Crítica de “Tristan und Isolde” (R. Wagner). Barcelona

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Gran Teatre del Liceu de Barcelona. 6 Septiembre 2012.

 

Versión de concierto

 

Finaliza la visita del Festival de Bauyreuth a Barcelona con esta única  versión concertante de Tristán e Isolda, cuyo resultado final ha vuelto a repetir el éxito popular que ha acompañado a las versiones ofrecidas de las óperas anteriores. Creo que tanto el Liceu como el Festival de Bayreuth pueden estar plenamente satisfechos de esta visita, ya que el público ha respondido con un entrega y agradecimiento ejemplares. El único borrón ha sido la relativamente baja asistencia a los títulos que han tenido dos representaciones, especialmente en las localidades más caras.

 

A nadie que haya seguido mis escritos de los días anteriores sorprenderá que se haya vuelto a repetir el éxito de público. Eso ya se puede dar por descontado. Si en días anteriores me he permitido discrepar de la reacción popular en algunos aspectos – para mí muy importantes – de las representaciones, en esta ocasión la discrepancia sigue existiendo e incluso en otros aspectos. Debo empezar por confesar con cierto rubor que Tristan und Isolde no es una mis óperas favoritas, aunque no puedo dejar de reconocer que tiene páginas musicales de insuperable belleza, de las que forman parte por derecho propio de la auténtica y mejor antología de la música. Sin embargo, pocas han sido las ocasiones en que he salido verdaderamente satisfecho de una representación de esta ópera. En las pocas oportunidades en que esto ha ocurrido, se ha contado con una dirección musical extraordinaria o con unos protagonistas excepcionales. Ni una cosa ni otra se han dado en este caso en Barcelona.

Peter Schneider
Peter Schneider

 

Al frente de la dirección estaba, como durante el pasado mes en Bayreuth, el veterano maestro alemán Peter Schneider, cuya actuación me ha parecido excesivamente rutinaria. Peter Schneider ha sido siempre un maestro muy profesional y solvente, de los que suponen una auténtica garantía para cualquier teatro. No ha sido nunca  un maestro genial ni particularmente inspirado y menos ahora, con dificultades de movimiento por su parte. No es Peter Schneider el maestro que yo necesito para poder disfrutar y emocionarme con esta ópera, sino más bien lo contrario. No disfruté de otra cosa que de los momentos en que la Bayreuther Festspielorchester exhibía ese sonido tan brillante y elegante. Siendo un director veterano y experto, debería haberse dado cuenta de que ni estábamos en Bayreuth, donde la orquesta se sitúa muy abajo y cubierta, ni los protagonistas, particularmente Tristán, eran superhombres. De hecho, Schneider abusó de sonido por parte de la orquesta, poniendo en dificultades a los cantantes en más de una ocasión. Por otro lado, sus tiempos tuvieron tendencia a la ralentización, lo que no es malo, si va acompañada de auténtica profundización musical, lo que no fue el caso El Bayreuther Festspielchor volvió a demostrar su valía. Me pregunto si, teniendo este coro a su disposición, Richard Wagner habría decidido hacerle desaparecer de la partitura al final del primer acto.

 

Las dificultades para formar un reparto en esta ópera son enormes y no hay más remedio que tenerlo en cuenta a la hora de valorar las actuaciones de los cantantes. En este sentido diré que el reparto no ha tenido fallos importantes, aunque los protagonistas no sean particularmente adecuados para las exigencias de sus partituras.

 

Robert Dean Smith e Irene Theorin
Robert Dean Smith e Irene Theorin

El tenor americano Robert Dean Smith es un magnífico cantante, de los que siempre cantan con gusto y suavidad y evitan la tendencia a vociferar de tantos otros. Dicho esto, hay que reconocer que Tristán requiere un auténtico tenor dramático y que Robert Dean Smith no lo es. Su voz responde más a las características de un Lohengrin, un Walther o un Parsifal, pero le falta peso vocal para enfrentarse a Tristán, aunque en su favor hay que decir que siempre hay que apreciar su línea de canto, su bella voz y su elegancia. En Bayreuth su voz corre mejor, mientras que aquí quedaba tapado por la orquesta en más de una ocasión, aunque esto no fuera siempre por culpa suya.

 

La soprano sueca Irene Theorin fue una poderosa Isolde, buena conocedora del personaje y convincente intérprete. Su voz presenta dos serios problemas que me temo no tengan solución y que empañan su prestación en el personaje. Por un lado, su graves son muy débiles, inaudibles en algunos momentos, y sus notas altas son, una vez tras otra, destempladas y hasta gritadas. Si se me permite la maldad, diré que no es la mejor Isolde de la actualidad, ni siquiera la mejor Isolde de su país, pero la señora Stemme dejó de aparecer por Bayreuth hace años.

 

Irene Theorin y Michelle Breedt.
Irene Theorin y Michelle Breedt.

 

El personaje de Brangaene es casi tan agradecido como los de Micaela o Liú. Es difícil no ganarse al público en este personaje. Así ha ocurrido en esta ocasión con la mezzo soprano sudafricana Michelle Breedt, que tuvo una notable interpretación, con voz agradable y bien emitida.

 

Robert Holl canceló su anunciada actuación como el Rey Marke, siendo sustituido por Franz-Josef Selig. Por una vez no tengo dudas de que hemos salido ganando con el cambio. Selig ofreció lo mejor vocalmente de todo el concierto. Cantó con gusto, emotividad, elegancia y voz amplia y muy adecuada. Está en un gran momento este bajo.

Vista del concierto. Acto I
Vista del concierto. Acto I

El barítono finlandés Jukka Rasilainen tuvo una buena actuación como Kurwenal, siempre sonoro y bien timbrado.

 

En los personajes secundarios Ralf Lukas fue el malvado Melot, con su vibrato habitual. Me gustó Arnold Bezuyen como Pastor, cantando con gusto en su breve intervención. Bien también Clemens Bieber como Marinero en el primer acto. Sin pena ni gloria Martin Snell en su brevísima intervención en el último acto como Timonel.

 

El Liceu en esta ocasión rozaba el lleno, al haberse programado una única representación de la ópera. El público se mostró tan triunfalista como en los días anteriores´, recibiendo las mayores muestras de entusiasmo la Orquesta, Irene Theorin y Franz-Josef Selig. A nadie le faltó su ración de bravos.

 

El concierto comenzó con  4 minutos de retraso y tuvo una duración total de 5 horas y 2 minutos, incluyendo dos intermedio de 59 minutos en total. Una duración puramente musical de 3 horas y 58 minutos, más bien lenta en comparación con otras versiones de esta ópera. Los entusiastas aplausos finales se prolongaron durante 12 minutos, a los que habría que añadir otros 5 en total, al finalizar los dos primeros actos.

 

El precio de la localidad más cara  (primer piso en este teatro) era de 280 euros, mientras que la butaca de platea costaba 224 euros. En el segundo piso el precio pasaba a 190 euros. Más arriba oscilaban entre 74 y 141 euros. Había localidades con visibilidad reducida o sin visibilidad entre 28 y 57 euros.

Fotografías: Cortesía del Liceu.

 

Fotógrafo: Antonio Bofill

José M. Irurzun