Crítica de Manon Lescaut de Puccini. Washington

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Washington Nacional Opera, Kennedy Center

20 de marzo de 2013

 

El fatalismo de un destino anunciado se hizo especialmente presente en esta reposición de Manon Lescaut en la Washington National Opera. El comienzo de cada acto con una gran cortina-pergamino en el que se proyectaba, como una carta, la narración de la imposible historia de amor entre Manon y el escritor Renato Des Grieux, contada por este, fue el permanente recordatorio de un destino ya escrito. También había en el escenario un elemento que visualmente empujaba en la misma dirección: como una viga cortada en diagonal que al final, al descender cerrando la representación, se descubría como una inmensa hoja de guillotina (el libreto ambienta la obra en una Francia prerrevolucionaria). “Ese instrumento de mortalidad siempre está ahí, subrayando el hecho de que cuando perseguidos despreocupadamente amor, dinero, poder y esplendor decorativo, todo eso lleva inevitablemente a una forma de muerte”, según John Pascoe, responsable de la producción original de 2007 y que esta vez volvió a dirigirla.

Sobre una base escénica sólida y de creciente dramatismo –del azul cielo con que arrancaba la obra al rojo intenso del páramo desértico final– el cuadro de voces se elevó con maestría. La soprano estadounidense Patricia Racette, que debutaba en el papel de Manon, tuvo un comienzo algo titubeante, pero tras el primer acto su interpretación alcanzó las exigencias dramáticas previstas por Puccini. El descubrimiento de la noche fue el búlgaro Kamen Chanev, que encarnó a Des Grieux y que por primera vez cantaba en el Kennedy Center washingtoniano. Su calidad de tenor ha alcanzado una madurez que le está abriendo las puertas de los primeros coliseos del mundo. Junto a ellos estuvo un adecuado Lescaut, el hermano de Manon, interpretado por el barítono italiano Giorgio Caoduro. Menos notorio fue Jake Gardner, el recaudador de impuestos Geronte de Ravoir que con sus riquezas deslumbra a Manon.

En un conjunto sobresaliente, el único elemento que en ocasiones discordante fue el ritmo impuesto a la orquesta por Philippe Auguin, director musical de la Washington National Opera.  En los primeros actos, la batuta de Auguin adoleció de lentitud, dejando la instrumentación por detrás de las voces en algunas de la arias más emblemáticas.

 

Emili J. Blasco