Crítica de Roberto Devereux en Munich con Edita Gruberova

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Crítica de Roberto Devereux en Munich con Edita Gruberova
Foto: Wilfried Hösl

Edita Gruberova es una de las pocas cantantes en la historia con una longevidad artística semejante y que ha podido llevar su carrera – al menos, en los últimos 20 años – cantando exclusivamente óperas de su elección, en unos pocos y muy elegidos teatros, y siendo ella misma, no ya la cabecera del cartel, sino prácticamente la organizadora y empresaria.

Que Edita Gruberova es un auténtico mito y milagro vocal está fuera de toda duda. Es un auténtico mito, ya que cuenta con una legión de seguidores y admiradores, que parecen entrar en éxtasis con la sola presencia de su ídolo en un escenario. Algo así como: ¡Oh, es la Gruberova! Para ellos sus actuaciones no son sino ocasiones para mostrar su admiración y adoración por su auténtica diosa. También es un milagro vocal, ya que no es fácil comprender que con casi 69 años se pueda mantener en ese estado vocal, acompañada por su gran técnica y esos sobreagudos que ya hace décadas la hicieron famosa, aunque ahora, como en el final de la ópera ayer, le jueguen una mala pasada.

Escuchando a Edita Gruberova me acordaba de unos artículos que escribiera a fines del siglo XIX Peña y Goñi, en los que analizaba en profundidad las características vocales de Julián Gayarre, para concluir que lo suyo eran exhibiciones vocales, que ponían los teatros boca abajo, sin prestar la debida atención a la pura interpretación. Creo que pasados más de 125 años, hoy Peña y Goñi podría escribir casi lo mismo referido a Edita Gruberova. La soprano eslovaca me puede producir admiración, pero nunca ha conseguido emocionarme.

Admitiendo sin la misma mínima duda la gran categoría de Edita Gruberova, pongo muchas reservas a la elección de su repertorio en los últimos años y, particularmente, en lo que se refiere a la Elisabetta de Roberto Devereux. Se ha llegado a escribir que este personaje es la Elektra del belcanto y algo de verdad hay en ello. Evidentemente, pertenece al más puro y complicado belcantismo y aquí Edita Gruberova está como pez en el agua. Elisabetta, sin embargo, necesita una soprano con una voz mucho más dramática que la de Gruberova. Recuerdo haber asistido en el otoño de 1990 a su Elisabetta en el Liceu, donde su actuación fue un calco de la de ahora, salvo que sus facultades han menguado en este tiempo.. Su falta de adecuación dramática al personaje es la misma que la de hace 25 años. Los veteranos aficionados recordarán las grandes sopranos surgidas en la llamada Donizetti Renaissance y entre ellas ocupan un lugar de honor Leyla Gencer y Montserrat Caballé, quienes a su adecuación belcantista, unían unas voces perfectamente adecuadas al dramatismo de Elisabetta. No es éste el caso de Edita Gruberova, que no es ni puede ser la Elektra del belcanto. Todo lo demás, la Chrysothemis. Adecuada o no, poco importa esto a sus adoradores, que la vitorean siempre y hasta llegar al eco. Evidentemente, la historia se ha repetido en Munich.

La producción escénica ofrecida es la de Christof Loy, que se estrenara para la Gruberova en Munich en el año 2004, lo que supuso, sorprendentemente, el estreno absoluto de Roberto Devereux en la capital bávara. La producción tiene muy poco interés, pareciendo más una versión de concierto con trajes de calle. La acción se lleva a la época de Margaret Thatcher en Inglaterra, que es a quien parece que Christof Loy quiere que encarne la protagonista. La escenografía y el vestuario son de Herbert Murauer, con escenario único para toda la ópera, cambiando el mobiliario. Lo mismo sirve para sala de espera del juicio que para despacho de la Reina, casa de los Nottingham e incluso prisión de Roberto. Es de los peores trabajos que recuerdo de Christof Loy.

Foto: Wilfried Hösl
Foto: Wilfried Hösl

Antes me he referido a que la Gruberova impone directores y colegas de reparto y la calidad suele ser bastante mediocre. En esta ocasión su elección en el foso era su marido, Friedrich Haider, que hizo un trabajo eficaz y al servicio de la diva. Si Donizetti ha de volver a triunfar, tendrá que hacerlo con otro tipo de directores que hagan más que acompañar a los cantantes. La Bayerisches Staatsorchester ofreció una actuación muy alejada de la que nos había dado en los días anteriores. Buena la prestación del Coro de la Bayerische Staatsoper.

El reparto vocal estaba formado por tres acompañantes habituales de Edita Gruberova y el resultado no pasó de la mediocridad.

El tenor ruso Alexey Dolgov fue un bastante modesto Roberto Devereux. La voz tiene escasa calidad y sale del paso bien, resultando monótono en el aria de la prisión y teniendo que recurrir a un descarado falsete en la cabaletta que cierra dicha escena. A su favor hay que decir que su dicción italiana es buena, lo que no puedo decir de la de Edita Gruberova, a quien no entendí casi nada.

El barítono italiano Franco Vassallo es otro de los acompañantes habituales de la Gruberova. Su Nottingham fue muy superficial y monótono. Se limitó a lanzar

decibelios y sonidos abiertos, aparte de intercalar notas altas aquí y allá, ya que ese ha sido siempre el punto fuerte de su voz.

Sonia Ganassi también es habitual en los repartos de Edita Gruberova. Hoy la italiana no está en su mejor momento. Me resultó poco interesante su escena inicial en la parte de Sara, mejorando notablemente en el último acto.

En los personajes secundarios Francesco Petrozzi fue un adecuado y vengativo Lord Cecil. Sonoro el Gualtiero Raleigh de Goran Juric.

El Nationaltheater ofrecía de nuevo un lleno total, con un público entregado a la diva. Huelga decir que Edita Gruberova volvió a triunfar y sus adoradores volvieron a mostrar su entusiasmo con su ídolo. Hubo también ovaciones sonoras para Franco V assallo.

La representación comenzó con 6 minutos de retraso y tuvo una duración total de 2 horas y 41 minutos, incluyendo un entreacto. Duración musical de 2 horas y 5 minutos. Trece minutos de aplausos.

El precio de la localidad más cara era de 163 euros, habiendo butacas de platea por 91 euros. La entrada más barata con visibilidad plena costaba 39 euros. Las había también con visibilidad reducida por 11 euros.

José M. Irurzun