidó su personificación sin caer nunca en clichés ni amaneramientos, interpretando el texto con intención y sentido dramático. Marcó la evolución del personaje hasta regalarnos una escena final que conmovió a una sala que supo, merecidamente, aclamarla de pié con una ovación que nos retrotrajo a los años gloriosos de la sala porteña.

Pinkerton halló en Enrique Folger un excelente intérprete. Dueño de una voz que corre sin problemas y no se amilana ante los desafíos, le dio al personaje toda su vanalidad y cinismo, despojando su actuación en el dúo de amor (por ej.) de innecesarios romanticismos ajenos a lo que siente este marino norteamericano que ya sabe que abandonará a Butterfly más temprano que tarde. Su presentación le valió una cerrada ovación a la que nos sumamos.

Alejandro Meerapfel cumplió con el Cónsul Sharpless, aunque una pizca por debajo del nivel alcanzado por los artistas antes citados. No creemos que sea este un rol muy congenial con sus bellísimos medios, aquellos que le hemos aplaudido sin remilgos en otro repertorio. Sin embargo cantó con compromiso y actuó con intención.

La Suzuki de Alejandra Malvino también recibió esta noche una merecida ovación por una cuidada interpretación y un canto en el que lució su voz bien timbrada, de buen caudal y incisiva modulación.

Gabriel Centeno compuso un Goro divertido, mientras que Fernando Grassi y Christian Peregrino fueron unos Yamadori y Bonzo (presentados como figuras del teatro No) que hicieron justicia a sus roles. Impactante la voz de Mario De Salvo como el Comisario Imperial.

La intervención del coro puede sintetizarse en una palabra: Espléndida. Sonó con buen empaste, delicados detalles, límpida afinación… El Coro a Bocca Chiusa aún resuena en nuestros oídos…

El Mtro. Ira Levin logró una labor destacadísima particularmente en los dos últimos actos en los que extrajo de la Orquesta Estable todo el talento y la belleza de que son capaces. Tal vez podría esperarse una mayor sutileza, particularmente en el primer acto, donde faltó esa transparencia de sonido tan necesaria para crear los climas, apostando a que los pianísimos sean verdaderos pianísimos de manera de que los contrastes resalten sin ahogar ni aturdir.

La sala ovacionó de pie a los intérpretes y sus demostraciones continuaban mucho después de caído el telón y encendidas las luces de la sala… Puccini desde su cielo, y nosotros en nuestra tierra, felices.

 

Prof. Christian Lauria

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