Crítica de Stabat Mater de Arriaga y Rossini. Bilbao

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Juan_Crisostomo_Arriaga

MUCHA MAGIA

Escrita en 1825 por Juan Crisóstomo Arriaga, al poco de cumplir los 19 años, su Stabat Mater,  con manifiestos aromas schubertianos, deja ver, merced a su prodigio artístico, los primeros atisbos del romanticismo europeo. Obra de breve duración, que más parece propia e un coro de ópera, si no fuera por la temática, que una obra sacra, está escrita con muchas exigencias vocales para el solitario coro masculino, sobre todo respecto la cuerda de tenores, que, en el presente  caso, la el Orfeón Donostiarra, fue generosa en sonido y afinación. La OSE superó con éxito las complejas alteraciones modales que encierra la partitura.

Toda una delicia la obra ‘Antique danze ed arie, Suite nº 3’ de Ottorino Respighi, basada en determinadas variaciones de laúd de música italiana de los siglos XVI y XVII, lo que aporta a la partitura una especial frescura mediterránea, sobre todo ante el hecho de que fue compuesta en 1917. Consta de 4 movimientos (de 6 la versión a piano). La orquesta se recreó en su interpretación, como fue el caso –por destacar a juicio de quien escribe el de mayor impacto emotivo- del movimiento segundo ‘Arie di corte’, sobre una pieza de Giovanni Battista Besardo, donde la expresiva galanura de las violas estuvo perfectamente definida por la batuta del maestro  Pérez Sierra (uno de los jóvenes directores españoles de más prometedor futuro). Sus 16 minutos de duración supo a poco, ante tanta belleza.

Como sabroso postre llegó el ‘Stabat Mater’ de Rossini, de certeros orígenes españoles merced al encargo que recibió, en plena jubilación operística, en febrero de 1831 de Manuel Fernández Varela, con el estreno definitivo en la total autoría de don Gioachino se produjo en Paris el 7 de enero de 1842. En sus 10 movimientos, como obra de madurez, el autor se impone el reto de plasmar en este himno mariano del siglo XIII la plenitud de su sabiduría lírica y concertante. Desde el primer movimiento, con los puros pianísimos de las sopranos, se percibe la sensación de estar ante una obra grande, de impactante espiritualidad. El chino Yijie, de corto y bello timbre, se vio achicado por la orquesta en su aria ‘Cujus animan gementen’. Sperandio (parece hermano del director) con una tesitura bien cuajada hizo dulzura en el aria ’Pro peccatis suae gentis’. La mezzo Di Paola  –muy rossiniana y brillante-  en su cavatina ‘Fac, ut porten Christi mortem’; Romeu, con emisión forzada,  canto su aria ‘Inflammatus et ascensus’. Enorme –mágico- el Orfeón en el final fugado ‘Amen, in sempiterna saecula’.  A la batuta le faltó la expresividad necesaria en la pulsión del último tramo, pero su gesto adusto y muy preciso hizo que la concertación discurriera por los cauces de la elegancia y la contundencia que requiere esta obra.

Fecha: 2-III-2013. Lugar: Auditorio Kursaal. Programa: Stabat Mater, de Arriaga; Antique danze ed arie, suite nº 3, de Respighi; y Stabat Mater de Rossini. Solistas: Carmen Romeu (soprano), Adriana di Paola (mezzosoprano), Shi Yijie (tenor), Sávio Sperandio (bajo).  Coro: Orfeón Donostiarra. Orquesta: Sinfónica de Euskadi (concertino: Lorenz Nasturica). Director musical: José Miguel Pérez Sierra.