OW Por Bernardo Gaitán Crítica: «Don Giovanni» Piacenza
El gran coleccionista de mujeres llegó a Emilia-Romaña, concretamente al Teatro Municipale de Piacenza, antes de dar un salto a Módena, en el marco de una coproducción entre los teatros de ambas ciudades. La concepción de la idea escénica corresponde a Andrea Bernard. Una afirmación suya abre el programa de sala, donde señala que siempre ha considerado a Don Giovanni como el personaje menos interesante de la ópera, no por falta de acción, sino por ausencia de confrontación. Según el director, Don Giovanni tiene experiencia irrumpiendo en la vida de los demás sin llegar a conectar con ellos: no escucha, no dialoga, no se compromete. Solo cede ante la muerte, la única presencia que no puede ser seducida ni transformada; por ello, se ve obligado a confrontarse con algo que escapa a su control.

Esta interesante premisa generaba una expectativa considerable respecto a lo que se vería en escena; el resultado, por desgracia, fue decepcionante. Se trató de la enésima producción de Don Giovanni que no aporta nada nuevo, y cuyos escasos intentos de innovación resultaron desafortunados. La idea del director escénico de 38 años, consiste en presentar a Don Giovanni como un coleccionista de mujeres, tratadas como mariposas: el seductor busca añadir una más a su colección de conquistas: Zerlina. Toda la acción se desarrolla en una caja negra, reminiscencia del espacio donde se conserva la colección de mariposas/mujeres creada por Leporello, una solución poética que pretende justificar la ya conocida -y nada novedosa- técnica de la caja negra y prescindir de una escenografía propiamente dicha.
El espacio escénico -por no decir el vacío oscuro- diseñado por Alberto Beltrame se convierte en el «archivo mental» de Don Giovanni: un lugar abstracto, difuso e indefinido, donde todo estaría supuestamente clasificado. Esta estrategia genera una notable confusión en el espectador, ya que en el mismo espacio, con poquísimas referencias creadas mediante utilería, se diferencian los ambientes: máscaras y serpentinas para la fiesta, un ramo de flores para la boda, una canasta de picnic con el característico mantel rojo a cuadros para la cena con el Comendador, entre otros elementos. Lo único novedoso es un suelo formado por compartimentos subterráneos, algunos con colchones y otros vacíos, utilizados como espacios de donde se extrae la utilería. El vestuario de Elena Beccaroh es igualmente atemporal y carente de coherencia: mezcla elementos del Ottocento con prendas plásticas contemporáneas, vestidos elegantes de inicios del siglo XIX con trajes de novia actuales. Todos ellos son visualmente atractivos y elegantes, pero carecen de una lógica temporal clara. Lo que se salva íntegramente de la producción es la cuidada iluminación de Marco Alba, que logra aportar algo de movimiento y profundidad a la simple caja negra.

Graves errores dramaturgicos restan seriedad a la propuesta: cuando Donna Anna describe el asesinato de su padre con el verso: “Quel sangue, quella piaga, quel volto” (Esa sangre, esa herida, ese rostro), no hay nadie en escena; en la serenata, Don Giovanni canta a una góndola de juguete en lugar de hacerlo a la sirvienta de Donna Elvira bajo su balcón; y la “Statua gentilissima” no es una estatua, sino un montón de huesos destrozados en el suelo. Todo ello parece una broma de mal gusto y una ofensa a la memoria de Lorenzo Da Ponte. A esto se suma un beso entre Don Giovanni y Zerlina -cuando es bien sabido que Don Giovanni nunca besa a nadie- y los innecesarios toques sexuales de Masetto a los senos de su esposa, con quien termina la escena bajo las sábanas. Durante la obertura, el protagonista aparece como un niño que ya juega con una niña de su edad con alas, su primera conquista, la primera mariposa de la colección. Muy lograda, hay que reconocerlo, fue la escena final, cuando Don Giovanni es llevado al infierno, junto con el sexteto final «Questo è il fin di chi fa mal»; las tres horas anteriores resultan, histriónicamente hablando, completamente evitables.
Graduado en dirección de orquesta, violonchelo y composición, Enrico Pagano, nacido en Roma en 1995, ofreció desde el foso una versión edulcorada. En términos generales, correcta, pero carente de esa chispa mozartiana tan característica, esa profundidad en el estilo que curiosamente si posée en el repertorio belcantista, para muestra el diptico del Donizetti Opera Festival de noviembre pasado. La dirección de Pagano, quien tiene 31 años -la misma edad que Mozart al componer la obra-, resultó globalmente positiva. Para una obra como Don Giovanni, no basta una vida entera para profundizar en todos sus detalles ni para revelar nuevos pliegues de sus personajes. Aun así, su refinamiento sonoro en los finales y la variedad de atmósferas destacaron por su claridad. Obsesionado por resaltar los matices, Pagano ofreció dos momentos inolvidables en las arias de Don Ottavio y Donna Anna, al ignorar los tempi indicados en la partitura para crear un clima melancólico y de intensa introspección, gracias a pianissimi de altísima carga emotiva. La Orquesta Filarmónica Italiana, siempre atenta a sus indicaciones, mostró un nivel sólido. Abrumador y por momentos, fuera de estilo fue el acompañamiento al clavecin de Andrés Jesús Gallucci, quien recurrió a cromatismos y acrobacias innecesarias en los recitativos. El Coro del Teatro Municipale, preparado por Corrado Casati, aportó cohesión y fuerza dramática a las escenas corales, confirmando su solvencia musical y teatral pese a sus limitadas intervenciones.

Sin duda, la parte más exitosa de la noche fue el apartado vocal, ya que todos los cantantes ofrecieron interpretaciones de alto nivel. Markus Werba encarnó a Don Giovanni como un seductor compulsivo, objeto del deseo de las tres mujeres y dominador absoluto de su voluntad. El barítono austriaco posee una vocalidad flexible y de bello color, especialmente evidente en la serenata del segundo acto, “Deh, vieni alla finestra”. Se mueve con soltura en escena y exhibe carisma, aunque la emisión podría resultar más redondeada. A pesar de la propuesta escénica, domina los múltiples rostros del libertino: un Don Giovanni joven, insolente, de generosa línea vocal y buena pronunciación del italiano, siempre precisa en intención y fraseo.
Tommaso Barea ofreció un Leporello de extraordinaria energía teatral. Con ironía y mordacidad interpretó a un hombre que va más allá del lacayo bufonesco, evidenciando el hastío de quien ha sufrido demasiado. Su interpretación confirma al barítono italiano como un gran intérprete del papel, que ya ha encarnado con éxito en Berlín y en el Met de Nueva York. De timbre atractivo y emisión natural, despliega un fraseo móvil y una dinámica llevada al extremo. El dominio de la palabra y de la escena es absoluto, apoyado además por una notable preparación física. En cambio, una gratísima sorpresa fue Claudia Pavone como Donna Anna, a quien afrontó con profesionalidad y sensibilidad. Su voz es luminosa y ágil, con un fraseo cuidado. Sus dos arias fueron trabajadas con extremo detalle, lo que le valió calurosos aplausos; cabe destacar la limpieza de la coloratura y la elegancia del fraseo. La prestación actoral es sólida y el control del instrumento vocal, convincente. El rol de Don Ottavio suele pasar desapercibido, probablemente por la banalidad de su función dramática y su breve presencia en escena. Sin embargo, Mozart le regaló dos auténticas obras maestras que, bien interpretadas -como ocurrió aquí- roban la escena sin lugar a dudas. Marco Ciaponi encarnó un Don Ottavio con timbre agradable, agudos concisos, coloratura cristalina y dicción segura. Joven y vital, compuso un personaje sólido. Desde el foso, Pagano lo acompañó con especial atención en un “Dalla sua pace” de antología: con un tempo lentísimo y la voz en pianissimo, la interpretación erizaba la piel. Igualmente cristalina fue la coloratura de “Il mio tesoro intanto”.

Probablemente la soprano con mayor experiencia como Donna Elvira en el panorama europeo sea Carmela Remigio, quien ha interpretado el rol más de 450 veces en todo el mundo. Eso se percibe claramente: su personaje posee una intensidad emocional notable, alternando desesperación con estallidos de rabia contenida. No es una víctima, sino una mujer que se niega a ser borrada de la vida del seductor epónimo. Remigio demostró su capacidad para convencer al espectador de manera progresiva, atrapándolo a pesar de ciertas limitaciones tímbricas en el primer acto. Tras un par de escenas, ofreció una Elvira impresionante. Vocalmente ya no posee el brillo de una jovencita debutante, pero sí muestra una enorme experiencia escénica y sólidas cualidades musicales, manejando el papel sin dificultad. Gran interpretación de “Mi tradì quell’alma ingrata”, con buen control del instrumento y una textura vocal refinada, especialmente en el registro central; las notas agudas están bien centradas y se alcanzan sin dificultad. Alberto Petricca dio vida a un Masetto alejado del estereotipo del chico ingenuo al que se le arrebata fácilmente la esposa. El barítono se distinguió por su solidez vocal, con un instrumento de rica tímbrica y línea de canto firme. Por su parte, Désirée Giove ofreció una Zerlina fresca y precisa, de timbre cristalino, capaz de equilibrar inocencia y picardía. En “Vedrai carino” regaló un momento donde gracia y sensualidad conviven en perfecta armonía, representando aquello que Don Giovanni nunca podrá alcanzar: la sencillez de un amor verdadero y correspondido. El bajo chino Renzo Ran ofreció un Commendatore correcto, dibujando un personaje -cuando resultaba visible por culpa de la escena- de vocalidad gentil, más cómodo en el registro central que en los extremos agudo y grave; ligeramente engolado, pero dotado de autoridad.
Las interpretaciones vocales fueron ampliamente aplaudidas por el público piacentino, que reconoció la solvencia musical del elenco con repetidos aplausos.
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Piacenza (Teatro Municipale), 25 de enero de 2026. Don Giovanni – Nueva producción.
Director escénico: Andrea Bernard. Escenografía: Alberto Beltrame. Vestuario: Elena Beccaro. Iluminación: Marco Alba.
Director musical: Enrico Pagano. Orquesta Filarmònica Italiana. Coro del Teatro Municipal de Piacenza. Maestro del Coro: Corrado Casati
ELENCO: Markus Werba, Tommaso Barea, Claudia Pavone, Carmela Remigio, Marco Ciaponi, Désirée Giove, Alberto Petricca, Renzo Ran.













