Crítica: «Don Giovanni» en Sevilla

OW Por Gonzalo Roldán Herencia

Don Giovanni, un mito revitalizado

El pasado 4 de octubre de 2025, el Teatro de la Maestranza de Sevilla inauguró su temporada de ópera con una esperada y ambiciosa producción de Don Giovanni, el dramma giocoso de Wolfgang Amadeus Mozart que supuso la segunda colaboración del compositor con el dramaturgo Lorenzo Da Ponte. Consolidada como una página de repertorio prácticamente desde su estreno en el Teatro Nacional de Praga en1787, hoy en día sigue ofreciendo múltiples lecturas y sorpresas para directores y escenógrafos atentos a los replanteamientos del mito.

Don Giovanni, ese arquetipo inmortal del deseo y la condena, regresa a Sevilla en el marco del recién creado Festival de Ópera de Sevilla. Y viene para recordarnos que el hombre – como la música de Mozart – está hecho de luz y sombra, de placer y de caída. La dirección escénica de este nuevo montaje estuvo firmada por Cecilia Ligorio y contó con un solvente elenco, que bajo la dirección musical de Iván López-Reynoso al frente de la Real Orquesta Sinfónica de Sevilla ofrecieron una lectura lúcida, intensa y profundamente teatral de un drama histórico que late con la energía de lo eterno. Crítica: «Don Giovanni» Sevilla

Una escena de «Don Giovanni» en el Teatro de la Maestranza / Foto: Guillermo Mendo

 

Ligorio propone en escena un espacio mutable, casi orgánico, diseñado por Gregorio Zurla, donde la sencilla arquitectura de una logia novecentista y un pabellón giratorio central respiran y se transforman hábilmente al compás de la música para recrear los entornos narrativos. Las estructuras móviles evocan un laberinto psíquico más que un entorno físico; en él, los personajes se pierden entre cortinajes traslúcidos y oportunas puertas de salida. El diseño lumínico de Andreas Grüter es esencial en esta lectura: juega con el claroscuro, recordando el tenebrismo barroco, y va iluminando el deseo y la culpa que encarnan los personajes con un trazo firme. La dramaturgia de Svenja Gottsmann contribuyó a sostener la tensión simbólica con sutileza, evitando los excesos conceptuales; en este sentido, resulta muy oportuna la presencia de bailarines y figurantes – como en el aria «del catálogo» o en la celebración nupcial -, que junto al coro construyeron el personaje colectivo del pueblo, testigo circunstancial de la trama. 

Por su parte, el vestuario de Vera Pierantoni Giua, elegante y de gran coherencia, añade un toque de distinción a la par que sitúa la acción en una atemporalidad con clase, donde el mito puede resonar sin corsés históricos. El uso psicológico del color en los trajes de los protagonistas es igualmente un elemento efectivo y audaz: dorado para el disoluto Don Giovanni, azul para la atormentada Donna Anna y su amado, rojo para la apasionada y despechada Donna Elvira, y blanco para inocente e ingenua Zerlina y la noble simpleza de Masetto. La coreografía de Daisy Ransom Phillips confirió al movimiento un pulso interior y logró, en conjunto, un equilibrio admirable entre lo plástico y lo espiritual, entre la seducción estética y la profundidad psicológica.

Una escena de «Don Giovanni» en el Teatro de la Maestranza / Foto: Guillermo Mendo

El elenco vocal defendió con perfección técnica y buen hacer esta página tan compleja de la lírica, en la que Mozart sublima el concepto arioso en un sinfín de dúos, tríos, cuartetos y otros números de conjunto de enorme vivacidad y dinamismo argumental. Primeramente, el barítono Alessio Arduini encarnó un Don Giovanni carismático y peligroso, dueño absoluto del escenario en lo actoral y muy acertado vocalmente. Su voz, flexible y esmaltada, se adaptó con naturalidad a las exigencias de una escritura que oscila entre el hedonismo y la tragedia. Su “Deh vieni alla finestra” fue un prodigio de intimidad contenida, mientras que el Fin ch’han dal vino brilló por su energía volcánica y precisión rítmica. Arduini construyó un libertino más humano que demoníaco, un seductor consciente de su propio abismo y remiso a su destino. Estuvo acompañado por el también barítono David Menéndez, como su fiel criado Leporello; el cantante desplegó una extraordinaria vis cómica sin renunciar a la profundidad del criado que observa y sufre. Su aria del catálogo fue una lección de dicción, equilibrio y teatralidad, rubricada con ironía, pero sin caricatura. Si bien estuvo menos brillante en el registro grave, defendió con creces su rol, estableciéndose entre ambos cantantes una química perfecta que mantuvo la acción en un continuo diálogo de poder y servidumbre.

Ekaterina Bakanova recibió una de las ovaciones más sonoras por su recreación de una Donna Anna de sólida técnica y gran dramatismo. Su Or sai che l’onore resonó con fuerza vindicadora, mientras que en Non mi dir alcanzó una dulzura doliente, bien apoyada en un legato cristalino. Frente a ella, Marco Ciaponi dio vida a un Don Ottavio de línea elegante y emisión aterciopelada; su Dalla sua pace fue uno de los momentos líricos más conseguidos de la velada. La Donna Elvira de Julie Boulianne aportó intensidad emocional y musicalidad refinada. En el aria Mi tradì quell’alma ingrata logró conmover sin grandilocuencia, mostrando a una mujer desgarrada pero aún esperanzada. Por su parte, Marina Monzó delineó una Zerlina encantadora, natural, de voz fresca y cálido fraseo; la soprano construyó, junto a su amado Masetto – en la voz de Ricardo Seguel -, un dúo de ternura campesina y veracidad teatral. Para terminar el análisis de las voces en esta obra casi coral es de recibo incluir la mención al bajo George Andguladze, que en la escena inicial no destacó especialmente, pero impresionó como el fantasma del Comendador en el final, donde llenó la escena con una voz profunda, imponiendo la presencia de lo sobrenatural con autoridad sonora y fatal símbolo del destino.

Una escena de «Don Giovanni» en el Teatro de la Maestranza / Foto: Guillermo Mendo

El Coro del Teatro de la Maestranza, preparado por Iñigo Sampil, se mostró compacto, preciso y atento al fraseo mozartiano, logrando momentos de gran impacto, especialmente en el finale primo. La Real Orquesta Sinfónica de Sevilla ofreció una lectura de enorme claridad y transparencia, con una cuerda brillante y unos vientos particularmente expresivos que tanta importancia tienen en la partitura mozartiana para la narración tímbrica de la historia. La batuta de Iván López-Reynoso subrayó con elegancia los contrastes entre el dramma y el gioco, cuidando el color instrumental y manteniendo una teatralidad viva en todo momento. Su dirección fue ágil, detallista y comprometida, logrando ese difícil equilibrio entre el rigor clásico y la pasión moderna.

En definitiva, asistimos a una producción muy bien diseñada y dirigida, unida a la magnífica interpretación de los solistas y de todo el conjunto. Todo ello confirmó el Don Giovanni de la Maestranza de esta temporada como un claro ejemplo de que los mitos, cuando son interpretados con coherencia y sensibilidad, no envejecen.


Sevilla (Teatro de la Maestranza), 4 de octubre de 2025.  Don Giovanni, dramma giocoso en dos actos. Música: Wolfgang Amadeus Mozart. Libreto: Lorenzo Da Ponte.  Coproducción: Oper Köln (Ópera de Colonia) y Teatro de la Maestranza

Dirección musical: Iván López-Reynoso. Dirección de escena: Cecilia Ligorio

Gregorio Zurla (Diseño de escenografía), Vera Pierantoni Giua (Diseño de vestuario), Andreas Grüter (Diseño de iluminación), Daisy Ransom Phillips (Coreografía), Svenja Gottsmann (Dramaturgia).

Reparto: Alessio Arduini, David Menéndez, Ekaterina Bakanova, Marco Ciaponi, Julie Boulianne, Marina Monzó, Ricardo Seguel , George Andguladze.

Bailarines: César José Gutiérrez (asistente de coreografía), Deivid Barrera, Giovanni Cianciusi, Fredy Domínguez, Noah Jaén, Celia Jiménez, María Moguer, María Molina, María Peláez, Paula Simón.

Figuración: Manuela Campano González, Lola Copé Caballero

Coro del Teatro de la Maestranza (director: Iñigo Sampil)

Real Orquesta Sinfónica de Sevilla 

Banda interna: Conservatorio Superior de Música Manuel Castillo (director: Jaime Cobo)