Crítica: Decepcionante «Tristan und Isolde» en la Metropolitan Opera

 Por Carlos J. López Rayward

«Tristan und Isolde» en la Metropolitan Opera. El evento del año… entre la grandeza y la oportunidad perdida

La ópera Tristan und Isolde de Richard Wagner en la Metropolitan Opera ha sido, sin duda, el evento más importante de la temporada operística en Nueva York por múltiples razones. Para empezar, la mera programación de este título wagneriano es infrecuente por su complejidad y por la dificultad que supone encontrar cantantes solventes, a la altura de la obra. También por el regreso de la soprano más importante de hoy, Lise Davidsen después de sus múltiples éxitos en Nueva York y de su maternidad, en un papel en el que ya había debutado en Barcelona pocas semanas antes de recalar en el Met. Y también —quizá sobre todo— por la respuesta del público.

Una escena de "Tristan und Isolde." de Wagner en el Met. Foto: Jonathan Tichler / Met Opera
Una escena de «Tristan und Isolde.» de Wagner en el Met. Foto: Jonathan Tichler / Met Opera

Las cerca de 3.800 localidades del teatro se han agotado en todas las representaciones, hasta el punto de que el Met ha añadido dos funciones adicionales, que también se han llenado. Esto supone un hecho sin precedentes en esta década. Esta expectación podría sorprender si atendemos a los agoreros que se empeñan en subrayar las dificultades del género para atraer al público. Sin embargo, no es de extrañar: esta ópera de cuatro horas —cinco con descanso— supone una experiencia cultural única y una oportunidad irresistible en un mundo en el que es imposible huir de las pantallas.

Tristan es una oportunidad para dejarse invadir por un universo musical que sigue inspirando a todo tipo de audiencias. En un contexto donde mantener la atención en algo por más de un minuto supone un ejercicio de voluntarismo, estar abierto a la vivencia de este acontecimiento musical es una prueba de humildad y de compromiso intelectuales, pero también una respuesta natural de los que buscan experiencias memorables. Y ver las butacas llenas supone la confirmación de que hay mucho público dispuesto a responder al desafío, sabedor de que en la cúspide de la montaña wagneriana se puede respirar el aire puro de la verdad artística.

Esta nueva producción del director de escena Yuval Sharon añade otro foco de interés. Su propuesta es visualmente muy atractiva, con parquedad de medios pero bellamente dispuestos, siempre tendentes a la alegoría estilística sobre el paso del tiempo, la vida, la muerte y el nacer y renacer.

Una escena de "Tristan und Isolde." de Wagner en el Met. Foto: Jonathan Tichler / Met Opera
Una escena de «Tristan und Isolde.» de Wagner en el Met. Foto: Jonathan Tichler / Met Opera

Sin embargo, en general, el resultado es frío y esquemático. Las menciones al amor y a la pasión románticas aparecen apenas apuntadas y a menudo soslayadas, lo que genera una sensación perenne de distancia emocional. El uso continuo de actores que doblan a la pareja protagonista resulta en exceso retórico y autorreferencial, restando importancia a la música y al texto con efectos visuales que en muchas ocasiones resultan inconsecuentes, pese a que por momentos destaquen por su belleza y audacia.

Acierta Sharon, eso sí, al crear con la escenografía —firmada por Es Devlin— una verdadera caja de resonancia que amplifica las voces y ayuda a los cantantes a completar la durísima prueba de sostener los tres actos sobre la gran orquestación wagneriana.

El mayor gesto de la producción llega al final: Isolda muere al dar a luz al hijo de Tristan, que queda al cuidado de Marke, cerrando el ciclo de la obra con un eco del triste nacimiento del héroe. Sin duda es una idea interesante, pero parece asumir que a una de las mayores obras maestras de todo el repertorio operístico le hacen falta más golpes de efecto. Esto sugiere una risible señal de inmodestia intelectual, cuando no un preocupante desconocimiento del autor y su obra.

Lisa Davidsen en "Tristan und Isolde." Foto: Jonathan Tichler / Met Opera
Lisa Davidsen en «Tristan und Isolde.» Foto: Jonathan Tichler / Met Opera

En el plano musical, la orquesta del Met se presenta muy bien preparada, homogénea y sin fallos, con orden y color, bien templada y a la altura de la obra. Yannick Nézet-Séguin sigue convenciendo como orquestador y líder sinfónico. Sin embargo, su falta de conexión y mimo con las voces hace que muchos momentos clave no alcancen la importancia vocal necesaria, y se pierda así una gran oportunidad de elevar aún más el nivel de la representación.

En lo vocal, la Isolda de Lise Davidsen resulta inalcanzable para las cantantes de hoy. Su actuación tiene el cariz histórico de las cantantes irrepetibles. Tras un análisis tan riguroso como quizá innecesario, podemos señalar que la voz de Davidsen aparece demasiado mate y algo hueca en el registro medio y bajo, y tan solo reverbera con desarmante plenitud en el agudo, que suena refulgente y limpio, algo tremolante pero muy carnoso. La línea de canto resulta quizá en exceso comedida y matizada, sin duda por influencia del director de orquesta, y da lugar a una Isolda más sabia y calmada, cercana a la personalidad de la cantante.

Hubiera sido interesante que Davidsen explorara los límites de su instrumento y otros registros actorales, con una Isolda más pasional y transida por las pasiones románticas. Da la impresión de que Davidsen aún no ha dicho su última palabra en el papel, y lo que se escucha aquí es quizá un primer acercamiento, acaso algo frío, estático y contenido.

Michael Spyres como Tristan en "Tristan und Isolde." Foto: Jonathan Tichler / Met Opera
Michael Spyres como Tristan en «Tristan und Isolde.» Foto: Jonathan Tichler / Met Opera

A su lado, Michael Spyres ofrece un Tristan esforzado y meticuloso, efectivo en su resolución, pero con un instrumento no adecuado para el papel. Esto le obliga a recurrir a multitud de artificios canoros, trucos, licencias, apaños y atajos varios que configuran un birlibirloque vocal por momentos convincente y amable al oído, pero incapaz de sostenerse en las secciones más comprometidas de la partitura, donde debería imponerse un centro sano y viril, brillando indiscutiblemente por encima de la orquesta.

Con todo, Spyres demuestra una notable resistencia, y es ayudado por una Davidsen que apiana su línea para no sepultar la voz del tenor. Pero esta circunstancia arrastra a ambos fuera del estilo, haciendo que escenas como el dúo O sink’ hernieder, Nacht der Liebe resulten intimistas y parcialmente evocadoras, aunque vocalmente fallidas.

Lisa Davidsen y Michael Spyres en "Tristan und Isolde." Foto: Jonathan Tichler / Met Opera
Lisa Davidsen y Michael Spyres en «Tristan und Isolde.» Foto: Jonathan Tichler / Met Opera

La mezzo Ekaterina Gubanova ofreció una Brangäne segura, si bien con un timbre algo ajado. El Kurwenal de Tomasz Konieczny suena claro, musical, sano y en estilo, con intervenciones siempre sobresalientes e interesantes. De hecho, su seguridad vocal —junto a la de Davidsen— pone aún más en evidencia las carencias de Spyres, y da lugar a un Kurwenal más atractivo que el propio Tristan.

Por su parte, Ryan Speedo Green compuso un Marke esforzado y comunicativo, con un bello timbre desarrollado en un canto musical e inteligente. Sin embargo, la voz tampoco está a la altura de la obra: le falta centro y brillo, obligando a la orquesta a contenerse para no sepultar al cantante. Es, sin duda, un papel que aún le queda grande, aunque defendido con notable musicalidad.

La sensación general en la Metropolitan Opera es de enorme satisfacción ante lo que se percibe como el gran éxito de la temporada. Y lo es. Pero precisamente por ello, cabe preguntarse cuál habría sido la verdadera dimensión de este acontecimiento si el elenco hubiera contado con las voces adecuadas, la dirección musical hubiera sido más exigente con el estilo, y la producción hubiera abrazado con mayor decisión la pasión romántica que late en el corazón de la obra.

OW


★★★★☆

Metropolitan Opera de Nueva York, a 2 de abril de 2026. Tristan und Isolde, ópera en tres actos de Richard Wagner, libreto en alemán del compositor.

Dirección Musical: Yannick Nézet-Séguin. Orquesta y coro de la Metropolitan Opera (director del coro: Tilman Michael). Producción:Yuval Sharon, Diseño escénico: Es Devlin, Vestuario: Clint Ramos, Iluminación: John Torres, Proyecciones: Jason H. Thompson, Vídeo: Ruth Hogben, Coreografía:Annie-B Parson.

Reparto: Lise Davidsen, Ekaterina Gubanova, Tomasz Konieczny, Michael Spyres, Thomas Glass, Ryan Speedo Green, Jonas Hacker, Ben Brady, Ben Reisinger.